• Ariel Dacal Díaz

Una pedagogía de la obediencia es disputada por una pedagogía del diálogo de saberes


Imagen © Ariel Dacal

Ariel Dacal responde a Cuba Próxima.


¿Sin acceso a la cultura serían posible la libertad, la democracia y el bienestar plenos del individuo y la sociedad?


Para reflexionar sobre este interrogante parto de preguntar: ¿qué entendemos por cultura? Si esta se asume como toda producción material y espiritual de los seres humanos para el desarrollo de su existencia social e individual, es un supuesto la necesidad de garantizar el acceso a ella para la vida social toda. Ahora bien, en atención a que lo cultural hace parte de la diversidad que somos como grupos humanos, en cuanto orígenes, evolución social, ordenamientos políticos y postulados doctrinales, es necesario hablar de culturas, en plural.


Es entonces una postura ética y política reformular la pregunta en términos de «acceso a las culturas». La libertad, como derecho humano inalienable, tiene en la democracia (o las democracias) una condición de posibilidad para su realización. A su vez, en esa realización ha de garantizarse el bienestar humano (otra variable mayúscula).


El asunto estaría en definir a qué culturas nos referimos en pos de procesos democratizadores y liberadores. La cultura de la violencia, del individualismo como estructura estructurante de la dominación y el sometimiento, de la exclusión y la discriminación, de las jerarquías epistemológicas y colonizadoras, no favorecen ni se nutren de perspectivas democráticas ni liberadoras. Sin embargo, la cultura de los derechos como camino y horizonte, la cooperación como modo de producción material y simbólica, la comprensión y prácticas de las interdependencias culturales, la vida en comunidad, entre otras dimensiones, son pautas más promisorias, digámoslo así, para el acceso a una cultura del bienestar humano.


El desafío, entonces reformulado, es el acceso a toda producción cultural liberadora, lo que incluye el diálogo de saberes como método, para que siente las bases de una relación social democrática en su carácter y garante del más amplio bienestar humano en su propósito.

¿Podría un país pobre garantizar una educación universal extendida y elevada, obligatoria hasta culminar los estudios de nivel medio?


Los sistemas de educación son estructuras perentorias para la reproducción de un tipo u otro de orden social. La pobreza o la prosperidad son condiciones para esa estructura. Ciertamente, un país entendido como pobre, en cuanto acceso a recursos materiales, asume mayor grado de dificultad para encaminar un sistema educativo que garantice todos esos alcances.


Ahora bien, lo que queda demostrado es que el objetivo de garantizar una educación amplia demanda, más que una base material inmediata que lo sostenga, voluntad política para hacerlo. De ahí que un país con acceso limitado a recursos materiales, lo que pudiéramos caracterizar como país pobre, puede garantizar, con mayor esfuerzo y límites, una educación universal, obligatoria y con intención de que, además, sea elevada. Por supuesto, cabría preguntar qué significa «elevada».


Existen experiencias educativas formidables en América Latina, como los bachilleratos populares en Argentina, las escuelas de los caracoles en México o la experiencia en los campamentos del Movimiento Sin Tierra de Brasil. En todos esos casos, la precariedad material es visible; sin embargo, en contenidos, métodos educativos, didáctica y conceptos pedagógicos describen resultados impresionantes.


Es la educación que los pobres producen en autogestión como resistencia, denuncia a las exclusiones educativas, como lucha y superación de las condiciones estructurales de la pobreza que también tiene en los sistemas educativos establecidos maneras de perpetuarse. Es una educación que, desde la pobreza, impugna las condiciones que la generan y produce una comprensión crítica de la realidad como potencialidad para su subversión.

¿Necesita Cuba el desarrollo de la formación pedagógica y docente en tanto carreras? ¿Cómo lograrlo?


En Cuba existe la formación pedagógica y docente en tanto carreras, incluso con zonas de calidad nada despreciable. Al mismo tiempo, es una propuesta que dialoga, quizás no suficientemente, con concepciones y métodos diversos.


Ahora, la cuestión sería: ¿qué desarrollo pedagógico, para qué tipo de sociedad? Si el servicio educativo tiene como soporte paradigmático la socialización del poder, el saber y la producción, es decir, el entendido básico del socialismo, entonces su contenido y método han de afinar esa condición. Si por el contrario, pretende una sociedad basada en la tecnocracia como método y la individualidad y «competencias» como recursos, su desarrollo miraría a otros derroteros en contenido y método. Es decir, debemos preguntar desarrollo pedagógico en qué sentidos y mirando a qué orden social.


Esos dos horizontes están en disputa hoy en Cuba. Resulta sintomático el lugar distinto que le atribuyen, por ejemplo, a las ciencias sociales. Incluso, el uso mismo de estas resulta pendular en términos de doctrina, por un lado, y en términos de pensamiento crítico por otro.


Una pedagogía de la obediencia, la reproducción de conocimiento, la tecnocracia y el positivismo como visión del mundo es disputada por una pedagogía del diálogo de saberes, de la creación colectiva del conocimiento, de la responsabilidad social y el carácter histórico-social de toda ciencia.


Entiéndase que la calidad pedagógica no reside únicamente en sus métodos y recursos. Lo hace, esencialmente, en las concepciones que esgrime. Conecto con la pregunta primera y afirmo que nos debemos la producción de una pedagogía más autóctona. Pedagogía que propicie la reproducción de relaciones sociales democratizadoras y liberadoras, como sustento del bienestar humano. Una pedagogía que encamine relaciones de inclusión, responsabilidad social, de vida en comunidad, cooperación, solidaridad, complementación. Todo ello implica reconocer la pluralidad de saberes y destronar las jerarquías epistemológicas colonizadoras, vengan de donde vengan.

¿Qué opinas tanto del derecho a la información como de la libertad de prensa? ¿Cómo imaginas todo ello en el futuro de Cuba?


Prefiero referirme al derecho a tener acceso a las informaciones (en plural) como un primer paso. Abogo por algo que considero más esencial, y es el acceso a métodos de interpretación de la realidad que generen pensamiento crítico y capacidad de discernimiento político ante las informaciones, es decir, acceso a una pedagogía de la crítica, la pregunta y la conciencia.


La «información» no es neutral en ningún caso. Todo emisor o emisora informa desde un lugar social, cultural, político concreto. Es importante entonces que toda persona que consuma informaciones lo haga a toda conciencia, desde su territorio cultural concreto.


La libertad es, además de un derecho, una responsabilidad, de ahí que su uso debe tener en cuenta ambas dimensiones. La libertad de prensa, es decir, el derecho a exponer abiertamente perspectivas sobre la realidad debe ser reconocida y potenciada en todo entramado social. La libertad de prensa tendría, entonces, un límite en el derecho y dignidad de otras y otros. No hay libertad en la falsa información, no lo hay en la discriminación por motivo alguno, no la hay en procurar el desmedro moral e identitario de cualquier persona o grupo humano. De ahí que la libertad de prensa debe fundarse sobre la base de derechos pactados socialmente, que no impliquen, en su asunción, la negación de otros derechos.


La libertad de prensa, entendida en dos dimensiones, como manifestación de opiniones sin límites en cualquier sentido, o ya sea entendida como la expresión de perspectivas que se asuman desde la responsabilidad ética, tienen una deuda importante en Cuba. La expansión y posibles pactos sociales sobre la libertad de prensa tienen condiciones como la exponencial emergencia de pluralidad en Cuba; la creación, legales o no, de diversos medios de información; el sentido cada vez más compartido de que información es poder; los accesos que facilitan los medios digitales; y una emergencia de perspectivas diversas sobre asuntos concretos.


Las perspectivas de la libertad de prensa en Cuba seguirán signadas, en el corto plazo, por la disputa entre formas más abiertas, estables y legales de expresión pública de los medios de comunicación, y la persecución a determinados medios y el límite a su actuación, cuando estos hagan notoria una visión contraria al orden establecido. De todos modos, la libertad de prensa, el derecho a la libre expresión, el derecho asociativo y el derecho a manifestarse son pequeñas cajas de pandora abiertas ya hace algún tiempo, y que difícilmente pueden cerrarse otra vez.

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