• Enrique Guzmán Karell

Tenemos que hacerlo porque a nuestro país le debemos una nueva República


Imagen © Kaloian Santos

De las pocas, poquísimas cosas, en la que existe una amplia coincidencia entre los nacionales cubanos es que ese país atraviesa un momento crítico, una crisis profunda, para muchos en fase terminal, a la que no se le ven salidas inmediatas ni cómodas.


Esa coincidencia, sin embargo, tiene toda la resistencia de una práctica y un legado totalitarios, presentes no solo en las acciones del Estado sino en buena parte de la nación cubana, que hace suyas las herramientas y excesos aprendidos y acríticamente incorporados.


Que Estado y sociedad tengan distintas responsabilidades frente a este fenómeno no niega las acciones descalificadoras y divisoras también presentes y habituales entre nosotros.


Pareciera contradictorio que fallemos allí donde más falta hace, cuando en realidad ese es el objetivo central del sistema de partido único cubano: tener todo el poder gracias a la inexistencia de contrapesos institucionales y ciudadanos y a la incapacidad de la sociedad civil para articularse en torno a sus propios intereses y al margen de.


Si la nación cubana desea salir de este oscuro momento, está obligada a construir un nuevo clima político, a desandar nuevos caminos, a intentar nuevos tonos, a elaborar nuevas narrativas y a considerar nuevas valentías.


¿De dónde salió la idea de que hacer lo mismo no solo es sensato sino inteligente y virtuoso?


O sea, la responsabilidad no solo recae y es imputable a un poder político tan incapaz como obtuso, sino también alcanza a la fuerzas, iniciativas y ciudadanos que somos contrarios a ese poder; llega a nuestra manifiesta incapacidad para generar consensos y lograr objetivos comunes, por simples que estos sean.


La sociedad civil cubana debe, alguna vez, dejar de quedarse (solo) en la descripción de los eventos, abandonar el lamento ante lo que pareciera un imposible y dejar de buscar que sean otros los que hagan lo que solo a nosotros corresponde.


Tenemos que hacernos cargo de lo que nos toca, pues sea por exceso, defecto, o por las infinitas gradaciones de responsabilidad frente a lo que tenemos hoy, ese país no solo es de nuestro interés declarativo sino nuestra casa, la que nos corresponde convertir en un espacio de paz, justicia y progreso individual y colectivo.


Pensar un país no consiste tanto en edulcorar su pasado, justificar su presente o inflar su futuro. Eso sería, apenas, dibujarlo convenientemente con el objetivo de buscar vivir de él, de sus despojos. Pensar un país obliga a mirarlo de frente -a mirarnos de frente- y a proponer y promover cuantas mejoras y salidas sean necesarias, dejando atrás lo que probadamente no funciona. Y a esta altura, buena parte de lo que hemos hecho como sociedad no funciona, no ha sido efectivo ni superador, pues es un hecho que Cuba cada día está peor y los cubanos cada día somos más dependientes y pobres.


Pero pensar un país fragmentado y empobrecido obliga a sus fuerzas democráticas a establecer prioridades. Y bien puede ser que la prioridad para los que anhelamos un país con todos y para todos consista en buscar, en intentar, ser uno frente al totalitarismo, al menos en unas pocas cosas; que nos constituyamos en un frente unido del que gradualmente vayan saliendo propuestas y acciones contra esa práctica nefasta de administrar los bienes y disensos públicos con imposiciones y violencia, siguiendo los deseos y órdenes de unos pocos que nadie eligió.


Pensar un nuevo país también consiste en romper ese círculo vicioso, hacernos cargo y mirar adelante.


Ya luego llegará el momento para que cada quien, con todo derecho, busque establecer las directrices y políticas públicas de su agrado. Pero ahora la tarea central frente a ese totem cerrado y empobrecedor pareciera ser solo una: unir todas las fuerzas posibles e ir contra lo que nos separa, disminuye, reprime, niega derechos y mantiene cautivos de una ideología y un partido.


Alguna vez habrá que empezar a deconstruir ese sistema. Y eso empieza por cada uno de nosotros, alejándonos de sus métodos y acciones, de sus maneras de administrar los recursos de todos, de su interés en uniformar y poner en fila a toda la sociedad, de sus formas de imponer sus objetivos.


En algún momento habrá que adversarlos no solo desde una perspectiva declarativa y performática sino raigal, adulta, consciente, en cada una de nuestras acciones, sin regalarles legitimidades fruto de nuestros infinitos egos, careos, divisiones y distancias, de nuestra entrenada acidez frente al que no cree lo que yo.


Porque un adversario no es solo quien quiere sino quien además puede. Y pareciera que la única manera de enfrentar a ese poder con mayores posibilidades de éxito pasa por ser una fuerza representativa, amplia, diversa, que empuje hacia el mismo lugar, que la sociedad identifique como camino alternativo, sin aspiraciones revanchistas sino con justicia y afán de superación del status quo, rediseñando las nuevas avenidas de ese nuevo país.


Muy posiblemente esta sea la batalla más necesaria, pero al mismo tiempo la más difícil que enfrente la nación cubana en su historia. No obstante, si queremos aspirar a un mejor futuro debemos desafiar la tragedia en la que ha sobrevivido ese país por tanto tiempo, de una buena vez y con mejores probabilidades de éxito; siendo conscientes de que en la base de esa tragedia también está nuestra incapacidad para articularnos.


A eso invita el editorial de Cuba Próxima -titulado “En Cuba urge una solución”- que les pido lean, critiquen, mejoren, hagan suyo, pues, a fin de cuentas, ese Centro de Estudios no es ni será el beneficiario final de estos esfuerzos.


Alcanzar una nueva República demanda contar con nuevos ciudadanos, demanda nuevas y renovadas miradas. Pero ese nuevo ciudadano no es solo el otro. También te incluye a ti, y por supuesto, a mí.






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EDITORIAL En Cuba urge una solución
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