• Massiel Rubio

Se me pide que piense un país


Foto © Massiel Rubio

«Quien cabalga un tigre, no se apea fácilmente de él».

Proverbio hindú


Se me pide que piense un país ante la necesidad del cambio. Ante ese pie forzado, solo tengo preguntas:


¿Cómo pensar un país donde tomar decisiones está subyugado al poder político y las vidas de varias generaciones han sido planificadas desde este, incluso antes de nacer? ¿De qué manera madura políticamente una sociedad civil acostumbrada a esperar cada día los «nuevos» planes de la alta esfera para sortearlos a la mañana siguiente, como si de un ciberjuego se tratara? ¿Es el diálogo un medio de cambio? ¿Qué hacer en un país/región de tradición caudillista para integrar todos los frentes en un solo frente, todos los líderes en un solo bloque, y conseguir, por fin, la tan esperada oposición organizada —no masificada— y con un proyecto político claro? ¿Cómo entendernos como sociedad plural después de tantos años de pensamiento único y mandato unidireccional? ¿Por qué seguir pensando a Cuba desde afuera? ¿Cuál es el mejor camino?


En pos de continuar cabalgando el tigre —porque la permanencia exige un control que mutila la democracia—, el régimen de la Isla ha reducido toda posibilidad de cambio mediante el diálogo pacífico con representantes de la sociedad civil. Durante muchos años se manejó el discurso del «no diálogo» con la oposición, pero los sucesos del 27N y el 11J dejaron en evidencia a un Gobierno autoritario y a la vez temeroso que no solo deslegitima a la oposición, sino a todo el pueblo, lo cual permite, a su vez, ilegitimarlo, en esta especie de pirámide invertida donde no hay en el poder verdaderos representantes del pueblo que trabajen por y para este, y donde la intransigencia ha organizado un país como un campamento militar que cumple órdenes y acepta sin rechistar los designios del alto mando.

Ante esta situación que se hace cada día más evidente, no solo para la sociedad cubana, sino también para el resto del mundo, pretender dialogar en igualdad de condiciones es inocente e infructuoso, más allá de las buenas voluntades. Al régimen hay que obligarlo a apearse del tigre.


Para algunos puede parecer que esta fuerza es insuperable, para otros, que su propia ineficacia y falta de astucia los tienen en el punto justo de la caída, y solo hace falta un último empujón, otros 11J que no sean comprados con «apertura» de necesidades básicas que, como siempre, traen los malos, los mercenarios, el enemigo que no para de dar el paso al frente ante la desesperación, la enfermedad y el hambre de los suyos. El Gobierno, desde su propio accionar, lleva años fabricando un país de disidentes, y lo mejor, es que se ha dado cuenta tarde. Y cuando tus acciones no revierten la situación, sino solo la acentúan o maquillan con cambios insustanciales y temporales, el tigre sigue despertando. No sé si seremos testigos de la sacudida final, no sé si seremos lo suficientemente inteligentes, organizados o kamikazes para ser testigos de la posibilidad de cambio, pero espero que sí.


Por otra parte, un diálogo en igualdad de condiciones, y que urge hace mucho, es el que deben entablar todos los grupos opositores entre sí, así como el que está pendiente hace varias décadas por parte de fuerzas políticas diversas con la sociedad civil en general. Un diálogo que permita, en primera instancia, hacer un proyecto político de reforma para todo el país y, a su vez, cuestionarlo y rediseñarlo a consenso desde todos los grupos de acción y, por primera vez en mucho tiempo, sin unidad de criterio por parte de un bando único. Deberán entrar en esos «diálogos para la democracia» no solo activistas, artistas e intelectuales, sino también aquellos representantes capaces de mover fuerzas productivas y, por supuesto, representantes de la migración cubana. Deberían estar, si de una sociedad normal hablamos, representantes de diversas posturas políticas, de manera equilibrada.


Tendríamos que tener en cuenta, en esta parte, no solo las múltiples voluntades, sino las necesidades y prioridades que urgen para un país sin democracia, sin libertad de expresión, sin una economía sustentable, sin una educación política seria y plural, con derechos ciudadanos aún pendientes, con una sociedad dividida y acostumbrada a que piensen y decidan por ella. Tendríamos que intentar no repetir la historia para, finalmente, ser un país que no transita infinitamente de dictadura en dictadura.


La reconciliación será necesaria, sobre todo, para comenzar el camino de la pluralidad, del respeto, del entendimiento que, más allá de los odios y las posturas, hace que sea justamente esa diversidad de criterios la que forme un país medianamente sano y en consonancia con el siglo XXI. La reconciliación nacional permitirá comenzar el difícil camino para una posible democracia, si somos capaces, todos, de superar nuestra propia cultura de «o conmigo o contra mí», «Con la revolución todo, contra la revolución ningún derecho», o aquella «voluntad» de ser como otros fueron.


Falta valorar si en esa etapa será también necesario el castigo que gran parte de la sociedad exige sobre muchos de los que son responsables, incluso juicios póstumos que, si bien no ejercerían un castigo real, permitirían volver a contarnos como país desde la mirada, por fin, de las víctimas. Parecería incongruente con una supuesta reconciliación, pero también sería injusto con las víctimas de este proceso y, a la vez, eliminaría la posibilidad de que continuaran en el poder, como ha sucedido en países como España.


Finalmente, para poder soñar con esta triada, es necesario un cambio para el que muchos exigen organización de la oposición, otros, un líder —como la vieja tradición caudillista manda—, y en algunas mentes más pragmáticas, un buen Fouché capaz de, desde la sombra, manejar supuestos líderes y mover los hilos si estos insisten en repetir la historia.




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