• Guennady Rodríguez

Nos reconciliaremos sin ellos


Foto © Guennady Rodríguez

¿Cómo es posible que hubiera tantos jóvenes pidiendo una intervención militar? ¿Y a ellos qué les confiscó la Revolución...? - me preguntó el estadounidense. Nada, - respondí - pero muchos sienten que les robaron el tiempo, que deben mantener a sus familias en la Isla a pesar de haber entregado una vida de trabajo y que, en definitiva, ningún gobierno debe imponer el silencio a sus propios nacionales.


Un par de meses después del 11J, entre los mismos que llegaron posteriormente a formar un “Consejo de Guerra”, hubo incluso quienes admitieron que restablecer las remesas directas era humano y necesario. Por su parte, también sobraron las iniciativas ciudadanas para llevar maletas con medicamentos a Cuba y ayudar a innumerables desconocidos. El pueblo cubano no está en un lugar irreconciliable consigo mismo.


La élite política cubana, por su parte, ha establecido un sistema que impide la diversidad de ideas, de proyectos y de propuestas y, tal como les sucedió a los demás países que importaron la franquicia soviética, está siendo víctima de sus propios dogmas. Entre ellos, mantener el monopolio político y económico, que enriquece las arcas de los burócratas usufructuarios a corto plazo, pero a su vez impide el desarrollo orgánico de la sociedad y amplía sus carencias y sus contradicciones.


Por el lado de la diáspora, hay una élite que sigue encauzando ese conflicto nacional en términos de guerra contra todo el pueblo, transmitiendo un mensaje distorsionado y que incluye la palabra “bloqueado”, literalmente, detrás de las palabras “nacional cubano” en esas mismas normas que articulan el régimen de sanciones al que han presionado al gobierno estadounidense a implementar. No hay mejor alimento para la narrativa de la plaza sitiada. Y es esa plaza el contenido de la propaganda oficial cubana. A estas alturas, nosotros le ofrecemos el combustible ideológico.


Los cubanos se encuentran entonces entre dos narrativas polarizantes. Por un lado, unos sienten que sin el levantamiento del embargo y de la política estadounidense de cambio de régimen, no será posible una reforma sustancial del sistema, ni oponerse a él. Otros piensan que la élite cubana no tiene propósito alguno de reformarse o democratizarse una vez que haya resuelto el diferendo con Estados Unidos y que, por lo tanto, el embargo es irrelevante: el verdadero problema es el régimen totalitario que dicta la vida de los cubanos y que no ofrece garantías de pluralidad alguna, apenas la continuidad de una república sólo con algunos (aquellos que no se oponen) ..., y para el bien de quienes los dirigentes comunistas decidan. Inaceptable.


Será muy difícil reconciliarse entre los polos, dejar atrás ese conflicto donde ambos poseen intereses sustantivos, así como su lugar espiritual en la historia y la memoria. No habrá reconciliación, sino rendición. El conflicto está presente en términos en que reconocer al otro puede ser la anulación propia. La revolución parece que no puede vivir monopólicamente sin ser la de “todo el pueblo” y el exilio está dispuesto a liberar a los cubanos haciéndoles soportar el peso del aislamiento estadounidense.


Son los del centro, tal vez, quienes pueden pretender que el conflicto no está en su momento más descarnado y continuar hablando unos con otros, como si todo este delirio nacional hubiera quedado atrás. Habremos hecho irrelevante el conflicto. Es en esos espacios de diálogo horizontal donde ya nos reconciliamos, desde el cual y en algún momento, los polos comprenderán que ya no les quedan seguidores.

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