• Mónica Baró

Necesitamos fundar una nueva Cuba sobre la verdad, porque no hay justicia sin verdad


Foto © ADN Cuba

El diálogo, más que una opción política entre varias, es una necesidad. Una emergencia incluso. Si entre cubanos no abogamos por un diálogo honesto, respetuoso, constante, horizontal, informado, ¿qué nos queda? ¿La violencia? ¿La destrucción de quienes piensan distinto?


Para mí la violencia, en el siglo XXI, no es una opción. Entiendo que lo haya sido en la década del 50 para quienes querían derrocar a Fulgencio Batista, que lo haya sido en la década del 60, principalmente, para quienes querían derrocar a Fidel Castro, que también había accedido al poder mediante la violencia y era un militar.


A mí no se me ocurriría juzgar el pasado con mis valores del presente. Quizás si yo hubiera vivido en la época previa a 1959 hubiera participado, al igual que tantos cubanos dignos que soñaban con la libertad, en las acciones del Directorio Revolucionario o del Movimiento 26-7. De las luchas clandestinas y guerrilleras emergieron, de hecho, los primeros opositores del castrismo. Pero hoy yo no creo que la violencia nos permita traer la tan ansiada libertad.


Es cierto que Cuba, tanto la que habita en la Isla como fuera de la Isla, se encuentra bajo un régimen opresivo y violento. Un régimen que ha fusilado, que ha encarcelado, que ha separado familias, que ha segregado, que ha excluido. Un régimen que ha cometido crímenes tan horrendos como el hundimiento del remolcador 13 de marzo. Un régimen que no dudó en reprimir y usar armas contra civiles desarmados en las protestas antigubernamentales del 11 de julio. Un régimen que anuncia que volverá a actuar igual frente a la Marcha Cívica por el Cambio del 15 de noviembre.


Sin embargo, apostar por la desobediencia civil pacífica, por el activismo, por el ejercicio de derechos humanos, por el diálogo y la construcción de consensos, me parece hoy no solo la estrategia más humana sino también la más eficaz. La legitimidad política que confiere a la sociedad civil la lucha pacífica, a niveles nacional e internacional, no se la conferirá jamás la violencia.


Es un hecho que la ciudadanía cubana necesita alcanzar su mayoría de edad, que en términos kantianos significa básicamente emanciparse, tener el valor de servirse de su propia razón e inteligencia sin recurrir a terceros, y que para ello debe hacerlo con sus propios esfuerzos, recursos y capacidades. En otras palabras: sin injerencias foráneas. Pero también es un hecho que el apoyo y la solidaridad de la comunidad internacional es esencial.


Así fue en los procesos independentistas de los siglos XIX y XX. Recordemos, por citar un ejemplo muy sencillo y quizás el menos polémico, que Máximo Gómez era dominicano. ¿Acaso eso le impidió sentir la causa cubana como propia? ¿Hay alguien en su sano juicio que cuestione la cubanía de Máximo Gómez? El mismo José Martí, que tanto ejerció la diplomacia, ¿en cuántos países no encontró respaldo a su causa?


No discuto que es complejo lograr un equilibrio justo. No desconozco que han surgido o pueden surgir apoyos atravesados por intereses económicos o geopolíticos. La política, tristemente, a veces es eso: un juego de intereses no apto para personas ingenuas.


Pero la única oportunidad que tenemos quienes disentimos en Cuba, quienes queremos cambios democráticos profundos, para reivindicar los derechos que nos han sido negados bajo cientos de excusas y por la fuerza desde hace 62 años, está en la capacidad que tengamos para entender a Cuba como parte del mundo y del gran movimiento de la humanidad.


Nuestra crisis, antes que nacional, es una crisis humanitaria. Si bien las violaciones sistémicas y sistemáticas de derechos humanos están motivadas políticamente, no podemos perder de vista en esta ecuación los efectos por quedarnos en las motivaciones: que hay seres humanos cuya dignidad está siendo afectada. Porque la dignidad proviene del ejercicio de derechos.


Y para que Cuba pueda, más que esperar solidaridad de la comunidad internacional, reclamarle que se responsabilice ante nuestro drama, necesita la comunicación. Y la esencia de la comunicación es el diálogo. La violencia solo nos aislaría más, solo nos ocasionaría mayores sufrimientos que los que hasta ahora hemos vivido.


Esto no es apenas una cuestión de identificar quiénes son buenos y quiénes son malos y elergir un bando. Esto es, también, una cuestión geopolítica. Yo no creo que a ningún sistema con ideales, instituciones, estructuras y prácticas democráticas le convenga convivir, en un mundo cada vez más globalizado, con sistemas autoritarios, totalitarios o dictatoriales.


Los sistemas autoritarios, totalitarios o dictatoriales colocan en riesgo la paz mundial. No deben subestimarse jamás. Cuba es ahora una Isla de apenas 11 millones de habitantes, y en 1959 tenía poco más de seis millones, pero Nicaragua y Venezuela, por citar dos ejemplos vivos, porque podríamos remontarnos hasta la crisis de los misiles, son ejemplos clarísimos de su nefasta influencia en la región.


La lucha por la libertad de Cuba, por la construcción de una República democrática y justa, es también una lucha simbólica. Uno de los grandes éxitos y soportes del régimen cubano ha sido la fabricación del mito de una revolución humanista; lo cual ha sido posible, sobre todo, por la monopolización de los medios de comunicación, el control de los flujos informativos y el acceso a las tecnologías, la supresión de la libertad de prensa, la censura en todos los espacios de producción de sentidos y la propia condición de Isla.


¿Alguien cree que era casual que los cubanos tuviéramos prohibido viajar al exterior, comprar una videocasetera o una computadora o relacionarnos con extranjeros? Todas esas medidas y tantas otras obedecían a la intención de aislar a la sociedad y evitar no solo que accediera a otras versiones de las historias que el poder contara sino también que contara otras versiones de las mismas historias.


Yo sé que aún hay muchas personas que creen en la revolución, pero yo creo que el hecho de que muchas personas, millones, creyeran en ella y trabajaran por ella y dieran la vida por ella, no significa que fuera real. En algún momento yo pensé que “la cosa” se había descarrilado por el camino, pero mientras más me informo, más me convenzo de que nunca fue lo que sus máximos líderes, al menos los que sobrevivieron a los convulsos primeros años, nos dijeron que era.


El libro Cuba y Castro, de la inmensa Teresa Casuso, publicado en 1963, es uno de los testimonios más poderosos al respecto. Ya en noviembre de 1960 Teté había logrado no solo juzgar impecablemente la figura de Fidel Castro sino además el sistema que comenzaba implantar. Teté, que había luchado contra Gerardo Machado y Fulgencio Batista, sabía reconocer un tirano.


Ahí, a ese mito, hay que apuntar. Solo la búsqueda de la verdad nos volverá libre y sólo en el diálogo abriremos paso a la verdad, que no es más que la armonización de muchas verdades. Hay mucho que hablar en Cuba y mucho para contar al mundo sobre Cuba.


Yo sé que hay gente que morirá creyendo en el mito, y eso hay que respetarlo, porque es muy doloroso reconocer que hemos sido engañados durante tanto tiempo y sacrificamos tantos sueños y afectos por una mentira. Yo sé que a mí me cuesta menos porque tengo 33 años, porque mi vida hoy no es el resultado de ningún paso al frente que iba contra mi vocación, pero, poco a poco, hay que romper el hechizo. Necesitamos fundar una nueva Cuba sobre la verdad, porque no hay justicia sin verdad.


Si algo necesita el mundo saber de Cuba es que nunca su pueblo ha renunciado ni renunciará a la libertad. Ha sido así desde que comenzó a forjarse nuestra nacionalidad y así seguirá siendo hasta que la conquistemos.


La Marcha Cívica por el Cambio, planificada para el próximo 15 de noviembre, puede ser frustrada y reprimida por el régimen, pero no supondrá el fin del camino. Si el régimen no permite a quienes disienten expresarse y protestar de manera organizada, otro estallido social, probablemente mayor que el del 11 de julio, más temprano que tarde volverá a suceder.


El deseo de cambio en la población cubana es un mar que ha estado recogido, a la fuerza, durante demasiado tiempo. Y ya sabemos lo que pasa cuando un mar que se retira regresa.

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