• Annery Rivera Velasco

Mitos y realidades del Estado de Bienestar cubano


Imagen © Radio Habana Cuba

¿Qué significa hablar de bienestar social en la Cuba de hoy? ¿Lo entendemos igual que al referirnos a otras sociedades dentro de la propia región latinoamericana y caribeña a la que pertenecemos? ¿Qué statu quo debe existir para considerar que un pueblo goza de bienestar?


Lo primero es que no debe confundirse el criterio de bienestar con el criterio de felicidad. No son sinónimos. La felicidad es un estado emocional que se vive, generalmente, de manera individual. Es un estallido momentáneo de abundantes sensaciones positivas, a menudo asociadas con algún logro o expectativa de obtenerlo de manera profunda y personal. El bienestar es algo más permanente, subyacente, y que se relaciona con las condiciones de vida tanto del individuo en particular como de la sociedad en su conjunto.


En medios de difusión oficiales es posible comprobar la alusión reiterada a lo que llaman «modelo cubano de bienestar». Es un criterio que se ampara, principalmente, en las archirrepetidas «conquistas» de salud y educación gratuitas. Si bien es cierto que en los primeros años del proceso revolucionario cubano estos dos indicadores fueron ampliados para beneficio de una parte significativa de la población, es importante mencionar que antes de 1959 también existían en menor medida. Tampoco eran ni son gratuidades exclusivas de Cuba, si tenemos en cuenta que, en cualquier país del mundo, con mejor o peor calidad, coexisten junto a la salud y la educación privadas. Sin embargo, habría que analizar cuánto del mito altruista y salvador que acompañó a la Revolución desde el inicio, junto al halo mesiánico de Fidel Castro contaminan la realidad de aquellos momentos, no siempre ajustada al discurso triunfalista del proceso.


Por otra parte, a lo largo de las últimas décadas las condiciones materiales del país se han ido deteriorando de forma alarmante, hasta llegar a la actual crisis económica, política y social en que se encuentra inmersa la Isla, y que han repercutido en que tanto la salud como la educación cubanas sean de las más caras del mundo.


La limitación extensiva del presente artículo no permite ahondar más allá, pero un breve análisis puede contribuir a entender la tesis anterior. Según el informe «Salario medio en cifras Cuba 2021», de la ONEI, publicado en junio de 2022, un trabajador promedio cobra 3830 CUP, unos 32 USD según el cambio estatal, aproximadamente 17 USD si se considera el cambio informal de monedas. Si tenemos en cuenta que el faltante de medicamentos en farmacias estatales es abrumador, resulta entonces inevitable conseguirlos en el mercado negro a precios que pueden oscilar entre los 4 000 y los 10 000 pesos en el caso de antibióticos como la azitromicina y el rocefin. Estos números es posible comprobarlos simplemente entrando a los grupos de compra-venta de medicamentos en redes sociales como Telegram o Facebook. Incluso, la prensa oficial se ha hecho eco de varias denuncias al respecto. Por otro lado, la atención del personal sanitario en los diferentes centros de salud es por todos conocido cuánto ha mermado, al punto que, en la mayoría de las ocasiones, para que un paciente pueda recibir los cuidados apropiados, debe sobornar con alimentos, productos de aseo y hasta directamente dinero en efectivo a dicho personal. La conclusión es evidente: la salud en Cuba no es gratuita, y 3830 CUP no alcanzan para enfrentar situaciones tan comunes como las expresadas. Con la educación sucede exactamente lo mismo, y hay territorios donde el escenario es aún peor.


Otro mito bastante arraigado en el imaginario popular es el de la situación de los adultos mayores en Cuba, en comparación con la de otros países, y tomando como referencia, sobre todo, la experiencia de la comunidad cubana en Estados Unidos. Consiste en pensar que en Cuba las personas de la tercera edad gozan de una vida de esparcimiento, sencilla y despreocupada, con prebendas y garantías materiales y emocionales que hacen de sus últimos años una suerte de paraíso terrenal, donde sus únicas preocupaciones son ganar en el dominó, conversar con los vecinos del barrio y recibir constantes y amorosas visitas familiares. A diferencia de la vida de soledad, vacío y ostracismo que llevan en el extranjero, donde los más jóvenes no pueden dedicarles el tiempo y los cuidados necesarios, por estar siempre ocupados trabajando para pagar altos impuestos.


Hay que decir que en Cuba el adulto mayor que viva así es porque disfruta de importantes y exclusivos privilegios. En general no ocurre de esta forma. Una de las realidades más tristes que empañan el panorama cubano actual es justamente el desamparo y la precariedad en la que viven la mayoría de sus ancianos, que nunca llegan a gozar de una merecida jubilación porque no pueden dejar de trabajar para ganarse el sustento, en el marco de un país envejecido del cual su población joven, o sea, su fuerza productiva, continúa emigrando masivamente. No hay júbilo posible cuando la chequera promedio es de aproximadamente 1500 CUP, en medio de un escenario de alta inflación que crece por día, y luego del desastre económico que significó la Tarea Ordenamiento.


Por otra parte, sería reduccionista y absolutista sostener que el bienestar depende exclusivamente de las condiciones de un país o de un sistema socioeconómico específico. Pasa también por la construcción personal que hagamos del tiempo y la historia propia. Oportunidades y opciones para elegir cómo han de transcurrir los días, sobre todo en países que cuentan con una voluntad estatal de desarrollo social, siempre existen.


Junto a estas creencias de bienestar y garantías antes mencionadas, aparece también otra ilusión que cada vez pierde más crédito en tanto las personas van despertando del adoctrinamiento cotidiano. Y es el mito de que Cuba es un país seguro. Todo ello forma parte de la narrativa histórica del régimen, muy poco reinventada a lo largo de los más de sesenta años en el poder. Si bien no es menos cierto que en Cuba existe un acceso casi nulo a las armas de fuego, y que, a diferencia de otras regiones de Latinoamérica, el narcotráfico y las pandillas no son una realidad habitual, tampoco es Cuba ese territorio libre de violencia y colmado de paz que invariablemente venden como imagen al mundo.


En este sentido, es necesario cuestionarse qué se entiende por seguridad. ¿Seguridad para quién o quiénes? En un estudio realizado por el movimiento mundial para erradicar la pobreza (Oxfam) en 2018, llamado «Rompiendo moldes», Cuba resultó ser el país de América Latina y el Caribe con mayor normalización del acoso callejero en hombres jóvenes entre 15 y 25 años, de los ocho países en los que se realizaron las encuestas. Para las mujeres y las personas con identidades sexo-género diversas, Cuba no es un país seguro.


Es significativa la depauperación paulatina que ha sufrido el país, y que se ha visto acelerada en los últimos tres años ―aunque ya desde los noventa, con el Período Especial, se notaba―, lo cual, evidentemente, desencadena en elevados índices de pobreza, que a su vez generan como consecuencia una mayor presencia delictiva. La frase de que todos los presos son políticos ha cobrado, luego de las protestas del 11 de julio y de las más recientes a raíz del colapso del sistema electroenergético nacional, una enorme fuerza, toda vez que quienes van a la cárcel son, en porcentajes marcadamente superiores, personas pobres y racializadas. Quienes salen a las calles a manifestarse pidiendo libertad y soluciones a sus precarias condiciones de vida, y sufren la violenta represión de una Policía Nacional Revolucionaria cada vez más sanguinaria son, en su mayoría, personas desheredadas, provenientes de barriadas sin privilegios. Para estas personas, Cuba es un país peligroso. También lo es para todo el que disiente en mayor o menor medida, para quienes buscan nuevas alternativas a un país en decadencia que no es capaz de responder al reclamo de una sociedad cuyas necesidades básicas cada día se encuentran más lejos de ser cubiertas.


El Estado de Bienestar cubano, tal y como es entendido en la cosmogonía social, con sus matices chovinistas que, sin embargo, han trascendido las fronteras nacionales, es, en definitiva, una utopía basada en consignas y creencias descontextualizadas y desconectadas de la realidad. Es un sueño que alguna vez arraigó en la gente con raíces que prometían penetrar hondo en la fibra humana y que, por tanto, tampoco sería justo ni conveniente desechar por imposible. Cuando el cambio inevitable llegue nos va a costar mucho esfuerzo, tiempo y energía reconstruir las ruinas en que un sistema totalitario y corrupto nos ha dejado tanto al país como a los sueños.

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