• Miguel Alejandro Hayes

Medir el socialismo cubano


Foto © Cuba Encuentro

La magnitud


El lenguaje lleva implícita la magnitud. Hablar de vida y muerte, noche y día, el mar y el resto del universo, al especificar, nos obliga a entender cierta magnitud en el término. En pocas palabras, considerar una cosa de alguna manera, implica que, en nuestra mente, cumple con determinada “cantidad” de esa cualidad. Decir que alguien está vivo, quiere decir que “tiene” cierta “cantidad” de vida, por ejemplo.


Lo mismo se aprecia en el caso inverso. Considerar que una descripción es equivocada, es porque no “contiene” “cantidad” para ser verdad. Cuando alguien nos afirma que algo negro es blanco, rechazamos la idea porque sabemos que es negro; en contraposición: tiene muy poca “blanquitud”.


La anterior observación sobre la construcción de signos en el lenguaje (y su uso) es tan habitual que el pensar cotidiano apenas se detiene a reflexionar sobre ella. Del mismo modo ocurre con las ciencias, con la salvedad de que estas tienen incorporada la cuestión de la magnitud casi instintiva.


La medida es el ser puesto frente a sí mismo. Metros, centímetros, kilogramos, radianes, son uno de cada uno, utilizado como medida, como proyección ideal, siempre acompañado del lenguaje aritmético. La medida acompañada del lenguaje aritmético, da la magnitud. Un metro, dos kilos…


No son pocas las ciencias modernas que las utilizan para hacer clasificaciones, comparaciones o similitudes con medidas. Si la magnitud es suficiente, puede considerarse de algún modo una sustancia, un fenómeno, un ser vivo con determinada cualidad. A esas medidas se le suele llamar parámetros. En pocas palabras, el uso de parámetros permite al ser humano hacer esa parte tan compleja y necesaria para que las ciencias avancen, que es clasificar. Dichas clasificaciones siempre están sesgadas por la propia capacidad humana, pueden ser arbitrarias, pero es necesario, y ayuda al avance de la especie.


Las ciencias sociales


Por otro lado, la aplicación de medidas y parámetros también es útil para las ciencias sociales y, sobre todo, para la relación de la sociedad con la política. Si se entiende la política como forma de la tecnología social para gestionar el presente y alcanzar determinadas metas colectivas, los parámetros y mediciones son imprescindibles. Nos permiten evaluar el cumplimiento de las “promesas” y planes que los discursos políticos proponen.


Se trata de un acto científico que, por supuesto, necesita de la intervención de varias ciencias sociales, entre otros sujetos. En ese sentido, las ciencias sociales han venido a representar un arma potencialmente filosa contra la politiquería, la demagogia y la tendencia oportunista y clientelista que florece en la esfera política. Ellas han sido parte del empoderamiento de las luchas sociales por mejores condiciones de vida, y de la ciudadanía en general, presionando a los políticos a utilizar las medidas que ofrecen. Incluso, existen lugares donde los parámetros son de peso para la permanencia en la política y la valoración ciudadano, y donde el propio ejercicio político utiliza el lenguaje de los parámetros de las ciencias sociales para gestionarse.


Así, la política económica se apoya en las herramientas de proyección de, por ejemplo, la teoría de la política económica, la administración pública, por solo mencionar. Estos son lenguajes que, per se, ya traen en su ADN el uso de sistemas de mediciones, además de incorporar y auxiliarse del saber de áreas como la sociología, la antropología, el derecho, etc.


Es por ello que la política, en el sentido aquí expuesto, en un escenario ideal, se plantearía construir horizontes en los propios términos que ofrecen las ciencias sociales. De lo que deriva, en primer lugar, un lenguaje claro, accesible para todos, además de un horizonte medible, verificable en su proceso de llegada en el tiempo. Algunas de estas metas u horizontes que se construyen desde la política, pueden ser determinados niveles (parámetros) de pobreza (baja), de empleos (altos) de salario mínimo (altos), de desigualdad (baja), de Estado de Derecho (alto), de corrupción (baja), desarrollo humano (alto), entre otros muchos tantos.


Las naciones y sus consensos se acercan, unas más que otras, a esos lenguajes. Pero se trata de un ideal al cual algunas empiezan a aproximarse, y los actores políticos, sobre todo la ciudadanía que va a ser representada, exige que ese sea el lenguaje de sus horizontes como sociedad. Es algo sencillo. Los políticos tienen que prometer algo concreto, que pueda ser medible y por lo cual puedan rendir cuentas.


Cuba


Cuba es uno de los países que más avanza en sentido inverso a que el lenguaje de sus horizontes políticos sea claro y, sobre todo, medible. La meta del discurso oficial, de seguro respaldada por la mayoría de los cubanos, cabe en la palabra Socialismo.


El socialismo es algo a lo que vamos a llegar, pero lo que es, no está definido concretamente. El discurso político no lo explica como una meta específica de pobreza, de empleo, de estado de derecho, de felicidad (un índice que existe), de discriminación, de desarrollo humano, de accidentes de tránsito (un parámetro que en Cuba se podría incorporar). De hecho, oculta. No habla de índices de pobreza, ni de desigualdad (este dejó de publicarse). Del mismo modo, a partir del discurso político o de los que este usa, no se pueden evaluar los avances o retrocesos en la gestión que realiza el grupo que gobierna.


No se puede medir la magnitud de algo que no está definido. En Cuba no hay algo así como la socialismidad, la unidad de medida de cuánto socialismo hay por habitantes, ni el socialismómetro, un medidor del socialismo, aplicable a cada territorio, provincia y nación, calibrado por parámetros avalados por todos.


Entonces, ¿de qué le sirve a la sociedad cubana tener un horizonte trazado por la política que no es nada mediblemente concreto, que no puede evaluar, periodo tras periodo, año tras año? Esa indefinición del horizonte colectivo, es, por tanto, solo un mecanismo de dominación de los grupos en el poder.


Si el discurso oficial no define de qué va el socialismo en cualidades medibles, evaluables, cuya concreción lleva temporalidad, y si por demás, solo el discurso oficial sabe cómo y cuándo se puede llegar (aunque sabemos que no lo sabe), el socialismo cubano, en tanto sistema político, es tan solo un pacto basado en un acto de fe en favor del grupo que dirige el país. Y así lo demuestra con su lenguaje sobre el socialismo.


Hacer de la política una tecnología al servicio de la ciudadanía implicaría invertir esas prácticas discursivas, para que los horizontes sean concretos, y por tanto, haya parámetros para evaluar el acercamiento (o no) a ellos, con criterios eficientes para juzgar estrategias y tácticas. Mientras tanto, en Cuba, la política seguirá siendo un claro discurso en favor de las élites, de espaldas al soberano.


0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo