• David Corcho

Maquiavelo se asoma a un balcón de La Habana


Foto © David Corcho

Dicen los que saben que el pensamiento político moderno comenzó con Maquiavelo, escritor y hombre de Estado cuya mentalidad se templó en el fuego de la Italia renacentista, asolada por la guerra civil y la ambición de las potencias europeas. Le gustaban los libros tanto como el contacto con los hombres, por eso su inteligencia se agrandó sin perderse en las sinuosidades de las ideas. De todas sus obras, hoy se comentan dos: El Príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En la primera intentó catequizar a Lorenzo de Medici a través de un género literario que sus compatriotas pusieron de moda durante el Renacimiento: el “espejo para príncipes”. En la segunda, propone la República como la mejor forma de gobierno. Aunque las obras tienen tono distinto, comparten un sentido común: para Maquiavelo la política es el arte de construir estados duraderos.


Maquiavelo se rebeló contra la idea de que la política es una continuación de la ética por otros medios. Los pensadores e ideólogos de su época decían que el “buen” político seguía los preceptos de la moral, y que el “mal” político se apartaba de ellos. Pero Maquiavelo no estaba para convencionalismos. Entendió que los príncipes a veces deben hacer cosas “injustificables”, por su puesto, injustificables a la luz de la moral cotidiana. Y que haciendo el “mal”, a veces tomaban el camino correcto, el que producía menos desdichas a su pueblo —y a él mismo. El mayor acierto del gran florentino fue decir que la política tiene su propia ética y hay que entenderla dentro de sus leyes, por desagradables que nos parezcan. Un biólogo sabe que todos los organismos morirán algún día, aunque aborrezca la muerte. Los historiadores pueden interpretar el pasado, pero no alterarlo a su antojo, a no ser que deseen convertir la historia en una rama de la literatura de ficción. La política también exige un poco de ese temperamento “científico”. Una actitud saludable, pero que poca gente asume.


Yo siento que en Cuba el análisis político anda con los ojos en el cielo. Cada grupo tiene su propia noción de la vida buena y siente una pulsión instintiva por adaptar los hechos a sus prejuicios, como si los acontecimientos fueran a cambiar por fuerza poética o intelectual. Unos están convencidos de que el “socialismo democrático” sobrevendrá a este sistema con poco de socialismo y nada de democracia; otros, que la democracia nacerá en un parpadeo histórico. Hay quien ya sepultó al “comunismo” tras la revuelta popular de julio. Entiendo la impaciencia, pero no la comparto. Tenemos derecho a decir lo que pensamos, y va siendo tiempo de hacerlo, para entrenarnos en el oficio de ser libres, pero también hay que reflexionar, porque la libertad sin juicio es como el árbol sin raíces: se seca y muere.


No sé si se debe a mi temperamento o a mi formación, pero trato de ver las cosas como son. Se dice fácil, pero es labor que exige disciplina y amor a la verdad. Sospecho que a Cuba le falta mucho para convertirse en la encarnación de los ideales democráticos y liberales que, más a la izquierda o a la derecha, se disputan el ánimo de la gente comprometida con el cambio en nuestro país y cansada del autoritarismo, la desfachatez y la ineptitud suicida con que el Gobierno viene conduciéndose desde hace décadas. No pretendo que mi reflexión tenga la seguridad de la ciencia ni la autoridad de la experiencia; apenas propongo un vislumbre de los acontecimientos. Trataré de explicar un elemento que, a mi juicio, devela el futuro de nuestro país, un futuro que yo distingo apenas del presente y del que no estoy seguro, pero que me desagrada: la relación entre cultura política y la dinámica del cambio.


La cultura política y su efecto sobre la dinámica del cambio.


Desde finales de la década del 60 a inicios de la del 90, el sistema político de nuestro país podía catalogarse de “totalitario”. No hay que espantarse por el uso de este término. Usualmente se lo asocia al holocausto y el gulag, pero esos horrores no son consecuencias inevitables del totalitarismo. Sin el dominio absoluto sobre la técnica, las cosas y los hombres, los Estados totalitarios no hubiesen podido acometer el exterminio en masa. Pero lo que distingue al totalitarismo de otros sistemas es, justamente, ese poder absorbente y voluminoso, no sus posibles consecuencias. Piénsese, por un momento, que Italia y Vietnam conocieron sistemas similares a los de la Alemania nazi y la Rusia estalinista sin llegar a sus excesos y Cuba puso fin a tiempo al experimento de las UMAP. En un régimen totalitario ideal la sociedad se subordina al Estado, el Estado al partido, y el partido a sus jerarcas. En un régimen totalitario el Estado es la regla y la excepción: cuando alguien critica, lo hace porque el Estado se lo permite. En efecto, los regímenes totalitarios tienen ansias de absoluto y pretenden eternizarse destruyendo las causas del cambio histórico: el conflicto entre grupos e individuos. Pero la historia es una señora caprichosa.


Hacia 1990 la caída del campo socialista obligó a hacer cambios sin los cuales el sistema no hubiese sobrevivido. Las alteraciones en aquel orden de cosas fueron suficientes para utilizar otro término: régimen “pos-totalitario”, según la acepción de Juan Linz. Un régimen pos-totalitario mantiene elementos de uno totalitario, como el partido único, un dogma[1] y los cargos de mando como privilegio de una élite, pero concede algo. Durante la década de 1990 se aceptó la inversión extranjera, las creencias religiosas dejaron de ser de interés público para convertirse en asunto privado, los intelectuales hablaron y escribieron por primera vez en un ambiente que se parecía al de la libertad. En los últimos años, incluso se toleraron de mala gana medios de prensa independientes. De pronto, Cuba se miró al espejo y descubrió el significado de la palabra sociedad, que es convivencia en la diversidad, un ser distinto de sí mismo en cada una de sus partes, pero esa diversidad nunca se tradujo en pluralidad política. Los que mandaban siguieron siendo los mismos. Aun así, ocurrió el cambio: ¿cómo fue posible?


El régimen cubano tenía un elemento añadido, una especie de impureza, que lo distinguía del sistema soviético en su decadencia y lo igualaba a la URSS en época de Stalin y a los regímenes populistas latinoamericanos: un caudillo. Fidel Castro siempre reinó sobre las instituciones cubanas con la majestad de un Luis XIV. A diferencia de Brezhnev o Den Xiaoping, quienes practicaron una soberanía limitada sobre la aristocracia comunista, Fidel ejerció el mando como emperador. La historia de Cuba no puede contarse sin aludir a su carácter y sus decisiones, a cómo impregnó la vida íntima de la nación con su temperamento. Su independencia frente a las instituciones de origen soviético que él y sus camaradas de lucha impusieron a la sociedad cubana explica por qué el sistema pudo superar la crisis de 1990. Hacía falta esa pequeña dosis de voluntad para que cambiara la faz del país, a falta de una sociedad activa, que había sido despojada de los medios para controlar al Estado. Tal vez sin Fidel Castro el régimen comunista no habría sobrevivido al fin de la Unión Soviética.

La agitación en la cúspide de la pirámide no se explica sin su correlato: la pasividad en la base. Durante décadas, la cúpula destruyó los medios para que la sociedad pudiera disputarle el poder. El resultado ha sido una sociedad sin recursos para enfrentarse al Leviatán, sin liderazgo y organización, sin experiencia para movilizarse y luchar contra las fuerzas del orden público cuando salen a la calle en plan de aplastar manifestantes a porrazos. Más preocupados en sobrellevar las carencias económicas, los cubanos han perdido la noción del civismo y tienen escaso interés en la política. El miedo, más eficaz que la violencia para conservar a los pueblos en la obediencia, todavía logra que muchos mantengan la lengua entre los dientes, a pesar de que el 11 de julio de 2021 demostró que un número cada vez mayor está harto de vivir callado.


El levantamiento de julio fue tan intenso como efímero. Creo que se debe a la rabia acumulada tanto como a que los cubanos no saben todavía cómo organizarse, cómo enfrentarse a la policía, cómo sostener sus reclamos en el tiempo. Y cualquier protesta social necesita al menos tres elementos para imponerse: número, organización y liderazgo. Ninguna de las tres parece estar a la mano de quienes protestan en Cuba. Es sintomático, por ejemplo, que los manifestantes del 11 de julio tuvieran el beneficio del número, pero carecieran de los otros dos. Una de las primeras decisiones del Gobierno el 11 de julio fue encarcelar a todos las figuras disidentes, tal vez para evitar que asumieran el mando de algún foco rebelde. El movimiento 27N demostró capacidad de organización en la forma de conducir sus reclamos contra el Gobierno, pero no tienen una multitud de seguidores y, por tanto, no puede —y tal vez no quiera— ejercer liderazgo alguno. Puedo resumir la situación del modo siguiente: entre la inexperiencia y debilidad de la sociedad civil, y la astucia y recursos del Estado, no veo que alguien fuerce un cambio “desde abajo” en Cuba.


Hace tiempo le doy vueltas a una pregunta: ¿cómo ocurrirá el cambio en Cuba? ¿Será una decisión de los jefes o el resultado de una revuelta popular? Me inclino a pensar que el cambio vendrá “desde arriba”, como ya ocurrió en otras ocasiones. Esta conclusión parcial —el tiempo se ocupará de confirmarla o echarla por el tragante de la historia, como ha hecho con tantas otras— viene acompañada de ciertas observaciones sobre la cultura política de la isla que me preocupan por sus efectos a largo plazo.


Nuestro culto de los caudillos se remonta al siglo XIX. La república de 1902 estuvo manchada por dos autócratas y algunos aspirantes a dictadores. Bajo la égida de Fidel Castro, esa costumbre no desapareció, sino que llegó a extremos de vértigo. El pueblo cubano siente fascinación por los líderes carismáticos: una mezcla de embeleso y repulsión. La prueba es el ardor con que la emigración dio su apoyo a Donald Trump. Me pregunto qué ocurriría en Cuba de aparecer un Boris Yeltsin, o peor, un Vladimir Putin. Las naciones de Europa del Este que se salvaron del cesarismo experimentaron la democracia antes de la ocupación soviética: Checoslovaquia, las repúblicas del Báltico. ¿Habrá algún rastro de nuestra experiencia republicana en la memoria del pueblo cubano? El panorama es desalentador si uno observa a la sociedad que debería ser la base del edificio democrático. Se habla de un renacimiento tras el 11 de julio y de hastío en la población desde tiempo antes. Quienes dicen esto ignoran que el hábito de la obediencia tiene raíces profundas en la conciencia colectiva y el hombre es un animal de costumbres. Los pueblos renuncian con facilidad a sus sentimientos en favor de aquellos de sus gobernantes. Es fácil mandar sobre muchos cuando la mayoría prefiere la jaula a la selva. Octavio Paz dijo: “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio”. Y tenía razón. El levantamiento de julio fue un chispazo de rebeldía, pero falta para que el espíritu de la libertad ilumine la cueva en donde estamos todavía.


[1] El nuestro, luego del abandono del “marxismo-leninismo” hacia 1990, podría catalogarse de “nacionalismo revolucionario”. Sospecho que esa “ideología”, hecha con los retazos del antimperialismo, el nacionalismo decimonónico y algunas nociones marxistas siempre estuvo presente. Pero negar o afirmar esto es labor de los historiadores.

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