• Miguel Alejandro Hayes

Los traductores del 11 de julio


Imagen © Marcos Evora

Escribir sobre el 11 de julio (11J) es un fantasma que me persigue. A veces creo que lo pierdo, pero regresa. De ahí que la principal razón para escribir este texto sea por fin exorcizarme, aunque puede que no para siempre. Mis ideas sobre el 11J han ido cambiando. Pasé de pensar el mismo día a las 12:00 a. m. que todo era otra exageración de las redes sociales, a creer que era euforia colectiva, el resultado de muchas frustraciones concentradas, y luego valoré seriamente renunciar de una vez a las causalidades. De todos esos estados, solo me concentraré en el último.


¿Qué es una causa?


No sé cuántos más compartan mi opinión, pero no puedo nombrar la palabra «causa» sin que me vengan a la mente la lógica formal y la matemática. En un ejercicio normal de ciencias sociales, un investigador detecta las causas, las condiciones y el detonante de un hecho como mismo se estima la longitud de una pista de carreras: conociendo el punto de arrancada y la meta. El problema yace en que la causa, la condición y el detonante no son cuantificables, a diferencia de la meta, la arrancada y la longitud. El juego solo es posible si se toma una parte y se definen, a partir de esta, las otras dos. En pocas palabras, si de esas tres categorías se trata, el pensamiento nos juega la trampa de definir una a priori, para que luego definamos las demás pensando que las estamos «descubriendo».


La categoría «causa» se remonta al origen de la filosofía como sistema. Las cuatro causas aristotélicas de la sustancia son la caja de Pandora de la ciencia. Una relación de causalidad sería una especie de relación de identidad, representada con el popular signo de igual (=). Una función matemática expresa que determinada cantidad de variables combinadas causan un resultado (otra variable). Y se escribe que la combinación de causas es igual al resultado. Y viceversa. Si una combinación de variables solo puede ser igual a otra, esa otra solo puede ser igual a esa combinación de variables.


Solo llegaré a la cima si logro recorrer todo el camino. Si me ves en la cima, es que hice todo el camino. Una parte cualquiera de los dos extremos implica la otra. Si no estoy en la cima, es que no recorrí todo el camino. No se puede decir que X causa Y, y que luego ocurra Y, y resulte que X no fuera la causa.

Quien no haya visto una montaña


Para determinar la causalidad o la identidad se necesita observar y medir las variables. Eso lleva procesos previos y posteriores. Como mínimo: escoger el marco referencial desde el cual se definen las variables (teoría), escoger las herramientas de medición correctas, escoger el lugar desde el cual hacer la observación para la medición. Ahí aparecen una buena parte de posibles trampas.


Imagine, lector, que justamente está en un recorrido que incluye una montaña, que es inmensa, por cierto. Hay que subirla primero, luego bajarla. Supongamos que todas las observaciones se hacen en el tramo de subida. En la búsqueda de causalidades se pueden dar algunas que solo se correspondan con la pendiente ascendente. Por ejemplo, la relación entre tiempo de viaje y cosquillas en el estómago. Es poco probable que en inclinaciones hacia arriba se sientan cosquillas en el estómago. Hay una tercera variable ignorada, que es precisamente la que determina las cosquillas en el estómago, fuera del tiempo y las propias cosquillas: la pendiente del plano. Luego, se pudiera decir que la relación de causalidad se da en determinadas condiciones. Cuando la pendiente es ascendente, no importa el tiempo, no se sienten cosquillas.


Suponga que esa tercera variable, dígase la condición, es advertida en la observación (porque usted conoce las pendientes ascendentes y las recuerda). Por tanto, usted llega a la misma conclusión descrita en la última oración del párrafo anterior, lo cual es favorable en materia de conocimiento. Pero ¿puede usted, sin haber visto jamás una montaña, solo a partir de la medición realizada, prever dónde y cuándo dejará de ser la pendiente ascendente? A partir de observaciones, solo podrá saberlo cuando llegue a ese intervalo. ¿O puede, con la observación solamente, sacar la idea de la pendiente? La idea de una pendiente hacia arriba o hacia abajo no brota de la medición hecha en este caso. Se trata de conocimientos externos a la observación. En otras palabras, la condición ni siquiera puede ser advertida en el estudio.


Asumamos que la observación tomó una muestra más grande, y se hace en la subida y en la bajada. Ahí se detecta que, en bajada, se siente una cosquilla los primeros segundos, luego esta desaparece. Pero como la observación es en subida y bajada, queda que la relación de causalidad sí depende del tiempo y de la inclinación de la curva. Gracias a una observación amplia, hay una relación de causalidad de, al menos dos variables. Así, se sabe que si se siente la cosquilla en el estómago es que se está en los primeros segundos de una bajada.


Claro que las cosquillas en el estómago no ocurren solo en una bajada. Puede ser también una sensación asociada a los nervios, por preocupación o hasta felicidad. Por lo que la única causalidad de sentir las cosquillas no es la bajada en los primeros segundos. Para que esa relación específica sea de causalidad habría que decir que si se siente la cosquilla en el estómago durante algún viaje es que se está en los primeros segundos de una bajada. Por tanto, se puede hablar de causalidad en un marco, dígase condiciones específicas.


La búsqueda de esas causalidades se hace aún más compleja cuando de medirla se trata. De hecho, el uso serio de las matemáticas las ve como un ideal. En la ciencia se opera con probabilidades, que es lo más cerca que se está de la causalidad. Se trata de un paso sinónimo de madurez.


Una vez que la estadística inferencial supone que conoce lo que desconoce, con sutileza, entonces empieza a conocer lo que desconoce. Se trata de asumir que se sabe lo que no se sabe. Por eso, la estadística inferencial supone la distribución probabilística de su error, para hallar la causalidad, identidad entre dos variables.


Cuando se trata de una causalidad compleja, múltiple, entonces lo más normal es hacer constante una de las variables causales, para medir la otra. Cuando en la práctica esa variable se mantiene constante, no hay problemas, pero… y si al subir y bajar la loma existe un proceso desordenado de aceleración y aceleración, ¿se comportarían igual las cosquillas en el estómago? Para saber el efecto de la velocidad habría que neutralizar, desde el punto de vista experimental, el efecto tiempo y la propia pendiente. Nada sencillo, sin dudas. La estadística inferencial se las ha arreglado para intentar neutralizar variables y medir con el mayor rigor posible, pero no se logra más que una aproximación.


Sin las condiciones, la causalidad es un golpe a ciegas, un juego de azar que puede teóricamente funcionar unas veces, otras no. Quienes desconocen esto son los que llevan un modelo económico, sociológico, cultural que explica determinadas causalidades en un contexto y lo intenta aplicar a otro.


Las condiciones no son más que otras variables (implícitas, matemáticamente hablando). Un modelo puede tener tantas variables implícitas como pueda detectar el investigador. De hecho, las variables implícitas responden aquellas preguntas que el investigador no se ha hecho, es decir, a los problemas implícitos en una relación de causalidad. Por lo general, son problemas que aparecen con el tiempo. Un buen ejemplo es la mecánica clásica. En todos sus modelos (teóricos) iba implícito que el tiempo funcionaba como una constante. Hasta que alguien no descubrió esa relación implícita, no se dieron cuenta que esa física no ofrecía causalidades universales, sino de unas condiciones específicas, por tanto, de un comportamiento específico de la variable tiempo. Moraleja: la causalidad, tal y como la conocemos, es una lectura, una de las tantas posibles, a determinado nivel de profundidad, que establece una identidad entre dos o más variables explícitas, de las tantas que confluyen en un fenómeno. Para que ocurra la identidad, tiene que darse determinada relación entre todas las variables implícitas. Por tanto, la relación causal es una identidad a nivel de lenguaje, no precisamente una identidad del fenómeno.


Por si fuera poco, la relación entre dos variables siempre esconde otras, es decir, es cualitativamente continua. Si decimos que al disparar una bala al pecho, la persona muere, en principio hay una causalidad. Pero hace falta que la bala dé en el corazón, que sería otra variable, y que afecte algo que provoque un fallo (otra variable más), y así, con niveles de complejidad tanto como se planteen las preguntas de investigación o la ciencia empleada.


Lo que quiero decir es que las ciencias sociales le llaman causalidad muchas veces a lo que no lo es, o a lo que solo lo es en determinadas condiciones, las cuales se ignoran en muchos casos.


Predecir una protesta


Si a la estructura de la identidad, dígase causalidad, le quitamos su cualidad de identidad, nos queda algo: una implicación lógica. Es muy difícil establecer causalidades en la ciencia, pero es mucho más sencillo establecer implicaciones lógicas. Es decir, estructuras analíticas que permiten ordenar la relación de que una cosa lleva a (pensar) la otra. Por tanto, existe una relación con cierta lógica, aunque no sea de causalidad.


El 11J la gente salió a la calle. De eso se puede hacer una serie de implicaciones, es decir, de variables que implica el 11J como hecho. Hablo de todo aquello que se puede inferir del suceso. Por ejemplo, implica que eran demasiados los problemas y las carencias en las familias, que había deseos de gritar muchas consignas contestatarias, que había una esperanza en que protestar podía ayudar a mejorar, y así un gran número de «conclusiones».


El error estaría en suponer que esa implicación lógica puede leerse en el sentido inverso, por tanto, en suponer que hay una causalidad. Así, que haya demasiados problemas y carencias familiares, que haya muchos deseos de gritar consignas contestatarias, que exista la esperanza de que protestar servirá, no implica que vaya a ocurrir una protesta social. De hecho, esas implicaciones puede que lleven años existiendo.


Lo que abunda es estar empecinado en que el conjunto de implicaciones (lógicas) del hecho sean su causa, cuando, en realidad, a lo más que se puede aspirar es al revés: desde el hecho, conocer las implicaciones. Las ciencias sociales han estado empecinadas en ir contrarios a lo que se puede hacer como ciencia.


Los traductores del 11 de julio


¿Qué pueden aportar los intelectuales y científicos sociales en general? Lo primero es saber las limitaciones de lo que pretenden hacer, y saber qué es lo mejor que puede hacerse. La variante de buscar las causas, tal y como puede entenderse una causa científicamente, es un error. Incluso, refuerza esa vieja manía de construir certezas, lo cual era señal de poca sabiduría, según se pensó en algún momento.


Por otro lado, queda el tema comunicacional. Más que causas, que ya sabemos que como tal no son, lo que se produce entonces es un discurso con una función ideopolítica que, en el mejor de los casos, puede ser una herramienta de comunicación para los sujetos del 11J. En la mayoría de los casos, los intelectuales producen discursos que no pocas veces actúan como cuerpos externos. Lo son en la medida en la que los discursos teóricos no están en la clave del lenguaje de las protestas. De hecho, el lenguaje de las protestas no es acto para los estándares comunicacionales teóricos.


Por tanto, el discurso de las ciencias sociales solo puede aspirar a traducir el de las protestas, así como su sentir, pero ¿para qué? Decir a alguien que en realidad no conoce sus acciones y que se las va a explicar sigue siendo un acto colonizador por definición.


Sabemos que esa no es la intención de las ciencias sociales en general, por tanto, que no está dirigido su discurso a los sujetos del 11J. ¿A quién entonces? A otros, sin dudas. Pero ahí regresa el papel de traductor. «Ellos salieron a las calles por esto y aquello…». Pero los sujetos del 11J tienen boca, y no necesitan que nadie hable por ellos. En su falta de homogeneidad, tienen voz propia. La tuvieron para salir: ¿no la tendrán para decir por sí solos? Hablar de ellos puede convertirse en un hablar por ellos en la medida en que se intenta traducir su discurso a otro lenguaje.


Por último, queda la opción del discurso sobre el 11J que se legitime dentro de la academia, lo cual puede ser muy útil, pero este tendría que ser un discurso puesto a circular solo en la academia, para no confundir a los receptores fuera de esta.


Y dado que los intelectuales tienen que tener un papel más allá de la academia, lo primero sería reconocer que no fueron los sujetos del 11J, porque no fueron las mayorías, ni la dirección.


El 11J es resultado de un sentir en una colectividad: no le debe nada a los intelectuales. No se salió a las calles por lo aprendido en un artículo de intelectual alguno.


Por lo que, en el papel de la modestia, va quedando asumir la posición del acompañante, no del traductor, no de la conciencia guía, sino del facilitador. El intelectual no fue la conciencia, ni lo será. El intelectual, armado de las ciencias sociales, debe usar ese arsenal para facilitar mecanismos y procesos que sirvan para materializar las demandas sociales. Deberían intentar ir al lado, solo al lado, y al servicio de los sujetos del 11J.


Nota: Este texto se escribió en diciembre de 2021.


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