• Jorge Ignacio Domínguez

Los Futuros Partidos Políticos de Cuba: Entre la Ficción y las Ciencias Políticas

Por Jorge I. Domínguez


Capítulo 4: Tendencias Influyentes sobre los Clivajes Sociales después de 1959 [1]


En el medio siglo transcurrido desde 1959, ¿hay cambios sociales que hayan aumentado las posibilidades de transformar las diferencias sociales relacionadas con la región, la clase social y la desigualdad, la religión, y la raza, en clivajes políticos sobre los cuales los partidos se puedan construir? La respuesta es no.


A nivel de las diferencias regionales, estas persistieron después de la revolución, y aún existen. Pero, exceptuando las obviamente mejores condiciones de vida en la ciudad de La Habana, las diferencias entre las provincias de Cuba han sido modestas y son una base improbable para nuevos partidos regionalistas (Martín Posada y Núñez Moreno, 2012).


En cuanto a las diferencias de clase, la desigualdad a nivel de ingresos y de acceso a los bienes y servicios se amplió dramáticamente después de 1990, al interrumpirse el flujo de subvenciones provenientes de la Unión Soviética. La pobreza reaparece en un quinto de la población. Desde 1990, la movilidad social descendente superó en gran medida a los casos de movilidad social ascendente. Combinación que agudizó aún más las desigualdades. Igual que antes de 1959, el factor clase social probablemente tendría un impacto sobre el comportamiento electoral, pero también seguiría siendo un soporte improbable para sustentar un partido basado prioritariamente en divisiones de clase. Desde su fundación en 1965, el Partido Comunista de Cuba (PCC) ha buscado un amplio apoyo nacional, no simplemente el apoyo del proletariado o de grupos de ingresos inferiores. El gobierno ha hecho hincapié en los derechos universales de acceso a la educación, a la salud, y a otras subvenciones de bienestar, que enfatizan la solidaridad entre cubanos en su condición de nación (Espina Prieto, 2004; Espina Prieto y Togores González, 2012; Togores y García, 2004). Los cubanos jamás han respondido predominantemente a promesas programáticas partidistas basadas en diferenciaciones entre clases sociales.


En lo relativo a las diferencias religiosas, el gobierno y el PCC se enfrentaron a las iglesias, y especialmente a la Iglesia Católica, en los sesentas. Medio siglo después, las restricciones sobre las iglesias se relajaron y el Cardenal Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, jugó un papel importante en 2011 para facilitar la liberación de la mayoría de los presos de conciencia restantes. Varias diócesis católicas publican revistas; hay trabajo misionero cada vez más abierto. Sin embargo, entrevistas con personas prominentes de la iglesia sugieren que la proporción de cubanos que asisten regularmente a la misa católica seguía siendo un número de un solo dígito, aunque tal vez un 15 al 20 por ciento de la población se identificaba con alguna comunidad de fe (Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, 1993). Sólo la Iglesia Católica tiene la organización territorial para desafiar al PCC desde la sociedad civil. Sin embargo, el número de curas sigue siendo sólo de 300 aproximadamente en un país de poco más de once millones de personas. Adicionalmente, siguiendo el liderazgo del Cardenal Ortega durante un tercio de siglo hasta su jubilación en 2016, los obispos han resistido comportarse como un partido o convertirse en sus patrocinadores. Un Partido Católico aún parece poco probable, aunque más asociaciones católicas surgirían probablemente.


Por su parte, las circunstancias raciales de Cuba han cambiado en las últimas décadas. A principio de los ochenta, las diferencias raciales entre negros y blancos habían desaparecido en estimaciones de esperanza de vida y finalización de la escuela secundaria –resultados mucho mejores que en otras sociedades racialmente heterogéneas como Brasil y Estados Unidos. Las diferencias raciales persistieron en la geografía de la vivienda y en la probabilidad de encarcelamiento (Meerman, 2001; De la Fuente, 2001, pp. 309-316). Y, al principio de la década de 2010, hubo otras insatisfacciones. Una fue la membresía en las instituciones políticas claves, tales como el Buró Político del PCC elegido en 2016 (cinco afrodescendientes de diecisiete miembros) y el comité ejecutivo del Consejo de Ministros (ninguno de los ocho era afrodescendiente). Otra fue la fácil expresión explícita de prejuicios raciales. En un estudio comparativo de tal conducta discursiva, Sawyer et al. (2004) encontraron que ese racismo era significativamente más alto en Cuba que en Estados Unidos, Puerto Rico, o República Dominicana. Desde el inicio de la década de los sesenta, el oficialismo en Cuba afirmó haber resuelto el problema racial; por lo tanto, se volvió contrarrevolucionario discutirlo en público.


El silencio oficial de Cuba sobre asuntos de raza impidió la formación legal de asociaciones afrodescendientes independientes en la sociedad civil, así como la construcción de partidos basados en raza. Asimismo, retrasó por medio siglo una conversación nacional en torno a esta problemática en Cuba. Aun así, al margen de lo oficial, tal conversación ha comenzado, y la afirmación identitaria afrodescendiente se ha fortalecido a través de la música, las artes plásticas, la literatura, la religiosidad, y hasta cierto punto a través del internet, si bien los cubanos tienen un acceso muy limitado (De la Fuente, 2012).


Todo esto para señalar que no existe, sin embargo, un movimiento político de oposición basado en raza. Existen líderes afrodescendientes y algunos son miembros de organizaciones de derechos humanos, disidentes, y de oposición, pero demandan sus derechos como ciudadanos cubanos, no tanto como afrodescendientes cuyos derechos humanos dependen de criterios raciales. Intelectuales fieles, aunque críticos de aspectos de estas políticas oficiales (Morales Domínguez, 2007) quieren que el régimen político y social perdure, según sus principios, en orden a fortalecerlos, no para derribarlos.


De manera que, pasado el cambio de régimen que aún no ha ocurrido, un partido político basado en raza sigue siendo poco probable.


La evidencia comparativa reafirma esta conclusión. Consideremos los detallados estudios de partidos políticos latinoamericanos en Levitsky, Loxton, Van Dyck y Domínguez (2016). Solamente en el capítulo sobre Cuba se discute acerca de posibles partidos afrolatinos. El valioso capítulo de Raúl Madrid (2016) acerca del etnopopulismo se centra en comunidades indígenas en sus contextos más amplios en Bolivia, Ecuador, y Guatemala, no así en afroecuatorianos que son numerosos, pero no se asocian en un partido. El país más probable en Latinoamérica para que surja un partido con base racial es Brasil, si bien el citado libro no aborda la problemática de la conformación de partidos afrobrasileños. El estudio magistral de Scott Mainwaring acerca del sistema de partidos, con especial atención a Brasil, dedica menos de una página a la posibilidad de partidos basados en raza en Brasil (1999, p. 46). El estudio intelectualmente más estimulante acerca de un partido político basado en raza en Brasil – Frente Negro Brasileño, o Frente Negra Brasileira – explica por qué el partido fue de tan corta vida, por qué colapsó, y por qué nunca fue revivido (Fernandes, 1969; vea también Telles, 2004). La raza en America Latina no ha producido partidos exitosos basados en ella, ni son probables tales partidos.


En conclusión, en Cuba, las características aquí analizadas de los periodos de tiempo prerrevolucionarios y revolucionarios probablemente perdurarán. Pasado el cambio de régimen que aún no ha ocurrido, Cuba probablemente permanecerá privada de partidos que busquen sus principales fuentes de apoyo apelando a región, religión, clase social, o raza, aunque diversos partidos obtuviesen mayores o menores porciones de apoyo de estas categorías sociales.


Bibliografía

Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (1993). La religión. Estudios de investigadores cubanos sobre la temática religiosa. Editora Política.

De la Fuente, A. (2001). A Nation for All: Race, Inequality, and Politics in Twentieth Century Cuba. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

De la Fuente, A. (2012). “Tengo una raza oscura y discriminada”. El movimiento afrocubano: hacia un programa consensuado”. Nueva Sociedad 242, 92-115.

Espina Prieto, M. (2004). “Social Effects of Economic Adjustment: Equality, Inequality and Trends toward Greater Complexity in Cuban Society”. En J.I. Domínguez, O.E. Pérez Villanueva, y L. Barberia (eds.). The Cuban Economy at the Start of the Twenty-First Century (p. 209-243). Cambridge: Harvard University Press.

Espina Prieto, M. y Togores, V. (2012). “Structural Change and Routes of Social Mobility in Today’s Cuba: Patterns, Profiles, and Subjectivities”. En J.I. Domínguez, O.E. Pérez Villanueva, M. Espina Prieto, y L. Barberia (eds.). Cuban Economic and Social Development: Policy Reforms and Challenges in the 21st. Century (p. 261-289). Cambridge: Harvard University Press.

Fernandez, F. (1969). The Negro in Brazilian Society. New York: Columbia University Press.

Levitsky, S., Loxton, J. Van Dyck, B., y J.I. Domínguez (eds.). (2016). Challenges of Party-Building in Latin America. New York: Cambridge University Press. doi:10.1017/CBO9781316550564.

Madrid, R.L. (2016). “Obstacles to Ethnic Parties in Latin America”. En S. Levitsky, J. Loxton, B. Van Dyck y J.I. Domínguez (eds.). Challenges of Party-Building in Latin America.New York: Cambridge University Press. doi: 10.1017/CBO9781316550564.011.

Mainwaring, S. (1999). Rethinking Party Systems in the Third Wave of Democratization: The Case of Brazil. Stanford: Stanford University Press.

Martín Posada, L. y Núñez Moreno, L. (2012). “Geography and Habitat: Dimensions of Equity and Social Mobility in Cuba”. En J.I. Domínguez, O.E. Pérez Villanueva, M. Espina Prieto, y L. Barberia (eds.). Cuban Economic and Social Development: Policy Reforms and Challenges in the 21st. Century (p. 291-320). Cambridge: Harvard University Press.

Meerman, J. (2001). “Poverty and Mobility in Low-Status Minorities: The Cuban Case in International Perspective”. World Development 29, 1457-1482. doi:10.1016/S0305-750X(01)00058-4.

Morales Domínguez, E. (2007). Desafíos de la problemática racial en Cuba. La Habana: Fundación Fernando Ortiz.

Sawyer, M., Peña, Y., y Sidanius, J. (2004). “Racial Democracy in the Americas: A Latin and U.S. Comparison”. Journal of Cross-Cultural Psychology 35, 749-765. doi: 10.1177/0022022104270118.

Telles, E. (2004). Race in Another America: The Significance of Skin Color in Brazil. Princeton: Princeton University Press. Doi: 10.1515/9781400837434.

Togores, V., y García, A. (2004). “Consumption, Markets, and Monetary Duality in Cuba”. En J.I. Domínguez, O.E. Pérez Villanueva, y L. Barberia (eds.). The Cuban Economy at the Start of the Twenty-First Century (p. 245-296). Cambridge: Harvard University Press.

[1] Se publicó anteriormente en inglés como un capítulo en, Challenges of Party-Building in Latin America, ed. Steve Levitsky, James Loxton, Brandon Van Dyck, y Jorge I. Domínguez (New York: Cambridge University Press, 2016). Doi:10.1017/CBO9781316550564. Cambridge University Press autorizó su traducción al español, realizada por Alejandra Suárez, así como su publicación en la Revista Foro Cubano 1:1 (julio-diciembre 2020): 97-110, https://revistas.usergioarboleda.edu.co/index.php/forocubano/issue/view/rfc/N%C3%BAmero%20Completo. La Revista Foro Cubano ha autorizado la serialización de ese artículo por parte de Cuba Próxima.

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