• Jorge Ignacio Domínguez

Los Futuros Partidos Políticos de Cuba: Entre la Ficción y las Ciencias Políticas

Actualizado: sep 28

Por Jorge I. Domínguez


Capítulo 2: Partidos Políticos antes de la Revolución de 1959


Las últimas elecciones presidenciales libremente competitivas de Cuba, celebradas en 1948, caracterizaron bien la política de la nación en aquel momento (Stokes, 1951). Los partidos y el sistema de partidos en Cuba se habían consolidado a tiempo para la elección presidencial de 1940 y se habían vuelto bastante estables. En las cuatro elecciones nacionales más libres (1944 y 1948 para presidente y Congreso, y 1946 y 1950 para Congreso), entre el 42 y el 56 por ciento de los miembros de la Cámara de Diputados habían sido reelegidos (calculado a partir de Riera, 1955). Estos no eran partidos transitorios sino, más bien, entidades políticas bien organizadas y duraderas que reeligieron a sus parlamentarios.


En 1948, había cuatro partidos principales o coaliciones de partidos contendiendo por la presidencia. Cuba tenía seis provincias. Ninguno de los candidatos presidenciales obtuvo una mayoría absoluta en ninguna provincia, excepto por la coalición gobernante Auténtico – Republicana, que ganó por un amplio margen en la provincia de Matanzas. Hubo, por lo tanto, una sustancial uniformidad electoral nacional. A diferencia de Quebec, Bavaria, Cataluña, o Escocia, Cuba no tenía un partido local representando sus intereses y que al tiempo carecía de una fuerza significativa en cualquier otra región.


En Cuba, los partidos nacionales ejecutaron campañas que se extendieron por todo el territorio. El candidato presidencial victorioso de la coalición Auténtico – Republicana, Carlos Prío, por ejemplo, ganó un máximo del 54.5 por ciento en la provincia de Matanzas y un mínimo de 41.5 por ciento en la provincia de La Habana. Coalición que se había convertido principalmente en una máquina clientelista, que desembolsaba las prebendas a través del país. En tanto que los Auténticos tenían un perfil político, eran ligeramente nacionalistas, y habían liderado la oposición cubana al poder de Fulgencio Batista entre 1933 y 1944.


Por su parte, los Liberales y los Demócratas se unieron. Excedieron el margen de su influencia nacional en la provincia de Pinar del Río, pero en las otras cinco provincias estos dos partidos quedaron a 3 puntos porcentuales de su promedio nacional del 30.4 por ciento. También eran máquinas clientelistas. Los Liberales habían sido el indispensable partido de poder de Cuba. Habían aportado el equipo para la presidencia que devino en la dictadura de Gerardo Macho en los años veinte. Habían estilizado el poder de Batista antes de su convocatoria a la convención que redactaría la constitución de 1940. Aunque derrotados en 1944 como parte de la coalición de Batista, los Liberales cambiaron de bando para unirse al gobierno de Prío poco después de las elecciones de 1948 y, finalmente, después de que Batista derrocó a Prío por un golpe de Estado, apoyarían la dictadura de Batista en los cincuenta. En 1948, los Liberales y los Demócratas (siendo este último un partido conservador) probaron, al postularse como una alianza de oposición, que podían funcionar bien sin la espita de recursos del tesoro nacional. En la medida en que estos partidos tuvieron un perfil político apoyaron los intereses de los Estados Unidos en Cuba.


Los dos partidos más débiles se lanzaron solos, y a los dos les fue mejor en las provincias de La Habana y Oriente. Los Ortodoxos (un sexto del voto nacional, con un quinto del voto tanto en La Habana como en Oriente) tenían una sola política en su plataforma electoral: se oponían a la corrupción. Su consigna era “vergüenza contra dinero”; su símbolo, una escoba. El de ellos era un partido de principios, vociferante al protestar en contra de la corrupción y por la manera en que Cuba era gobernada. En su discurso, era “intransigente” – una palabra que apreciaba su candidato presidencial, Eduardo Chibás (Grupos de Propaganda Doctrinal Ortodoxa, 1951). Fidel Castro fue uno de sus candidatos a diputado para las elecciones de 1952 (canceladas a causa del golpe de Estado de Batista en marzo de 1952).


Finalmente, el partido comunista prerrevolucionario, el Partido Socialista Popular (PSP), obtuvo el 7.5 por ciento del voto nacional, haciéndolo uno de los partidos comunistas más exitosos electoralmente en Latinoamérica (solo los Comunistas de Chile tendrían una mejor historia electoral). Ganó el PSP cerca de un décimo de los votos en la provincia de La Habana, aunque también le fue bien en Oriente donde había sindicalizado muchos obreros de centrales azucareros. Los Comunistas se volvieron un partido legal solamente como aliados de Batista al final de los treinta y fueron derrotados como parte de su coalición en 1944. En 1948, se lanzaron solos para la presidencia – su única competencia presidencial en solitario en unas elecciones competitivas. Los Comunistas habían sido parlamentarios hábiles en la Convención Constituyente y en el Congreso. Aunque eran solo el 5.5 por ciento de los miembros del Congreso, representaron el 15.5 por ciento de los proyectos de ley presentados; solo uno de los treinta y cinco proyectos de ley presentados por los parlamentarios Comunistas buscó beneficios particularistas para una sola persona, en contraste con el patrón común en otros partidos. Los parlamentarios Comunistas se reunían regularmente, redactaban los discursos de sus miembros en esas reuniones, trabajaban en equipo para elaborar legislación, patrocinaban y escuchaban a una comisión asesora de investigación, y donaban un diezmo de su salario para el partido. Votaban con una alta disciplina partidista (Escalante y Marinello, 1945). Aportaron ministros al Gabinete de la presidencia de Batista (1940—1944). Fundaron la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y apoyaron a la coalición de Batista y a la alianza Estados Unidos – Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Organizaron a obreros e intelectuales universitarios, que eran prominentes en su liderazgo.


Existen tres implicaciones de esta descripción del sistema de partidos. En primer lugar, hubo muy pocos votos que ganar ya fuesen en la representación regional (muy leve variación en los patrones de votación) o en la representación sindical. El comportamiento responsable en el parlamento le valió a los Comunistas solo uno de cada catorce votos emitidos a nivel nacional.


En segundo lugar, la política de intransigencia, con el apoyo de un sexto del electorado, se enlaza, en un mismo hilo conductor, con el régimen revolucionario que llegó al poder en 1959. Régimen que se consolidó repudiando el turismo decadente, proclamando el valor de los incentivos morales y la construcción de un “hombre nuevo”. Igualmente, a mediados de la década de los 60, despachando a los homosexuales a campos de trabajo forzado con la esperanza de convertirlos en heterosexuales e incluso (brevemente) buscando sustituir la malta sin alcohol por cerveza, en aras de la productividad. De manera que dicha política propició el camino para un partido de intransigentes.


En tercer lugar, los Liberales fueron el primer “partido de poder” de Cuba. Hicieron parte de la coalición de gobierno bajo siete de los diez presidentes cubanos elegidos para un mandato entre 1902 y 1958, incluyendo dos cuyas elecciones habían sido manchadas por el fraude (Machado, Batista). Eran maestros de la programación y la seducción clientelista. Podían ser leales, o cambiar de bando, en búsqueda de ventaja política. Y solo ellos y los Comunistas obtuvieron éxito electoral cruzando las fronteras raciales de la nación.


Bibliografía


Escalante, A., y Marinello, J. (1945). “El trabajo de los socialistas en la última legislatura”. Fundamentos 41 (5), 8-16.

Grupos de Propaganda Doctrinal Ortodoxa. (1951). Doctrina del Pueblo Ortodoxo. La Habana: Fernández.

Riera, M. (1955), Cuba política, 1899-1955. La Habana: Impresora Modelo.

Stokes, W. (1951). “The ‘Cuban Revolution’ and the Presidential Elections of 1948”. Hispanic American Historical Review 32, 37-39. doi: 10.1215/00182168-31.1.37.

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