• Lennier López

Los actores políticos existentes en la Cuba de hoy, y los que pudieran surgir

Actualizado: 22 jul


Imagen © Alba León

Para nadie es un secreto que el único actor político de peso en la Cuba actual es el propio gobierno cubano. Este está conformado por las Fuerzas Armadas, el Partido Comunista y el Ministerio del Interior. Y, hasta hoy, mantienen una unidad sólida, aunque, desde luego, no perfecta. Tanto es así, que en el pasado no fueron pocas las rencillas existentes entre el Ministerio del Interior (MININT) y las Fuerzas Armadas (FAR). Fidel Castro creía que le era beneficioso mantener cierta tirantez y desconfianza entre ambos cuerpos. Raúl Castro, por el contrario, apostó siempre por la hegemonía de los militares, la cual más tarde iba a conseguir después del escándalo de tráfico de drogas que involucró a la cúpula en el poder[1].


Actualmente, son las fuerzas armadas quienes mayoritariamente toman las decisiones importantes en lo referente a la esfera pública cubana. Tanto el Ministerio del Interior como el PCC han caído bajo su radar. En este sentido el régimen político cubano se distingue de los totalitarismos soviéticos. En Cuba, el poder civil -especialmente en las últimas dos décadas- no tiene supremacía sobre el militar. Así mismo, el ámbito económico está sólidamente también bajo el mando del conglomerado GAESA controlado por las FAR. Más específicamente, una élite reducida de militares liderados por Raúl Castro y, hasta hace muy poco, Luis Alberto López Callejas quien falleció recientemente[i].


Dentro de la sociedad civil, sin embargo, no hay tanto de donde tirar. Producto del propio régimen político -que exitosamente desarticula los tejidos sociales y coopta rápidamente los atisbos de organización autónoma- resulta improbable encontrar actores que tengan peso político como para plantarle cara al gobierno. La iglesia católica es tal vez el actor de mayor peso en la sociedad civil cubana. Tal institución, con mucha paciencia, ha andado caminos difíciles para obtener cierto grado de influencia en la vida social del país. Tras años de persecución y represión en las primeras dos décadas de la revolución, la iglesia católica comenzó a ganar terreno. El punto de inflexión en este sentido, de acuerdo con Delia Contreras[ii], llega en 1988 con el Encuentro Nacional Eclesial Cubano. En 2010 la iglesia tal vez muestra su momento de mayor músculo negociando con Raúl Castro la liberación de presos políticos de la Primavera Negra. Pero es importante destacar que estas negociaciones se dan en el marco de consolidación del poder de Raúl Castro y los intentos -que probaron luego ser eficaces- de traer a la administración de Barack Obama a la mesa de negociación[iii].


Otros sectores religiosos han ganado fuerza dentro de Cuba. A nivel regional los movimientos evangélicos han crecido de forma significativa y Cuba no es la excepción. Lo que sorprende más, sin embargo, es la aparente pasividad del régimen a la hora de enfrentar la organización de estos grupos que no han dudado en poner demandas políticas sobre la mesa. El ejemplo más evidente fue en 2019 cuando estos grupos se organizaron para demandar que se excluyese del texto constitucional el reconocimiento tácito de familias no heterosexuales. También es cierto que es perfectamente plausible que el régimen use la conflictividad entre evangélicos y grupos LGTBQ en su propio beneficio, dando una imagen de un pluralismo muy acotado o incluso desviando la atención de temas más centrales que -sin demeritar un ápice la importancia de las justas reivindicaciones de las comunidades diversas- conciernen a, por ejemplo, los derechos civiles y políticos de todos los ciudadanos.

Desde el activismo más frontal -que busca sin tapujos el cambio de régimen- está el caso de Oswaldo Paya y su capacidad de aglutinar varios miles de ciudadanos que abiertamente decidieron apoyar una agenda que le plantaba cara al poder. Aun así, Fidel Castro respondió con violencia y no se movió un ápice a pesar de las claras exigencias de cambio e inclusión de la ciudadanía, y de las fuertes críticas internacionales que suscitaron los arrestos y largas sentencias de la primavera negra de 2003.


Otros actores políticos como la UNPACU en Santiago de Cuba han logrado cierto nivel de organización y movilización. Así mismo, recientemente, el Movimiento San Isidro en La Habana también consiguió movilizar a artistas y ciudadanos de zonas desfavorecidas de la ciudad habanera en torno a demandas y denuncias en contra de la persecución contra el arte por parte del estado cubano. Nuevamente, la respuesta ha sido la represión y el encarcelamiento de los lideres o caras más visibles -por ejemplo, Jose Daniel Ferrer, Luis Manuel Alcántara, y Maykel Castillo- sin que el gobierno tomase acciones decisivas para resolver siquiera los problemas más urgentes recogidos en las legítimas demandas ciudadanas.


Sin embargo, sería injusto afirmar que no se ha avanzado durante las últimas décadas. En sus errores y aciertos, Oswaldo Payá, Elisardo Sánchez, Guillermo Fariñas, Andrés Solares, Ferrer, y más recientemente Luis Manuel y Maykel, entre otros muchos, contribuyeron al despertar de la conciencia de una parte de la sociedad cubana. El propio Payá lo expresaba muy bien en 2005 cuando afirmaba esto respecto al Proyecto Varela y sus miles de firmantes:


“Los que han sufrido el comunismo saben cuántos temores y barreras hay que vencer para escribir en un documento el nombre, la dirección y decir quiero mis derechos y entregárselo al Gobierno. Por eso, el régimen está haciendo ahora mismo, mientras ustedes conocen este mensaje, una cacería casa por casa contra los que se atreven a firmar la petición del referendo del Proyecto Varela, porque es, como lo fue Solidaridad, un movimiento de liberación de la personas y porque están empleando toda la fuerza y todos los recursos de la mentira y la propaganda para ahogar este movimiento ciudadano[iv]


Sin embargo, en este mismo artículo Payá reconoció un problema que llevamos arrastrando como ciudadanía desde entonces: el profundo individualismo y desconfianza que impera en la sociedad cubana que -más allá de las fundamentales trabas que coloca el propio régimen político- nos impiden generar solidaridades transversales y duraderas.


“Cuando en marzo de 2003 fueron encarcelados decenas de líderes del Proyecto Varela, cuando más aumentó la represión contra este movimiento, en vez de más solidaridad, recibimos más crítica y constatamos más indiferencia. Es como si nos juzgaran por el resultado o como si se impusieran las fuerzas que impulsan un escenario virtual de lucha para sustituir o competir con el escenario real que está, entre otros, en las cárceles, en las demostraciones públicas pacíficas y en la casas de los firmantes del Proyecto Varela asediadas por la Seguridad del Estado”[v].


Descrito todo lo anterior, podemos concluir que: primero, a pesar de los esfuerzos ciudadanos de imponerse al miedo y la represión, las autoridades han optado por sistemáticamente reprimir el disenso en lugar de incluirlo. Segundo, y por lo anterior, el régimen es irreformable. Tercero, es entonces comprensible que -aun sintiéndonos individuos libres- abunde el pesimismo y la renuncia a una solución nacional que nos libere como colectividad. Y ello lleva muchas veces a la afirmación de que la solución a nuestro problema quede únicamente en manos de la comunidad internacional que, liderada por los Estados Unidos, pudiese ayudar a desencadenar un cambio de régimen. Y cuarto, queda claro que no basta con sentirnos individuos libres y expresarlo. Necesitamos ser capaces de reconocer la libertad del otro, o persuadirlo a que la busque desde su visión del mundo, y, finalmente, reconocernos unos y otros en esa libertad que nos hace diversos, para desde allí trabajar juntos y liberarnos también como colectividad. Es la liberación del individuo, y de la colectividad a la que ese individuo pertenece.


No podemos renunciar a una resolución del conflicto que sea pacífica y que emane de nuestros esfuerzos.


Si bien es evidente que sin el acompañamiento de los países democráticos el desmantelamiento del régimen totalitario parece inviable, la responsabilidad de ser agentes de cambio es exclusivamente nuestra. Sin embargo, el propio gobierno cubano se ha empeñado en tener un solo interlocutor adverso a sus ideas: los Estados Unidos. Basta mirar, por ejemplo, los discursos e intervenciones del actual jefe de estado cubano, Miguel Diaz Canel[vi], para notar la prevalencia de las palabras “Estados Unidos”. En los últimos doce meses Diaz Canel ha mencionado 81 veces a los Estados Unidos y lo ha hecho para, por ejemplo, afirmar que el embargo “es el principal obstáculo para el desarrollo de nuestro país[vii] o que “la Embajada (de los Estados Unidos) en Cuba viene desempeñando un activo papel en los esfuerzos por subvertir el orden interno en nuestro país[viii]. Aun si el gobierno de los Estados Unidos intenta promover un cambio de régimen político dentro de Cuba, es evidente que hay muchos actores nacionales que legítimamente intentan también lo mismo y, sin embargo, el régimen no los considera interlocutores legítimos. Para contrastar, en los discursos examinados Diaz-Canel menciona solo una vez a la “la oposición interna” pero lo hace solo para decir que esta es “el más viejo anhelo del Gobierno estadounidense[ix].


Pero al margen de la comprensible frustración de la sociedad civil cubana -por la violencia que ejerce el aparato represivo cubano contra activistas, periodistas, y disidentes en general- y del énfasis sistemático que hace el propio gobierno cubano para enmarcar el debate en un campo donde solo hay dos interlocutores -Cuba y sus aliados, y los Estados Unidos y sus siervos[x]- nosotros necesitamos reconocer nuestra cuota de responsabilidad en el fracaso. Si bien como ciudadanos somos víctimas de un estado policial dictatorial, esto no significa que no seamos responsables de a) no conseguir formar una colectividad diversa que sea capaz no solo de cambiar el régimen, sino de hacernos cambiar a nosotros mismos en ciudadanos tolerantes y abiertos a la diversidad, b) no conseguir que esa colectividad sea reconocida, en su diversidad, como un interlocutor único y potente por parte del actual régimen y de la comunidad internacional.


En este escenario, todos los actores existentes en la sociedad civil cubana son, en principio, capaces de coordinarse y hacerse más fuertes. El primer paso en ese sentido consiste en despersonalizar los distintos proyectos y organizaciones existentes. En otras palabras, institucionalizar los grupos y organizaciones de la sociedad civil. Segundo, también requerimos de la institucionalización formal de espacios de cooperación entre actores del mismo gremio. Por ejemplo, actores como la UNPACU, Somos Más, Cuba Decide, entre otros, pueden establecer acuerdos formales transversales que les facilite la movilización de recursos materiales y humanos. Del mismo modo, los medios independientes -los cuales han dado modestos avances al respecto- pueden generar estos espacios de cooperación que les permita, por ejemplo, llevar a cabo investigaciones periodísticas en conjunto[xi]. En conclusión, todos los actores civiles y políticos tienen la responsabilidad de crecer mediante la generación de alianzas estables y fructíferas.


Un segundo paso implica trascender esa cooperación gremial para construir coaliciones transversales. Ambos empeños se encontrarán con una respuesta violenta por parte del régimen -no nos puede quedar duda de ello- pero esa amenaza perenne no nos puede paralizar. Cuando lo hace, renunciamos entonces a crecer como individuos y grupos, y a ser libres como sociedad. No hay sociedad libre sin cooperación. Incluso si el régimen se quebrase mañana, sin acuerdos transversales no estaríamos listos para ser libres, y seguramente quedaríamos -nuevamente- a merced de los designios de quienes se hagan con el control de las armas.


Todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Pero convencernos de que ese es el camino de vuelta a la libertad -a la república, que no es lo mismo que volver al pasado- es el primer paso para comenzar a desandarlo. Desde Cuba Próxima -el grupo del que formo parte- creo que tenemos la responsabilidad de no solo arrojar luz sobre nuestra realidad, lo que pudiese depararnos el futuro, y las disímiles maneras de afrontarlo, sino también de pedagógicamente ser ejemplo allí donde podamos serlo.




[1] Mora, Frank O. "Cuba’s Ministry of Interior: The FAR’s Fifth Army." Bulletin of Latin American Research 26, no. 2 (2007): 222-237.

[i] Para comprender mejor el entramado económico controlado por las FAR puede visitar: Cuba: GAESA se apodera de ETECSA e 'inventa' ORBIT S.A. | DIARIO DE CUBA y GRUPO GAE, the business emporium of the armed forces (thehavanaconsultinggroup.com) [ii] Contreras, Delia. "¿Podría la Iglesia católica contribuir a un cambio de régimen en Cuba?." Iberoamericana (2001-) 12, no. 48 (2012): 173-177 [iii] Este contexto es detalladamente descrito por William M. LeoGrande y Peter Kurnbluh en “Back channel to Cuba. The hidden history of negotiations between Washington and Havana” (2015), p. 381. [iv] Payá, Oswaldo. "Camino de liberación frente al totalitarismo: de la batalla de Polonia a la de Cuba: el coordinador del Movimiento Cristiano Liberación y premio Sajarov Oswaldo Payá establece un paralelismo entre la lucha que abanderó Lech Walesa en Polonia y la que mantiene el pueblo cubano por la libertad." Época, septiembre 16, 2005, 48+. Gale OneFile: Informe Académico (visitado Junio 30, 2022). https://link.gale.com/apps/doc/A137499092/IFME?u=miam11506&sid=bookmark-IFME&xid=1b5f233a. [v] Idem [vi] Aquí me refiero a los discursos e intervenciones recogidos por el diario oficial del Partido Comunista de Cuba, Granma, desde el 12 de junio de 2021 hasta el 20 de junio del 2022. [vii] Discurso de Miguel Diaz-Canel el 13 de agosto de 2021 en el Encuentro Virtual Internacional “Fidel, un hombre de ciencia con visión de futuro”. [viii] Discurso pronunciado el 24 de octubre de 2021 en la Clausura del II Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba [ix] Discurso pronunciado el 7 de diciembre de 2021 en la Clausura del III Pleno del Comité Central del PCC [x] Convengamos que, de acuerdo a la retórica castrista, la mayoría de los aliados de los Estados Unidos son entreguistas. Así lo sugiere, para tan solo citar un ejemplo, el epíteto comúnmente empleado por oficiales del régimen para referirse a la OEA: “consejo de colonias”. [xi] Un ejemplo positivo en este sentido es el trabajo colaborativo entre “El Toque y Periodismo de Barrio”

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