• Carlos Cabrera Pérez

La urgencia de Cuba es la realidad


Foto © EFE

El 15N -uno de los avances más importantes en la democratización de Cuba- empieza a ser leído como derrota en ámbitos académicos y populares cubanos, víctimas de una urgencia política, basada en su conmoción ante la gravedad de la crisis del país.


El 15N fue la segunda gran derrota del castrismo en 2021 porque desnudó al poder totalitario obligándolo a una descomunal movilización para impedir que el ejemplo de Yunior García y Archipiélago prendiera en los barrios y pueblos empobrecidos por el comunismo.


Pero la mayoría de los análisis pecan de pesimismo e impaciencia, con esa vieja manía cubana de ahora o nunca, que tiende a desconocer la debilidad y miedo crecientes de la dictadura ante el empuje de los cubanos, como quedó demostrado con la anulación relámpago de la “Tarea ordenamiento”, el ilegal llamado de Díaz-Canel a la guerra civil, y el destierro de Yunior García, habiéndolo tildado de mercenario y agente de la CIA, durante al asesinato de su reputación.


Otra tendencia en los análisis post 15N es el intento de establecer paralelismo con transiciones en Europa del Este, pese a que el comunismo no llegó a Cuba en las botas del Ejército Rojo, sino de la mano de un exaltado jesuita nacionalista, y a que -excepto en Rumanía- no hubo nada parecido al 11J, que tiene más relación con la Primavera Árabe y las protestas populares en América Latina, que con los procesos democratizadores en Europa del Este.


Aunque la mayoría de los cubanos sabe que el 11J fue espontáneo y comprobó cómo el miedo afloró en gobernantes y propagandistas; La Habana casi ha conseguido imponer la matriz de opinión de que el 15N fue fallido, pretendiendo desconocer que el drama real de Cuba no es ya la política, sino la realidad; terca y objetiva, al margen de filias y fobias ideológicas.


Nunca antes, la dictadura había estado tan debilitada, comportándose como amante pillado en una infidelidad, que trata de reconquistar el amor y la confianza de su pareja, agasajándola con regalos como hace Díaz-Canel a los pobres de Cuba, desde que lo sacudieron.


Y en tales circunstancias es cuando la política adquiere una importancia estratégica, porque una vez alcanzado consenso básico en torno a la gravedad de la crisis de la nación, los cubanos necesitan un liderazgo político que ponga, en blanco y negro, cómo solucionará la democracia sus acuciantes problemas.


Avanzar hacia un Estado de Derecho y propiciar una reconciliación nacional resulta menos complicado que revertir la pobreza y la desigualdad, proteger a los más empobrecidos, atender el envejecimiento de Cuba y su alta tasa de emigración en edad activa; y afrontar dramas como la vivienda, la insalubridad y el predominio de familias monoparentales femeninas; entre otros males.


Cuba Próxima tiene que ser una apuesta realista, sin espacios para el pesimismo o euforia porque la emoción nubla las entendederas y contamina la política; como ocurre regularmente al devaluado poder castrista y ralentiza o anula la capacidad democrática para dar respuesta a las demandas ciudadanas.


Definir un modelo político para Cuba, identificar anhelos e inquietudes de los cubanos y ofrecerles una alternativa realista e ilusionante, deben ser los próximos retos de Cuba Próxima, una vez concluido el acertado y necesario inventario del desastre que asola a la nación.


La dictadura más antigua de Occidente no lo pondrá fácil porque el poder real vive atormentado por el miedo de saber que no tienen donde esconderse en un mundo cada vez más democrático, plural y alérgico a totalitarismos, como demuestra el incontenible avance de minorías, hasta fechas recientes silenciadas y perseguidas.


La pluralidad cubana debe encontrar acogida, aliento y respuesta política en Cuba Próxima, contando con los mayores y mejores recursos humanos posibles; desechando cualquier tentación pesimista o fantasiosa, pues queda un largo camino por transitar en la normalización política de una nación desposeída, con violencia, de razones, hechos y afectos.


Cuba Próxima tiene en la mayoría de los cubanos -empezando por sus estructuras de dirección y coordinación- el mejor aliado para la democratización del país, siempre que evite quedarse en el diagnóstico sin alternativas, cuando los ciudadanos tienen urgencia y necesidad de saber cómo lo harían aquellos que difieren del pensamiento único y de confrontación.

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