• Roberto Veiga González

La solución está en la libertad y la democracia


Imagen © Pilar Varelo

I


Los sistemas sociopolíticos ―democráticos o escasamente democráticos o antidemocráticos― pueden conservar legitimidad mientras satisfagan una conformidad social capaz de sustentarlos; o sea, cuando ofrecen el bienestar esperado por la sociedad o por una parte de ella suficiente para mantener el acatamiento del resto social.


Opto por la democracia, aunque imperfecta, porque valoro que constituye el recurso de mayor eficacia para corregir errores políticos y encauzar un bienestar cierto. Sin embargo, entiendo que algunos, en determinados casos, obvien la preferencia democrática, si ella no les aproxima las condiciones necesarias y/o esperadas ―a veces con urgencia―, a favor de otras posturas sociopolíticas alejadas de esta. Ello puede suceder, por ejemplo, cuando la democracia se torna una especie de técnica de élites u oligarquías poco o nada empáticas hacia las necesidades de sectores sociales que padecen desventajas.


Pero este alejamiento de la democracia puede resultar insensato, porque todo sistema ajeno al desarrollo de condiciones para la libertad incorpora una especie de incapacidad natural para lograr bienestar. Incluso, pudiera arribar al instante en que, de ningún modo, logre satisfacer mínimamente la conformidad social que lo sustentó.


En este caso, por lo general, cualquier sistema sociopolítico ya agotado en sus instrumentos y narrativas no posee otra opción que dar paso a la potencia ciudadana, al milagro de la libertad.


II


En 1959 triunfó en Cuba una Revolución que prometió la igualdad para todos y, por ello, suscitó el apoyo de la generalidad social. Los acontecimientos posteriores fueron el devenir de esto, en torno a una tensión entre actitudes de apoyo y rechazo. La correlación entre estas varió sucesivamente, pero durante décadas fue mayoritario el apoyo, significativa la conformidad de quienes no apoyaban y aquellos no dispuestos a esa convivencia procuraban marcharse del país. Además, Cuba se integró al bloque socialista, y este solía considerarse, por muchos que no apoyaban el sistema, como algo irreversible, que ofrecía algún tipo de bienestar tal vez difícil de conseguir en el bloque democrático, aunque ocasionaba perjuicios por la carencia de libertad.


Todo lo anterior se asentó a la vez en una contienda que, como guerra civil, tuvo su clímax entre 1961 y 1965. Apelando a ello, el poder también desplegó una vocación unionista, que colocó a los individuos y las instituciones al servicio de una ideología que, en definitiva, fue una voluntad única. Para esto se utilizaron nociones leninistas y llegó a cancelarse todo fundamento de ideas no sostenido en esta doctrina. En tal sentido, el nuevo Estado no concibió espacio ni legitimidad cultural, política e institucional a otras ideas, conductas y posiciones.


Estas circunstancias fueron constitutivas de un pacto social que debía garantizar un bienestar general en torno, por ejemplo, al acceso de la ciudadanía a la educación y salud pública, al orden público, a un trabajo para todos y seguridad social de algún modo suficiente. Si bien cancelaba las libertades individuales y políticas bajo el supuesto de que estas serían desleales a la nación y, como resultado, imponía una unidad sociopolítica errónea, puesto que resultaba una sola expresión, como si el silenciamiento de las otras uniera o uniformara, en vez de disgregar, excluir, deshacer.


El tropiezo con la libertad aseguró una fatalidad decisiva. El propio comandante Ernesto Guevara, en su obra El socialismo y el hombre en Cuba, interrogó al respecto. Desde una postura radical cuestionó valores fundamentales de la antropología cubana y señaló modelos de conductas «socialistas» que supuestamente debían sustituirlos. Pero, con preocupación, alertó que tal vez numerosas personas no estarían dispuestas a esa transformación de valores y entonces habría que interrogarse, pues dejaría de tener sentido si ello no ocurriera desde la libertad individual. Lamentablemente, el comandante Guevara no llegó a responder su propia pregunta y con posterioridad el poder tampoco lo ha procurado. Incluso, más bien proscribió la posibilidad de tal interrogación.


Esto instauró una espiral descendente y laberíntica, que nos ha conducido a la mayor crisis económica, social y cívica de la República.


III


En este yerro, quienes establecieron el actual sistema de Cuba encontraron disonancia entre la necesidad de un modelo político eficiente, capaz de reproducirse a sí mismo, y la pretensión de colocar el poder de manera absoluta en la élite política que lo fundaba. Entonces optaron, a toda costa, por lo segundo, en perjuicio de lo primero.


No obstante, durante mucho tiempo, en algunos casos sostuvieron bienestar en asuntos primordiales y en otros lograron la esperanza de lograrlo. Si bien ello no era suficiente, el efecto de las carencias fue atenuado por la capacidad discursiva y de maniobra de la élite de poder, también hábil para lo que muchos denominan «administrar la pobreza».


Pero ya no existe esa élite de poder y la que pudiera denominarse «nueva élite», no lo es en ningún sentido. El actual equipo carece de sensibilidad y experiencia política —me refiero a la política real, no a fábulas bisoñas y dogmáticas, sostenidas sólo por la fuerza―. Además, no es percibido como autoridad por los detractores ni por los afines. Dirige las fuerzas militares, pero no las lidera; carece de los elementos que facilitaban administrar la pobreza y parece incapaz de incorporar al sistema condiciones que le permitan reproducirse a sí mismo, sin que ello quebrante el poder y aproxime «guillotinas» a los cuellos de quienes lo detentan.


Por sus propios intereses debieron asumir que, en determinado momento, una sola persona no tendría toda la autoridad, ni una sola persona ocuparía todo el espacio institucional del poder. Debieron organizar una transferencia de autoridad y legitimidad a las instituciones, a los cargos responsables de estas, a la colegialidad en sus filas, a una dinámica social democrática. Pero ello no ha sucedido. Uno de los defectos más nocivos del sistema es la obsesión por mantener la «realidad total» del modo en que la percibieron en «el instante x».


Como consecuencia, actualmente en Cuba, por ejemplo, no existe economía, los beneficios sociales casi se desvanecieron, la pobreza asciende en cuantía y dimensiones, resulta indigna la seguridad social, el país queda sin infraestructura, aumenta la marginalidad y delincuencia, las instituciones son atravesadas por la desidia, los funcionarios de estas suelen carecer de profesionalidad y eficacia, y es vergonzosa la contracultura política que padecemos.


A la vez, resulta general la noción de hecatombe, además endémica, sin que importe la preferencia ideopolítica, con sólo escasísimas excepciones, lo cual pudiera situar alguna percepción de necesidad compartida y también de peligro compartido. El poder hace como quien no percibe lo anterior y sostiene, lo más férreamente posible, la ausencia de oportunidades que pudieran facilitar soluciones, si bien a estas alturas la generalidad de los mecanismos para sujetar la autonomía ciudadana ya no le ofrece los provechos de otrora, sino por el contrario. Y la sociedad, producto de la frustración y el perseverante anhelo, comparte ya un ansia de bienestar que se convierte en opción social, aptitud ciudadana.


La crisis económica y social es grave; igual de aguda es la crisis de legitimidad política del Gobierno. Un cuadro político explosivo.


En medio de tanta ausencia y vacío, sin política, en el poder solo existen unos pocos «actores reales» y quienes gestionan la fuerza y el control versus la potencialidad de la libertad ciudadana; todo lo otro que supone estar acaso son meras sombras, a veces grotescas. Esas que son, ahora aparecen una frente a otra, sospechando mutuamente, conteniéndose, enfrentadas a veces, etcétera; pero, ante el abismo que envuelve, deberán comprender que ya solo quedan realmente ellas mismas, que no tienen otra opción posible que salvarse y salvar, y que el porvenir solo está en la capacidad de convertir en historia esa potencialidad que exclusivamente puede provenir de la libertad ciudadana.


IV


Tal reto nos convoca. De lo contrario, los actores más activos durante los últimos treinta años habríamos fracasado. Y esto no sería solo a cargo de quienes han gobernado y sus seguidores, sino de todos. Nadie queda fuera del proceso y de la responsabilidad, a pesar de que unos disfrutan de diversos modos de inclusión al sistema y muchos otros padecen diferentes maneras de exclusión. De no conseguir soluciones, de seguro Cuba será demasiado diferente a la que hemos soñado todos, ya sean afines o contrarios al actual sistema sociopolítico.


El debilitamiento de la legitimidad y las instituciones, junto al agotamiento social y la creciente individuación, podrían enrumbarnos hacia una especie de «cuarto mundo», si bien nunca emulemos con tal extremo. Igualmente, en el mejor de los peores casos, considerando estos peligros, el poder podría adelantarse y pactar con fuerzas exógenas y, a falta de una sociedad civil dinámica, pudieran instituir un orden de prebendas, aunque con algún acceso de ciertas mayorías a «pan y circo», que convierta a la Isla en una maquila, capaz de proveer de trabajo «indecente» a intereses económicos particulares, incluso espurios. Pero tampoco dudo que un ejercicio cualitativo de la política por parte de sujetos sociales, incluida la emigración y actores del oficialismo, en poco tiempo haría factible un rumbo alentador.


Los cubanos demócratas debemos juntarnos y establecer las bases de un compromiso con valores e instituciones que permita dirimir democráticamente los desacuerdos y propiciar un ejercicio ciudadano capaz de colocarnos en condiciones políticas para afrontar los peligros nacionales y devolver el país a la gestión plural de los ciudadanos. También los actores gubernamentales preocupados deben asumir la responsabilidad de dar el primer paso hacia una senda de salvación nacional.


Sin embargo, para que ello sobrevenga debemos incorporar, al menos, cinco convicciones:

Primera: El poder tendría que disponerse a una apertura.


Segunda: La sociedad necesita una opción sociopolítica —varias opciones— con horizontes sólidos que puedan ser apreciados por los más variados y amplios sectores nacionales e internacionales, incluso por segmentos cercanos al oficialismo.


Tercera: Debemos asumir el diálogo y la concertación como recursos fundamentales para cualquier cambio, a pesar de que ello resultó deslegitimado en Cuba porque el Gobierno ha despreciado y quebrantado tantísimos nobles esfuerzos en este sentido. Pero sería posible reivindicarlo como procedimiento, no a modo de finalidad, para lograr los cambios sociopolíticos necesarios, los cuales sí serían el propósito de toda concertación.


Cuarta: Lo anterior exige una racionalidad de la política que evite lo emocional. Esto no implica convertirla en mero cálculo oportunista, sino en eficacia, lo cual resulta únicamente cuando la razón soslaya las exaltaciones de los instintos, pero ancla en esa fuerza humana que solo proviene del corazón.


Quinta: La política suele reclamar la negociación, entendida como el compromiso necesario para conseguir de conjunto el beneficio de los más diversos intereses sociales y políticos. Ello no tiene que funcionar para cada asunto cotidiano, pero sí en relación con las cuestiones fundamentales, generales, trascendentales. En nuestro caso, por algún tiempo, debería ser una pauta casi ordinaria.


No obstante, y quizá sea una sexta convicción, hago una salvedad en torno a la negociación como principio. Para que el diálogo y la negociación no se conviertan en un despreciable cálculo oportunista, deben orientarse hacia la protección y desarrollo de los fundamentos primarios de toda política decente. Por ejemplo, la libertad y los Derechos Humanos, la democracia y el imperio de la ley, el bienestar y la paz. Estos han de ser innegociables.






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