• David Corcho

La sociedad incapaz de lo plural incorpora la bota militar, el acto de repudio y el jefe carismático


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Responde a Cuba Próxima David Corcho, politólogo


¿A qué nos referimos cuando hablamos de cultura política?


Hay dos formas generales —es decir, vagas— de definir el término «cultura». Hasta no hace mucho, por cultura se entendía un grupo de abstracciones y objetos inmateriales que en otro tiempo se llamaban «espíritu» y que constituían el principio de unidad de un conglomerado humano. Bajo este significado, la cultura política vendría a ser el modo de entender la política tanto como los principios morales, intelectuales e ideológicos que guiaban la acción política. Hoy, sin embargo, se piensa que la manera de vivir y de actuar en el reino de este mundo, o sea, en la dimensión donde la gente respira, se ríe y mata, también es cultura. Se sobreentiende en esta acepción que «lo cultural» no es solamente mundo de ideas y contemplación, sino también de práctica y acción. Por tanto, en este otro sentido «cultura política» vendría a ser la manera de hacer política. Creo que ambos significados son correctos; no tendríamos que tomar partido por el primero o el segundo si deseáramos entender la cultura política de una época o nación en toda su complejidad. Cierto e importantísimo: en cualquiera de los dos casos hablamos de pautas con cierta regularidad, de modos de pensar o de actuar que caracterizan a grupos enteros y que pueden apreciarse en la larga duración.

¿En qué sentido la cultura política de una sociedad incide en la vida pública del país? ¿Qué tan importante es la cultura política en el progreso de un país?


Supongo que cuando hablamos de «vida pública» nos referimos tanto a la actividad política en sentido estricto —es decir, las leyes, instituciones y sujetos que están implicados en el proceso de dominación— como elementos en apariencia «superficiales» o «secundarios» como los discursos y símbolos. La «vida pública» de un país adquiere sus rasgos distintivos en función de su cultura política. En efecto, la cultura política predominante es la que confiere a la vida pública eso que la hace distinguible de la de otras naciones tanto como de la «vida privada», por utilizar otro término igualmente vago. Por ejemplo, en las sociedades donde la religión cumple un papel importantísimo en el proceso de dominación —en la política— las creencias religiosas individuales son constantemente examinadas por el público, de modo que cada individuo debe dar muestras —claro está, públicas— de su adhesión a la «fe verdadera». No ocurre así en sociedades laicas, donde las creencias de todo tipo permanecen en el ámbito privado. Las sociedades donde la mayoría vive y piensa del mismo modo tienden a despreciar la otredad y padecen un miedo congénito al cambio. Esto es el resultado de una cerrazón propia de estos conglomerados humanos que los incapacita para aceptar las diferencias y el enorme grado de incertidumbre psicológica que genera la libertad. Por eso Octavio Paz decía: «Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas se ha inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio». Cuba es un buen ejemplo de esto: una sociedad incapacitada para convivir con lo diferente, lo raro, lo desemejante y que, por esta razón, busca la seguridad de lo conocido: la bota militar, el acto de repudio y el jefe carismático.

¿Cuán afectada está la cultura cívica en Cuba? ¿Cuáles son sus potencialidades y cómo desarrollarlas?


«Cultura cívica» es un término que se utiliza mucho en nuestro país como significante casi de cualquier cosa que tengamos por buena y virtuosa. Se dice «hay que tener cultura cívica» como mismo se expresa que es necesaria la «educación formal», el «diálogo» y la «cultura del debate». Sin embargo, en el fondo nunca se sabe qué significan realmente «cultura cívica», «debate», «educación» y «diálogo». Imagino que, cuando hablamos de «cultura cívica», nos referimos a anhelos como el respeto a las leyes, el orgullo de pertenecer a una comunidad de iguales y el sentido de la dignidad personal. Dejo a un lado la política, porque soy de los que cree que la política es un mundo distinto de la ciudadanía, un mundo con sus propias reglas. Por lo mismo, se puede ser buen político y mal ciudadano, y viceversa.


Pero a lo que iba: debemos empezar por decir que nuestro ideal de civismo es la herencia de muchas tradiciones, algunas de las cuales datan de la Grecia antigua y de la república romana. Otras son el resultado de la modernidad, que tiene con las experiencias políticas de la antigüedad un vínculo tenue y muchas veces discutible. En tal sentido, se espera que los ciudadanos sean respetuosos de las leyes, del Estado, de sus semejantes; que participen en los asuntos políticos, no porque los obliguen, sino porque sientan la necesidad espontánea de hacerlo; que respeten los criterios ajenos; que prefieran los argumentos a la violencia, entre otras virtudes. Creo que algunas de estas cualidades podían encontrarse hace algunas décadas, pero en la actualidad se han perdido. Mientras duró el halo carismático de la Revolución Cubana, sus gestos y gestas, había algo parecido a una «ciudadanía heroica» similar al ideal de ciudadano que Platón quería para su república: un hombre abnegado, fuerte y viril, dispuesto a entregar su libertad por el Bien Supremo y a defenderla junto a sus hermanos en la falange —hoy diríamos en la división de tanques—, celoso guardián de la fe, de gran corazón y cabeza ligera. Había algo encomiable en todo eso, una especie de luz que embellecía la miseria material y humana: hoy solo queda palo, obediencia y cinismo.


¿Potencialidades? Muy pocas o ninguna. Toda «cultura» ―política, cívica o como quiera llamársele― necesita tiempo de maduración. Es necesario un largo proceso histórico para que los hechos y los anhelos de pueblos enteros cristalicen en compuestos estables de prácticas y valores. Lo más sensato en situaciones como la cubana es crear proyectos y alternativas de corto alcance que puedan aprovechar una ventana de oportunidad tras un cambio de régimen para, entonces, comenzar el largo y extenuante proceso de cambio de «conciencia». Otro curso de acción, a mi modo de ver, es estéril por el momento.


¿Es imprescindible una cultura democrática arraigada para poder tener y sostener un régimen democrático? En otras palabras: ¿hacen falta demócratas para tener democracia?


Dejemos claro de antemano que eso que llamamos «democracia» en la actualidad es un régimen político con cualidades democráticas y otras que no lo son —por ejemplo, los representantes del pueblo tienen mucha libertad para actuar sin consultar al pueblo y eso no es democrático―. Tal vez lo mejor sea llamarlos regímenes pluralistas, porque están formados por muchos principios, uno de ellos el democrático. Hago esta aclaración porque cuando decimos que alguien es demócrata o utilizamos el término «cultura democrática» lo hacemos pensando en personas o prácticas que son democráticas y, también, poco o nada democráticas, puesto que para los modernos el término significa muchas cosas que durante siglos nada tenían que ver con la democracia. Dicho con apresuramiento, democracia es un régimen político donde el pueblo tiene una amplia participación en el gobierno. Pero obsérvese que no todo en los regímenes llamados democráticos se ajusta a esta definición. Dos ejemplos: un buen demócrata moderno defiende el pluralismo y la diversidad; también defiende la tripartición de poderes. Lo primero es una virtud liberal que puede destruir la propia noción de pueblo, cara a la democracia, y lo segundo es un medio de controlar al gobierno sin recurrir a la participación popular. Como se ve, son dos cualidades políticas potencialmente enemigas de la democracia.


Habiendo dejado claro que democracia en la actualidad es la suma de muchas virtudes contradictorias, la respuesta a tu pregunta es sencilla: sin lugar a dudas hacen falta demócratas, tanto en los puestos de mando como en los puestos de obediencia.


Resulta innecesario advertir que, en Cuba, en los puestos de mando no hay demócratas. ¿Y en los de obediencia? Hay más, pero pocos. Los individuos y grupos que forman esa abstracción que llamamos «el pueblo cubano» son hijos de un sistema político que crea sujetos funcionales a él. No se puede esperar de un régimen de estilo soviético con sesenta años de eficiente labor sobre la nación cubana la formación de sujetos democráticos. Es un sinsentido. Los regímenes de estilo soviético crean personas que obedecen, que marchan, que desprecian lo desconocido, pero no demócratas. La democracia, como experiencia vital y como forma de gobierno, está muy lejos de nuestro horizonte político. Cambios de esta envergadura necesitan tiempo.


¿Cómo cree que sería una Cuba plural? ¿En qué se parecería a otras democracias? ¿Qué rasgos distintivos podría tener?


Cuba ya es plural, porque toda sociedad lo es. Hablar de sociedad es hablar de diversidad. Mi duda reside en si existe verdadera pluralidad política. Guardo la sospecha de que sesenta años de «castrismo» o «socialismo» —qué más da— han creado un tipo de cultura política que comparten muchos cubanos, tal vez la mayoría. Subrayo que cualquier régimen político que desee perdurar —todos lo anhelan— necesita limitar la pluralidad política. Lo que llamamos «cultura democrática» es una forma de homogeneidad que por alguna razón consideramos positiva, pero no deja de ser homogeneidad, es decir, el envés de la pluralidad. Cualquier persona que haya vivido en un país democrático observa que, a pesar de las diferencias de criterio, sus habitantes comparten un cierto espíritu común sobre determinados temas de interés público. A eso me refiero. Nuestra desgracia reside en que la homogeneidad imperante no es la que deseamos. Algunos de los atributos de esa homogeneidad son el respeto a las diferencias, la conciencia de pertenecer a una comunidad de iguales y de que la libertad exige responsabilidad, el disfrute de la protesta pacífica, el sentimiento de seguridad que ofrece vivir bajo el imperio de la ley y de una economía equidistante del monopolio estatal y el libre mercado. La lista es larga y distante de la Cuba actual y tal vez de la que sobrevendrá en el futuro cercano.

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