• Roberto Veiga González

La libertad: el procedimiento supremo de la democracia


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I


Nunca cesará el debate sobre la libertad, la democracia y la justicia; aunque haya personas agotadas con ello porque muchas veces los resultados no representan el progreso esperado. Sin embargo, no cesa la inconformidad con los procedimientos que deberían asegurar la democracia.


Muchos análisis integran cuantiosos conceptos, entre ellos libertad y justicia. Al diagnosticar la democracia alcanzada y las perspectivas aún por asumir, unos tienden a evaluar la libertad asegurada y otros el horizonte de justicia. Con independencia de que algunos se inclinen hacia una u otra de esas categorías, no cabe dudas, ambas constituyen elementos consustanciales de la democracia, pues no son cuestiones distintas, menos ajenas.


Algunos separan ambas nociones en ciertos estudios politológicos, sobre todo porque la contienda política suele necesitarlo para lograr una especie de argumentos “absolutos” y fáciles herramientas discursivas, de contienda. Esto acaso es funcional, pero empequeñece.


Ciertamente, el propio carácter múltiple de estos conceptos hace muy difícil una valoración absoluta del estado de estos en cualquier lugar, cuando no sea una mera generalización. No cabe dudas de que no hay sociedad justa sin individuos que respondan por unas relaciones sociales capaces de asegurar el bienestar, pero tampoco existe si ello fuera sin libertad.


No obstante, también esto pudiera ser un esquema inútil de evaluación, puesto que una misma realidad puede ser percibida de diversos modos, de acuerdo con el sitio desde el cual valore cada individuo. Mas considero que libertad ha de ser el centro de cualquier idea de justicia que estemos dispuestos a consentir.


II


Debemos acercarnos a un criterio de libertad y también de justicia. Esta, según el criterio más aceptado, consiste en dar a cada uno “lo suyo”; pero la cuestión se complica cuando es necesario definir “qué es lo suyo” y “cómo se da”.


Para muchos “lo suyo” son las garantías al universo de Derechos Humamos. Pero esto no implica un esfuerzo por darle todo a cada persona, sino por capacitarla para que ella misma se realice según sus potencialidades. En tal sentido, así queda definido el “cómo se da”, que incluye ayudar a quienes, por desgracia, no lo consigan.


La libertad, por su parte, constituye la capacidad que tienen las personas y los pueblos para, sin coacciones, decidir sus actos y procurar lo que consideran como bienestar. Ello, a su vez, tendría que ocurrir según elija cada persona, grupo y sociedad. La democracia entonces tendría una dimensión “procedimental” y otra “sustantiva”.


La “procedimental” debe establecer las reglas, los espacios y los medios para construir la libertad y el bienestar, individual y social. Luego, en la medida que lo consiga, resulta asimismo “sustantiva”, en cuanto realiza el universo de Derechos Humanos. Además, debemos incorporar que cualquier proceso democrático será progresivo, de algún modo infinito, pues su instrumentalización siempre nos retará.


III

Numerosas sociedades han avanzado en la democracia, pero también muchas están interpeladas en su actual legitimidad. Abundan los países donde, con libertad, ciudadanos cuestionan políticas e instituciones, y en algunos casos lo hacen por medio de desórdenes, a veces hasta violentos. En estos se afirma que dichos ciudadanos pueden hacerlo porque disfrutan de la democracia. Quienes afirman esto no tienen exactamente toda la razón.


Es posible que una sociedad haya establecido procedimientos para tramitar con libertad muchas cuestiones. Pero siempre podrán surgir circunstancias ante las cuales se carezca de pactos e instrumentos previstos para la convivencia civilizada. Estos quedarían al libre arbitrio de lo que algunos llaman “estado de naturaleza”. Tramitarlos entonces, a partir de déficits legales y/o institucionales, podría ser con libertad, mas no suficientemente democrático, en tanto faltarían procedimientos instituidos para canalizarlos con serenidad y certidumbre.


Quizás jamás podamos ser suficientemente democráticos. La naturaleza humana impone que las demandas siempre sean crecientes y, por eso, cualquier democracia será eternamente interpelada. Por ello la libertad debe constituir el valor supremo, incluso para que la ciudadanía se proyecte más allá de los mecanismos preestablecidos, cuando lo justifique la inexistencia o debilidad de estos.


Diagnosticar la legitimidad del estatus democrático de cualquier sociedad pasará siempre por evaluar cuánta posibilidad ofrece a esta libertad.


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