• Roberto Veiga González

La igualdad política, cimiento de la democracia


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La democracia ha sido un proceso de madurez humana, si bien marcado por errores y culpas que la afectan. Por eso también será una ruta perpetua para recorrer, reparar, desarrollar; lo cual, por supuesto, dependerá sobre todo de que sea prefigurada por ciudadanos demócratas. En varios artículos sencillos, que serán publicados con relativa sistematicidad, presentaré elementos del recorrido histórico de la democracia, algunos de sus aciertos que resultan columnas de la política y el bienestar, así como ciertos conflictos y límites.


Existen criterios acerca de que la democracia inició su camino en el siglo V antes de Cristo, cuando los griegos y romanos la convirtieron en ideas e instituciones políticas comunitarias -según opiniones, algo comparable al descubrimiento del fuego o la invención de la rueda-. Asimismo, estas ideas e instituciones continúan siendo el núcleo de las democracias modernas, aunque con muchos otros elementos.


A su vez, la amalgama que fue enunciando los orígenes de la democracia constituyó cuatro fuentes históricas: la Grecia clásica, la tradición republicana que proviene de Roma y las ciudades-estados italianas del Medioevo y el Renacimiento, la idea e instituciones del gobierno representativo y la lógica de la igualdad política. Esta última -la igualdad política-, atributo de la dignidad, sostén fundamental de la democracia y garante decisivo del bienestar.


En la Grecia clásica, Atenas en particular, el uso del término democracia ya refería a ciertas igualdades; por ejemplo, igualdad para hablar en asambleas y ante la ley, lo cual fue incorporando la idea del pueblo como única autoridad legítima para gobernar.


Sostenían los atenienses que lograr la humanidad de las personas y sociedades requería asociarse en torno a la ciudad, o sea, la polis; y no cualquier polis, sino una buena polis, que produzca buenos ciudadanos. Afirmaban que siendo la justicia la que promueve el bienestar general, una buena polis debe ser justa y ello exige formar ciudadanos que lo procuren. En tal sentido, indicaban que un buen ciudadano no puede perseguir sólo sus intereses individuales, si bien a la vez una buena comunidad debe garantizar los intereses de cada ciudadano. La virtud, la justicia y la felicidad no son enemigas, sino compañeras -defendían-.


Esta triada, para ellos, debe provenir de la educación y expresarse en una especie de buena Constitución con sus leyes, las cuales deben establecer un orden social que posibilite la justicia y la felicidad y reproduzca la propia virtud. Defendían que la política constituye una acción social natural, integrada al resto de la vida.


En aquel entonces la libertad no era concebida de manera suficiente en su dimensión individual, sino proveniente de la familia y como pertenencia a una comunidad. O sea, quien no pertenece, resulta un extraño que no debe convivir en ella. No obstante, reconocían que la finalidad de cada ciudadano no tiene que ser idéntica, pues lo que es bueno para unos no tiene que ser igual de bueno para otros; aunque también indicaban la conveniencia de que las diferencias no sean tan disonantes que hagan imposible coincidir en los asuntos compartidos.


De ahí el riesgo de sociedades estratificadas con diferencias culturales, sociales y económicas abismales, de algunos con todo el poder y muchos otros sin ningún poder, etcétera. La historia política ha demostrado que resulta imprescindible que toda sociedad, en cada momento, asegure un universo de igualdades, pues no habrá sociedad estable allí donde todos no sean iguales, o casi iguales, al menos en un conjunto de aspectos.


Sin embargo, como la praxis suele quedar por debajo de los ideales, ofrecieron la ciudadanía de manera exclusiva, no inclusiva; desconocieron a las mujeres, extranjeros, esclavos y carentes de patrimonio. No avanzaron hacia una pretensión universal de libertad e igualdad. Se limitaron a comunidades pequeñas y dificultaron la integración de las polis griegas -los griegos no se unieron por sí mismo, sino que fueron unidos por los conquistadores macedonios y romanos-.


Pero acaso expresaron la democracia como naturaleza de la política y establecieron la búsqueda incesante de la expresión social, de la esfera pública, de la rotación del gobierno, de la necesidad de paz y bienestar, de la libertad por conquistar. Además, determinaron el cimiento de todo ello en la igualdad política, aunque siglos después algunos aún no se hayan enterado o enrumben en su contra.

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