• María C. Werlau

La estrella de mar para liberar y reconstruir la nación cubana


Foto © Cuba Absolutely

Según el politólogo Gene Sharp (1928-2018), experto en la lucha no violenta y fundador del Instituto Albert Einstein de Boston, cada sociedad tiene ciertos límites dentro de los cuales los gobernantes han de mantenerse para ser obedecidos; dadas ciertas circunstancias, los subordinados están dispuestos a pagar el precio de no continuar sometiéndose pasivamente y obedeciendo a gobernantes cuyas políticas ya no toleran.[1]


La población cubana parece acercarse a su punto límite --reconoce ampliamente que el país está en bancarrota, que el estado es fallido y que el problema es estructural. Las protestas espontáneas del pasado 11 de julio, montadas en un proceso de creciente desafío cívico, y el surgimiento del grupo Archipiélago demuestran que, como sostenía Sharp, “la obediencia no es inevitable,”[2] aún en el totalitarismo cubano de más de 62 años.


Mahatma Gandhi, quien lideró la lucha no violenta contra el colonialismo británico en la India, enfatizó la importancia de un cambio en predisposición o actitud como requisito previo para un cambio en los modelos de obediencia y cooperación, para el cual consideraba como requisitos: 1) una transformación psicológica de la sumisión pasiva a la autoestima y la valentía; 2) reconocer que el apoyo de los subordinados hace posible la existencia del régimen; y 3) fomentar la determinación de retirarse la cooperación y la obediencia.[3]


El pueblo cubano avanza en esa dirección. Cada vez más cubanos desafían abiertamente a las autoridades en los medios sociales, las calles y los hospitales, en gestos solidarios con vecinos y desconocidos, y desde plataformas devenidas oficialistas como La Joven Cuba. Cansados de colas, apagones, estrecheces, restricciones, abusos y opresión acompañados de movilizaciones, eslóganes y promesas incumplidas, cada vez más ciudadanos retan valientemente a dirigentes y represores y se mofan abiertamente del “presidente-puesto-a-dedo” y la supuesta “potencia médica” que no tiene ni aspirina.


La nomenclatura cubana se aferra al poder a toda costa, pero está en pánico y da señas de pugnas internas. La repentina disponibilidad de más alimentos, la feroz represión de la marcha pacífica planificada para el 15 de noviembre y la escasa participación de civiles en la “defensa de la patria” denotan su debilidad. Depende de agentes represores y administradores que pueden retirar su cooperación y obediencia llegadas ciertas coyunturas[4] y sabe que el punto de quiebre pudiera llegar en cualquier momento. Vio la repentina caída del muro de Berlín, la implosión de la URSS y la desintegración del bloque comunista soviético. El nonagenario Raúl Castro ha vuelto a la escena, pero su esperada salida del poder o del mundo suma otro importante elemento desestabilizador.


Ante el descalabro sistémico y el volcán social, es fútil argumentar que los cambios deben venir desde el mismo régimen. A menos que se encontraran grandes yacimientos de petróleo o que sucediera otro similar “milagro,” es muy tarde para intentar un proceso tipo China o Vietnam, como se propuso hace años desde el interior del sistema. La dirigencia carece de toda legitimidad y en un país en ruinas es absurdo argüir que hay que reformar o “actualizar” el modelo para salvar “logros de la revolución.” Además, la violación sistemática de los derechos fundamentales, los presos políticos y el elevado costo en vidas y sufrimientos por más de seis décadas no aguantan más impunidad. Mientras más se reprime, más cubanos lo reconocen en carne propia y más se desnuda el régimen ante la opinión mundial.


El único desenlace justo y razonable es que el pueblo cubano pueda ejercer su derecho a la autodeterminación para libremente construir un sistema de gobierno democrático bajo el imperio de la ley.


Este escenario hace imprescindible que las fuerzas de oposición tengan una hoja de ruta para presionar por el cambio e intentar llevar al régimen a una salida pacífica o bien continuar la lucha, ojalá no violenta, hasta derrocarlo. También deben sentar bases para un proceso viable de transición a la democracia y diseñar un plan para enfrentar efectivamente un cambio repentino que pudiera devengar en violencia y caos generalizados o permitir que actores nefastos secuestren el proceso.


¿Cómo lograrlo cuando la elite gobernante tiene el monopolio del poder político, el sistema jurídico y de seguridad, los medios de comunicación y prácticamente todo, donde no hay instituciones independientes ni partidos funcionales o líderes políticos conocidos por la mayoría con acceso a los medios de comunicación? ¿Cómo abarcar múltiples necesidades, demandas y perspectivas? ¿Cómo contar con nuevas voces que van surgiendo y el gran número de cubanos, incluyendo importantes líderes opositores y figuras influyentes, que reside fuera de Cuba en diversos países?


Una manera de concebirlo es obviando los esquemas tradicionales en torno al mando o liderazgo. Un libro del 2006 de Ori Brafman y Rod Beckstrom hace un planteamiento que pudiera ser clave para la resistencia al régimen cubano. Los dos emprendedores con Maestrías en Administración de Empresas de la Universidad de Stanford describen cómo la descentralización ha sido promotora del desarrollo empresarial en muchas organizaciones a nivel global y sostienen que puede aplicarse exitosamente sociopolíticamente para generar paz y desarrollo económico.


El título del libro, La araña y la estrella de mar: el poder imparable de las organizaciones sin mandos, es una metáfora sobre dos animales que, a pesar de tener estructuras similares, reaccionan de manera muy distinta a la pérdida de una parte corporal. La araña, tal como las organizaciones jerárquicas tradicionales, puede perder una pata y seguir viviendo, pero muere si le cortan la cabeza. Por otro lado, las organizaciones con operaciones descentralizadas son como la estrella de mar, cuyos brazos funcionan interdependientemente sin un punto neurálgico central; la pérdida de un brazo da lugar al desarrollo de un remplazo e incluso, en ciertas especies, el brazo amputado se convierte en una nueva estrella de mar.


Las organizaciones descentralizadas se componen de unidades más pequeñas que operan, crecen y se multiplican independientemente unas de otras. Brafman y Beckstrom sostienen que son más difícil de controlar o derrotar por parte de rivales y, como no responden a mandos jerárquicos, son más resistentes, se adaptan mejor a cambios y son más creativas. Al estar los miembros de cada grupo más empoderados y directamente responsables de sus acciones, también tienden a participar más y a tomar más riesgos. Entre los ejemplos que describen están el internet, la organización Alcohólicos Anónimos, Wikipedia, la tribu Apache y el movimiento abolicionista, así como el del sufragio femenino de los Estados Unidos.


Las protestas no planificadas del 11 de julio de 2021 que se multiplicaron rápidamente por toda Cuba demostraron lo ventajosa que puede ser la resistencia sin un mando supremo. El mismo patrón ya se había visto en la manifestación de los intelectuales y artistas del 27 de noviembre de 2020 frente al Ministerio de Cultura en La Habana, así como en otras acciones y demostraciones callejeras de los últimos tiempos. Estas expresiones opositoras espontáneas y dispersas, posibilitadas por las telecomunicaciones modernas y los medios sociales, no se han conformado a las metodologías y estructuras opositoras tradicionales.


Cuba, además, no cuenta con un máximo líder opositor reconocido como tal nacional o internacionalmente, pero sí cuenta con muchas importantes figuras y grupos que han hecho aportes muy valiosos en la lucha por los derechos humanos desde diversos frentes. En tiempos recientes se han ido sumando nuevas voces y liderazgos desde variados ámbitos en Cuba y desde la diáspora.


Impulsar una resistencia diversa, dispersa y multiplicada que colabore entre sí en pos de objetivos comunes fomentaría el retiro colectivo de la cooperación y la obediencia del que hablaba Gandhi. Inspirarse en los principios de la estrella de mar pudiera ser justo lo que la lucha opositora cubana necesita por tres razones principales ¾dos de orden pragmático y una de orden antropológico-filosófico:


1. Evade y confunde al aparato de control y represión, que opera centralizadamente con tácticas predecibles y que sistemáticamente penetra y coopta grupos de oposición.


2. Expande el universo de oposición y estimula el desarrollo de un movimiento participativo, amplio e inclusivo para plantear la diversidad de demandas del pueblo.


3. Brinda una oportunidad de “hacer nación” con pragmatismo y virtuosismo a la vez, que pudiera fomentar un modelo más fructífero ¾es la antítesis del caudillismo y el control personalista y vertical-jerárquico con que se han escrito tan nefastos capítulos de la historia de Cuba.


Se requeriría superar patrones históricos y culturales, así como protagonismos y egoísmos muy humanos. Asimismo, se presenta el reto práctico de encontrar maneras de maximizar la efectividad para impugnar al régimen, así como de preparar, y luego ejecutar, una transición exitosa a la democracia. Brafman y Beckstrom sostienen que la interacción entre partes que trabajan en conjunto hace que la descentralización florezca. Al asignarle una función esencial a cada uno de los cinco brazos de la estrella de mar, aportan lecciones prácticas para potenciar una resistencia cívica descentralizada pero coordinada efectivamente.


El Centro Internacional de Conflicto No Violento sostiene que la existencia de condiciones propicias no es la clave para que un movimiento de resistencia cívica triunfe; es clave contar con ciertas habilidades y decisiones estratégicas para lograr el éxito.[5] Sus fundadores, Peter Ackerman y Hardy Merriman, postulan en “La lista de control para terminar con la tiranía” que, al analizarse los movimientos de resistencia civil exitosos, son tres los factores críticos: 1) capacidad para unificar a la gente, 2) planificación operativa y 3) disciplina no violenta. Con todos presentes, se monta el escenario para que se manifiesten tres poderosas tendencias que tienen gran impacto para lograr el éxito: 1) incrementar la participación civil en la resistencia, 2) disminuir el impacto de la represión y hacerla contraproducente, y 3) incrementar las deserciones en el adversario.[6] En vista de esto, las fuerzas opositoras cubanas se beneficiarían mucho de adquirir conocimientos, desarrollar capacidades y organizarse eficazmente para propulsar estas seis variables, que ya se manifiestan.


Los desafíos van mucho más allá de la erradicación del ancien régime. Superar una dictadura totalitaria requiere la puesta en marcha de un proceso efectivo de transición que pueda aliviar el sufrimiento del pueblo, edificar una democracia pluripartidista y propiciar la reconciliación nacional. Habría que habilitar numerosos y complejos procesos simultáneos que exigen coordinación, así como capacitación por parte de expertos. Entre las tareas de envergadura estarían el suplir las necesidades humanitarias inmediatas y mantener los servicios esenciales, transitar hacia un nuevo pacto social, transformar la economía, restructurar los sistemas jurídicos y de seguridad, reconfigurarse instituciones, y establecerse procesos para formarse partidos políticos con plataformas definidas que permitan el surgimiento de líderes nacionales y el desarrollo de elecciones libres regulares.


Los principios de la estrella de mar podrían propiciar un paradigma superior para responder a los retos de la actual coyuntura histórica y reconstruir la nación. Los espacios de intercambio colaborativo que se crearían brindarían una vía de aprendizaje horizontal en la que, en vez de competir para imponerse, puedan aprender unos de otros escuchándose con atención, concertando voluntades y conciliando conflictos con respeto, actuando con transparencia y civismo. Se superarían personalismos y tribalismos en beneficio mutuo, lo que fomentaría mayor armonía social y un proceso político más estable en el cual las diferencias y conflictos se resuelvan pacíficamente.


El paradigma de la estrella de mar presenta una oportunidad histórica para hacer nación con efectividad, así como con amor al prójimo y a la patria. Ayudaría a construir la Cuba soñada por Martí, con todos y para el bien de todos.

[1] Gene Sharp, Cómo funciona la lucha no violenta, The Albert Einstein Institution, Boston, 2013, p. 11-12. [2] Ibid. [3] Ibid, p. 15-16. [4] Ibid, p. 16. [5] “Theory of change,” International Center of Non Violent Conflict, https://www.nonviolent-conflict.org/impact/. [6] Peter Ackerman y Hardy Merriman, “La lista de control para terminar con la tiranía,” 2013, p. 6, https://www.nonviolent-conflict.org/wp-content/uploads/0599/12/Checklist-For-Ending-Tyrranny-Spanish_Translation-a11-1.pdf.

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