• Roberto Veiga González

La coherencia política de una sociedad se sostiene en el espíritu de sus individuos


Imagen © Pontificia Universidad Católica de Chile

La ciudadanía es la condición jurídica que ostentan las personas con respecto al Estado a que pertenecen para poder cumplir la responsabilidad política y todas las otras. Es decir, implica la titularidad de la plenitud de derechos, tanto civiles, como económicos, sociales y culturales -además, los derechos políticos que aseguran el protagonismo ciudadano-, lo cual debe garantizar todo sistema jurídico.


Pero ello, a su vez, reclama el civismo en el ejercicio de la responsabilidad política de cada persona, pues no habrá convivencia estable donde haya carencia de ciudadanos demócratas. Un ciudadano no es más demócrata que otro por la convergencia de sus ideas con tales o más cuales inclinaciones, aunque ello sea un elemento importante para valorar. Lo es por la manera libre, responsable y respetuosa -o sea, democrática- con que promueva su cosmovisión ideo política y se relacione con las otras. Por lo general consideramos esto a la inversa y culminamos todos, al menos, siendo autócratas. En política, como en pocas realidades de la vida, la forma es el fondo.


Mas ese civismo proviene sobre todo de las actitudes, de una conciencia individual que se realiza el centro de la persona. En ella cada cual puede encontrarse a sí mismo como en ninguna otra situación. En la conciencia puede estar el más seguro pilar de la libertad, capacidad de ser responsable.


Las personas maduras están en condiciones de ejercer el libre albedrio y asumir sus responsabilidades; ser responsable es determinar uno mismo lo que hace o hará. De igual modo, preciso, los individuos pueden prescindir de esta autonomía, pero no por ello de la responsabilidad de sus actos. Cualquiera puede ser obligado a practicar tales o cuales actos en contra su voluntad, pero nadie puede ser forzado a querer lo que no quiere. Asimismo, la conciencia se determina a pretender algo, solo por alguna razón de beneficio.


En tanto, la persona siempre tiende a procurar aquello que, con mayor probabilidad, le favorezca. Para eso, percibe y razona acerca de lo que le pueda contribuir o dañar, y cómo lograr lo primero y evitar lo segundo. Además, una vez que lo decide, dicha potencia o facultad la mueve en tanto ser humano. En esta operación, todo individuo se inclina al amor propio. Este siempre intenta, por un lado, la conservación de la vida orgánica y, por otro lado, conseguir el disfrute y huir del perjuicio. También toda persona posee un deseo innato de superioridad. Sin embargo, esto puede diferenciarse ya sea por la especie de dominio a que aspire, y por el modo en que modere tal inclinación.


Por ello, el espíritu de la persona requiere de suma atención, pues este resulta el centro de la conciencia, del amor propio, de la capacidad de servir a otras personas, de ejercer la política en provecho individual y social. Quién “rija” en el corazón del individuo “definirá” sus intereses, “guiará” sus ideas y “prefigurará” su acción. El desempeño de la libertad -también en la política- depende del espíritu con que la persona ejerce la razón, los sentidos y la voluntad; lo cual será sostenido por las actitudes y aptitudes del individuo que, así mismo, se nutren de la educación, la cultura y la espiritualidad. De aquí la imperiosa necesidad de asegurar el desarrollo educativo, cultura y espiritual de los pueblos.


La educación se torna entonces cuestión fundamental de la libertad -esa capacidad de escoger, decidir y actuar a partir del discernimiento propio y responder por ello- porque ésta resulta un desempeño del conocimiento y la voluntad. Sin embargo, no me refiero a cualquier educación, sino aquella capaz de conducir a las personas hacia lo que todavía no son y hacerlo desde lo que ellas ya son en forma de posibilidad. Educar significa ayudar a las personas a encontrarse si mismas.

Ello reclama una educación sólida y universal, libre y sin dogmas, que descifre las ciencias y las matemáticas, y ofrezca un conocimiento profundo de las humanidades; además, siempre en torno a una racionalidad política ciudadana. También requiere maestros y profesores sumamente cualificados y justamente retribuidos.

Esta formación debe orientarse además al desarrollo de sujetos culturales, sociales, laborales y profesionales; por medio de múltiples oportunidades de educación media-superior. Pero debemos comprender que esto sólo se convierte en estimulo social y sostén del desarrollo cuando la sociedad liberaliza la iniciativa individual, la innovación y la inversión. El trabajo es otra de las cuestiones fundamentales de la libertad, del bienestar.

Aprovecho para presentar cuatro señalamientos sobre la educación superior. Es necesario que ella responda sobre todo a razones de vocación sólida y servicio social; debe ser integral y de excelencia; debería estar integrada a una planificación estratégica de las necesidades y oportunidades del desarrollo social; y deberá asegurar la capacidad de comprender y hacer abstracciones, para así alcanzar la posibilidad de superar los conocimientos adquiridos


Sin embargo, esto siempre estará ajustado a esas condiciones en las que cada cual se desenvuelve. Cuando se carece de circunstancias socioeconómicas adecuadas, el individuo, que debe hacer prevalecer la sobrevivencia, suele incorporar conductas inestables. Incluso, si esto fuera continuado y compartido, pudiera entronizarse a modo de menoscabo social de los valores.


En estos casos se hace evidente que ha faltado la suficiente intervención política de la ciudadanía. La experiencia histórica del acontecer individual y social ofrece testimonio de que sólo tendremos libertad y bienestar si jamás dejamos de ocupamos de la cosa pública, de la democracia, del imperio del civismo y la Ley, del Derecho como expresión de la justicia. Y esto siempre dependerá de la coherencia política de la sociedad, la cual es sostenida sobre todo por el espíritu de sus individuos -entonces ciudadanos-.


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