• David Corcho

La ciencia como vocación en Cuba

Una respuesta a Rafael Hernández


Imagen © Cubanet

Empiezo este escrito haciendo una declaración de principios al mencionar qué texto y qué autor lo motivó: “Pasado presente (IV y final)”, de Rafael Hernández, aparecido el 14 de septiembre de 2022 en la revista OnCuba. Es un texto confuso y disperso, donde se habla de muchas cosas. A Cuba Próxima se la menciona de soslayo; otro autor hubiese omitido esa referencia innecesaria, que rompe el hilo de la argumentación. Creo también que alude a un texto mío, “Maquiavelo se asoma a un balcón de La Habana”, pero esto es una conjetura que no puedo comprobar porque nunca lo dice abiertamente. Dos menciones, una al autor de Discursos sobre la primera década de Tito Livio y otra a “estudiantes de ciencia política”, me inclinan a pensar que estoy en lo cierto. Lamento que Rafael Hernández haya preferido el estilo indirecto a la referencia explícita. A los intelectuales y periodistas se nos convoca al espacio público en el entendido de que tenemos conocimiento de las cosas. A cambio de ese privilegio, se nos pide claridad y honestidad. Tengo por alto principio el hablar y escribir en líneas rectas, líneas que sean espejos del pensamiento. Expresarnos con franqueza es signo de respeto por nosotros mismos y por nuestro público. Por nosotros mismos, puesto que en lo dicho va nuestra reputación, y por nuestro público, porque los lectores acuden a la página impresa o digital buscando un modo de entenderse y entendernos. Somos doblemente responsables: de nuestro nombre y de nuestro cometido social. Si descuidamos la forma y la lógica, confundiremos a nuestros lectores. Si descuidamos la ética, perderemos el crédito y nunca más se nos pedirá opinión, o si se nos pide, nadie nos tendrá en cuenta. Cuídate, amigo escribidor, del estilo intrincado y las palabras equívocas.


Rafael Hernández reprocha a los miembros de Cuba Próxima confundir la realidad con los deseos y nos reprende por ignorar la naturaleza de la política. Debo reconocer que tiene algo de razón. Ni siquiera yo mismo, miembro de este proyecto y de su grupo directivo, estoy de acuerdo con todo lo que se hace y lo que se dice aquí. Para mi satisfacción eso nunca ha implicado que se me desprecie o se me amenace, como ha ocurrido a muchos intelectuales cubanos que, para sobrevivir, deben tragar sapos e hincar la rodilla ante el poder. Que se respete mi opinión y no se me induzca a decir lo políticamente correcto es una de las razones por las que continúo en este proyecto. Por desgracia, no todos los intelectuales cubanos tienen la suerte de ejercer su profesión en las sociedades libres de Occidente. Los que permanecen en la isla deben aplicar la ley de Darwin: adaptarse o perecer. Esta fatalidad tiene consecuencias morales e intelectuales, a las que me refiero ahora.


La realidad es el objeto de estudio de la razón y es su aparato crítico. A los científicos se nos pide que la estudiemos con rigor, pero antes debemos nombrarla. Un buen científico es aquel que comienza por llamar a las cosas por su nombre. Dictadura, a la dictadura; Democracia, a la democracia. Ya luego pueden venir las querellas sobre si es mejor vivir bajo el gobierno de uno solo o si es mejor que todos sean parte del gobierno. También es recomendable que se interese por cosas reales o importantes. Una ameba es tan digna de estudio como la ideología de un partido político, aunque la primera sea eso que llaman un “hecho material” y la segunda, una “entidad discursiva”. Pasemos de largo por los debates que difuminan, con razón, las fronteras entre la materia y el espíritu: lo cierto es que todo tiene espacio en el reino de este mundo. Sin embargo, hay un límite para la ciencia, y ese límite hace imposible que estudiemos un color que no existe, la economía política del comunismo o la forma del ombligo de Dios, como hicieron ciertos monjes atolondrados de la Edad Media mientras su patria era asolada por los mongoles. El motivo de nuestros desvelos es el mundo real, que nos aconseja el camino de salud cuando la imaginación se desborda. Lo que le ha sido permitido a los poetas, se les niega a los científicos, so pena de quedar en ridículo.


Los científicos sociales en Cuba se enfrentan al problema de la escasez de recursos y de la indiferencia de sus colegas en Estados Unidos y Europa. Esta suerte la comparten con sus hermanos de América Latina. Pero agregan a esto la desdicha de vivir en una ideocracia que les exige llamar a las cosas con los nombres que ella ha elegido para los objetos del mundo. Y nuestro Partido Comunista, creador y guardián de esos nombres, tiene una imaginación fértil y celosa de su soberanía. Llama revolución a la conservación; delincuentes a los inconformes; victorias a las derrotas; democracia socialista a la forma más longeva de autoritarismo conocida en Occidente. A los intelectuales que viven dentro de la isla no les queda otra alternativa que adoptar esa retórica. Cierto, algunos han hecho el esfuerzo de higienizar su vocabulario. Pero, ¿qué puede hacer un hombre solo ante un poder tan vasto e inmisericorde? Hay regiones enteras de la vida social que todavía están ligadas al Partido y al Estado, en esa simbiosis casi perfecta entre política y sociedad que es el rasgo distintivo de los regímenes totalitarios y pos-totalitarios. El poder evita por todos los medios que esas realidades sean pensadas y transformadas, pero cuando no le queda otro remedio que ponerlas a disposición del saber, obliga a que se las nombre y se las piense con sus palabras y conceptos. La dominación de un régimen totalitario o pos-totalitario no solo abarca a los objetos y los hombres, sino también a las ideas. Un grupo selecto es el único que tiene acceso a esas regiones de la vida cuya naturaleza incómoda se busca vedar a la vista. Y ese grupo selecto, esa aristocracia del pensamiento, que teme a ese poder y lo desprecia en la intimidad, está formado por aquellos dispuestos a desprenderse de su subjetividad y adoptar la máscara oportuna que el Príncipe les tiende, a cambio de la vida y una pequeña dosis de honor estamental. Hay entendidos en nuestros asuntos que llaman “intelectuales orgánicos” a este grupo de personas. Un amigo, entre refinado y malicioso, prefiere el término “cortesanos”. Ninguno utiliza el de “científicos” con su erudito bagaje de especialidades: sociólogos, economistas, politólogos. Y tienen razón. Se trata de personas que han preferido servir al poder antes que entregarse a esa vocación heroica de perseguir la verdad, sin esperanza de atraparla algún día, pero convencidos de que sometiéndose a la ética de la especulación y la refutación perennes hacen un bien a la humanidad. No hay pecado en ser cortesano o ideólogo, el pecado es serlo y ocultarlo.


Rafael Hernández tiene que someterse a estas reglas del juego, reglas que le impiden sacar todos sus conocimientos, bien aprendidos en universidades occidentales —estudió en la misma donde yo lo hice, El Colegio de México, así que sé bien de lo que hablo. Y esto lo lleva a distorsionar aspectos de nuestra realidad política en su artículo y a ignorar otros. Por mi parte, y en lo que aquí sigue, trataré de emendar esos errores.


La vitrina de nuestra cultura política


Algunos intelectuales cubanos, y Rafael Hernández se cuenta entre ellos, observan a Internet y el intercambio en redes sociales con desprecio. Para ellos, las redes son el reino de la gritería y la vulgaridad. Cierto, allí abundan todo tipo de expresiones, pero creo que los críticos pierden de vista lo esencial. Los medios alternativos, los influencers y las redes sociales se han convertido en el vehículo y la representación de una animosidad social que no tiene cómo expresarse dentro del régimen político imperante en nuestro país. Por otra parte, las redes fueron el catalizador de las protestas de julio de 2021. Menospreciarlas es cerrar los ojos ante la realidad. Por otra parte, la publicidad virtual ha sacado a la luz mentalidades que, a mi juicio, son detestables, pero que podemos entender mejor gracias a ella. Algunas son un agregado reciente —el conservadurismo evangélico y, entre las élites intelectuales, el puritanismo woke—, pero otras son antiguas y sospecho que relacionadas con la historia del socialismo. En efecto, la fascinación de los emigrados cubanos con el estilo populista de Donald Trump no se explica sin Fidel Castro. Estas personas asimilaron su cultura política en la isla, bajo el influjo del régimen socialista. Aquí el punto crucial es la ambivalencia de ese sistema. Tras la muerte de Stalin, el régimen soviético abandonó el personalismo y se volvió una forma de gobierno colegiada. La revolución cubana, buscando qué ejemplo seguir entre la democracia liberal, el totalitarismo soviético y los autoritarismos de América Latina, se dejó encandilar por las irradiaciones de Moscú cuando aquella transformación había llegado al punto donde se mantendría hasta la caída de la URSS. Sin embargo, nuestro sistema político nunca logró adoptar ese estilo institucional y colegiado que distinguió a muchos gobiernos de Europa del Este. El personalismo siempre estuvo presente en la figura casi monárquica de Fidel Castro. La dominación carismática nos acompañó hasta la muerte del caudillo y limitó la autonomía de la burocracia partidista y la cúpula militar. ¿Qué tipo de dominación fue más importante, la personalista o la institucional? Imposible saberlo. Nuestros politólogos e historiadores tendrán que responder esa pregunta algún día.


Con todo, sospecho que el personalismo ha moldeado nuestra conciencia colectiva incluso más de lo que muchos cubanos estamos dispuestos a aceptar. También creo que un estudio de esta influencia hipotética debería complementarse con otro sobre su relación con las tendencias de nuestra historia en la larga duración, es decir, en la república y la colonia. Nadie debería extrañarse de que tantos cubanos sientan fascinación por figuras como Donald Trump; son un producto lógico de nuestra cultura política. Poco importa que renieguen del “castrismo”: a pesar de los cambios superficiales en las ideas políticas, desde sus entrañas emana el espíritu introducido durante sesenta años de ingeniería inconsciente en el alma misma de los cubanos. “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, escribió Marx en el 18 de Brumario. Ese espectro surge cuando los emigrados experimentan la libertad. Habiendo escapado a la necesidad de fingir y viéndose en el espejo de sus hábitos y pensamientos, se encuentran con el monstruo del que inútilmente se alejan. Para el observador incisivo, la migración cubana ha sido un objeto fascinante, pero a la vez nos revela el signo del futuro. Si este es el sujeto que nos ha legado la Revolución, poco deben temer las élites que sustituyan a Raúl Castro en los próximos años. La cultura política de nuestro país estaría muy lejos de la necesaria para construir un régimen democrático. Un nuevo tipo de autoritarismo, que reconozca ciertas libertades, pero que las limite tanto como a la participación popular, sería más congruente con esa herencia. No dudo que muchos jerarcas del Partido Comunista y las Fuerzas Armadas sueñan con ese sistema, complementado con un flujo constante de capital internacional que ellos se encargarán de autorizar, una vez recibidos sus diezmos.


La izquierda cubana… ¿qué izquierda?


En su artículo, Rafael Hernández sugiere que el régimen cubano debería tomar en cuenta la diversidad de la izquierda en nuestro país. También lo creo. Y agrego: debería liberar a cientos de presos políticos injustamente encarcelados antes y después del 11 de julio de 2021; debería permitir la autonomía universitaria y la libertad de cátedra; debería aceptar el pluripartidismo y medios no estatales de comunicación. La lista es larga y ellos la conocen al dedillo, pero a un politólogo le interesan otros aspectos de la realidad, quién es el sujeto de la dominación, cómo se ejerce y sobre quién o quiénes se ejerce. A esto se le llama “ciencia política”, una rama del conocimiento que estudia el “ser político”, no el “deber ser”. La ciencia política no puede responder racionalmente a la pregunta de si “esto” o “aquello” debería existir: da por sentado que existe y merece ser analizado. Por ejemplo, si debería existir la democracia o la desigualdad. Son los filósofos quienes responden a esa pregunta. También los profetas y los demagogos, aunque con fines distintos a los del filósofo. El científico social sólo estudia las cosas “en tanto lo que son” y deduce de este estudio las consecuencias lógicas para determinado fenómeno socio-político. Hasta dónde sé, Rafael Hernández no es ni filósofo, ni profeta ni demagogo; en cambio, reclama para sí el título de “científico político”.

El director de la revista Temas sabe que cualquier afirmación sobre nuestro régimen político debe estar acompañada de “evidencia”. No basta con decir “usted debe aceptar a la izquierda”, sino que es necesario mostrar por qué, con independencia de lo que uno piense, el régimen puede hacerlo. Para sustentar su razonamiento recurrió a la historia. A inicios de los años 90, el Partido Comunista se abrió a grupos anatemizados hasta entonces, como homosexuales y religiosos. Esta apertura constituye para el autor un precedente que sostiene su reivindicación de apertura política. Pero no es lo mismo que un partido acepte a religiosos, homosexuales o identidades de cualquier otra índole, a que admita a personas con lealtades políticas diferentes a las de esa organización. Tal cosa sería un sinsentido. Un partido necesita cierto principio de unidad ideológica y lo que eso implica: un exterior constitutivo, intraducible a su propio lenguaje. Por ejemplo, un partido comunista podría aceptar tendencias comunistas, así como un partido liberal podría hacer lo mismo con diferentes formas del liberalismo. Lo que si resulta ilógico es que el partido liberal acepte a los comunistas, y viceversa. En cambio, cualquiera de estas dos organizaciones podría admitir, en principio, a militantes con orientaciones sexuales, de género o religiosas en su seno. En resumen, el razonamiento de Rafael Hernández confunde “identidades políticas” con “identidades sociales” —me permito con este último término englobar a muchas otras formas de identidad.


A su favor se puede decir lo siguiente: hacia esa misma época el Partido Comunista sufrió una transmutación ideológica al abandonar el dogma del marxismo-leninismo e identificarse con doctrinas políticas que combinaban marxismo, nacionalismo, antimperialismo y una fe ciega en Fidel Castro. Esto quiere decir que, para ese momento, ya no era necesario recitar el catecismo leninista y hacer demostración pública de ateísmo si se quería ingresar a dicha organización. Recuerdo la anécdota de un familiar recientemente fallecido inmerso en el proceso de admisión al partido —¡en 1985!— a quien le preguntaron si él era comunista y respondió: “sólo sé que soy fidelista”. Por su puesto que lo aceptaron. Al desechar la vieja ideología de corte soviético por esa abigarrada mezcla de credos y doctrinas políticas, ¿el Partido Comunista se hizo más plural? Desde el punto de vista de las identidades políticas así ocurrió, aunque sólo en comparación con lo que había sido hasta entonces. Sin embargo, nunca ha llegado a ser lo que desea Rafael Hernández: un partido trans-ideológico, como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano durante su larga hegemonía (1929-2000). Advierto que Hernández nunca ha dicho; es un implícito de su artículo. El PRI aceptó tendencias políticas en su interior y toleró otros partidos, aunque tardó en acomodarse a la competencia electoral. Por su puesto, el PRI no era una institución ideocrática ni el régimen político mexicano tan cerrado y absolutista como el nuestro. Para entender por qué esa petición de “apertura a la izquierda” tiene poco sustento en la realidad, es necesario pasar del análisis de las identidades al del régimen político.


El régimen político cubano podía catalogarse de “totalitario” entre principios de los años 70 y principios de los 90. Desde entonces, y debido a las transformaciones que ha sufrido, merece el calificativo de “pos-totalitario”. Me detendré apenas en las características de estos regímenes que interesan a esta discusión. En primer lugar, en un régimen totalitario el poder político se concentra en una élite —que es el único sujeto político admitido—; en segundo lugar, la dominación se realiza a través de un único espacio de socialización, el Estado, a donde todos los ciudadanos concurren y del cual no pueden sustraerse y, en tercer lugar, necesita de una ideología bien estructurada y con capacidad de convocatoria que mantenga “atados” los ciudadanos al Estado y la élite dirigente. La transformación de un régimen totalitario a uno pos-totalitario implica el reconocimiento de espacios de socialización fuera del Estado —reconocimiento (limitado) de la pluralidad social. Piénsese, por ejemplo, en la autonomía relativa de los artistas a partir de los años 90 y en la aceptación de inversiones extranjeras. Al aparecer nuevos “grupos” con autonomía relativa, sobreviene la crítica a los discursos y lenguajes oficiales, crítica a la que la ideología del sistema no puede permanecer inmune. De ahí que se reforme y se abra a lo que antes se consideraba heterodoxo. Sin embargo, en los regímenes que sufrieron estas mutaciones sin abandonar el monopartidismo, el cambio afectó solamente al discurso político, nunca a las formas de dominación ni al sujeto de la dominación. El poder siguió estando concentrado en los mismos jefes, que impiden el nacimiento de otras élites políticas, y apenas tolera a grupos sociales a los que ya no se les exige adhesión fervorosa, sino aquiescencia. En resumen, hacia la década de 1990 se aceptó la pluralidad social, pero no la pluralidad política. La historia de nuestro país durante los últimos 30 años bien puede ser contada como la ampliación de una sociedad que no encuentra representación política. Y es esta la incoherencia básica de todo régimen pos-totalitario y su principal debilidad.


Rafael Hernández pide al régimen cubano que acepte un pluralismo limitado de izquierda, pero esto sería pedirle a esa élite que entregue su joya preferida: la dominación absoluta. Creo que, en el caso cubano, la psicología e historia de los jefes revolucionarios es más importante que las estructuras políticas para entender por qué es una exigencia vacía. Fidel y Raúl Castro jamás quisieron compartir el poder. Esa “sobredeterminación” de la estructura ha estado siempre allí, aplastando las instituciones, en un país que se ha dejado arrastrar por dictadores, jefecillos municipales y demagogos con una facilidad preocupante. Las pocas veces que se me ha pedido opinión sobre el problema del cambio de régimen siempre he dicho que primero debemos liberarnos de ese peso para poder avanzar. No tengo fe en esa “revolución desde abajo” que esperan muchos opositores, por los hábitos que adivino en nuestro pueblo y a los que ya me referí. Imagino, por el contrario, que una vez desaparecida la “generación histórica”, los sustitutos se encargarán de construir un régimen autoritario, con aceptación limitada de representación política y participación popular. Entonces nuestro país abandonará el limbo político en el que se encuentra y regresará, para decirlo con el vocabulario de Hegel, a la Historia. Esto último es indispensable para que se cumplan los deseos de Rafael Hernández —y los míos y de muchos cubanos. Porque la característica distintiva de los regímenes autoritarios es que sí se abren a la pluralidad política. Sólo en un sistema de este tipo tendría sentido hablar de “fuerzas de izquierda”, aunque tuviesen poca capacidad de acción. Mientras tanto, discutir sobre “la izquierda en Cuba” o la “derecha” es perder el tiempo y añorar ese País de Utopía de cuyos árboles colgarán lingotes de oro, pero del cual no ha llegado ningún viajero para darnos fe de su existencia.


Una aclaración final: Las organizaciones de izquierda son tan necesarias para un régimen pluralista como las de derecha. Rafael Hernández no se detiene en esta verdad incómoda. Entre algunos intelectuales cubanos noto la tendencia a negar un espacio a la derecha en sus repúblicas imaginarias. Su postura es la misma de Lenin cuando propuso el centralismo democrático para dirigir el Partido Bolchevique: para nosotros, todo el poder; para el resto, ostracismo. Lenin fue un político brillante, que habría merecido elogios de Maquiavelo por su disposición a utilizar cualquier medio con tal de llegar al poder y conservarlo. Pero espantó a socialistas como Rosa Luxemburgo y Karl Kautsky al renunciar a los principios de las democracias liberales. Sin pluralismo es impensable la democracia moderna, y eso implica que todos tienen espacio en la comunidad. Lo único que se exige a cambio es respeto por las reglas del juego. La visión de estos intelectuales de izquierda es peligrosamente autoritaria. De nuevo aparecen los muertos de los que hablaba Marx.

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