• Miguel Alejandro Hayes

Financiar el desarrollo en Cuba

Actualizado: 11 nov


Imagen © R&V

I

La nación cubana necesita soluciones en el campo de la economía, entendida esta como la generación de la riqueza social.


Aplicar tales soluciones implicaría una reforma total de la institucionalidad de la economía, por tanto, un cambio total del sistema económico, como grupo de estructuras, mecanismos y agentes económicos que se articulan bajo determinada lógica o patrón de acumulación. Ese reseteo no sería otra cosa que encontrar las soluciones que otras naciones han generado ante un mismo problema: el desarrollo.


Para transitar al desarrollo, resulta clave dar respuesta a varias interrogantes, ¿qué sectores crean riqueza?, ¿cómo repartir la tierra de manera que sea productiva y que ello permita financiar el presupuesto del Estado?, ¿cómo se financia el crecimiento económico?, ¿qué valor dar a la fuerza de trabajo y a los resultados de su uso? Sin respuestas correctas, la economía cubana seguirá en la pre-modernidad económica que vive: baja producción, sin alternativas de financiamiento, con concepciones de riqueza erradas (oro, divisas), entre otros.


Sin embargo, este retraso se podría aprovechar en evitar pasos innecesarios, dado que existen teorías y experiencias a nivel internacional de las que se puede aprender.

II

Que el financiamiento es clave está entre las primeras lecciones que aporta el mundo desarrollado y los intentos ya hechos por alcanzarlo. Primero, permite crear toda la infraestructura que facilita la movilidad de factores de producción (lo que incluye información) y de los resultados del proceso productivo, a partir de la creación del circuito geográfico (y virtual) en el que los agentes económicos puedan desenvolverse de manera productiva. Segundo, permite comprar o producir medios de producción (este elemento merece poca explicación).


Por otro lado, resulta contradictorio esperar a que se genere la riqueza que costee la infraestructura y los medios de producción, porque para generar esa riqueza hacen falta infraestructura y medios de producción. De ahí que sea preciso anticipar parte de la riqueza que se va a crear (financiamiento), al menos como punto de partida para iniciar un proyecto de desarrollo nacional. En consecuencia, el ahorro propio como fuente de desarrollo es un mito, se trate del caso de una persona, o de la partida Ahorro Nacional correspondiente con el Sistema de Cuentas Nacionales. Además de que financiar con ahorro propio puede tener un alto costo social y humano (la experiencia de la industrialización soviética lo demuestra).


Por ejemplo, el adelanto con el que se financió la revolución industrial (inglesa) fue la acumulación originaria, que fue posible, en buena medida, por el transcurso de la conquista y colonización del nuevo mundo. El oro y la mano de obra barata ayudaron a reducir costos y a pagar infraestructura.


Lo anterior no significa que las naciones que no tuvieron colonias perdieron su oportunidad. Aunque algunas resultan éticamente cuestionables, hay experiencias posteriores que han demostrado que la única vía al desarrollo no eran las colonias. Por ejemplo, en Estados Unidos, en su surgimiento como nación, hubo grandes afluencias de capital que sirvieron, junto a otros factores, para impulsar su crecimiento (además de una especie de colonización tardía o neocolonización, puesta en práctica a través de su relación desigual con América Latina en el siglo XX, sobre todo). Por tanto, además de las colonias, hay vías de financiamiento que constituyen ejemplos de situaciones de suma cero (unos mejoran mientras otros empeoran), lo que sigue siendo una lógica excluyente y no representa una verdadera alternativa.


En cambio, sí hay mecanismos inocuos accesibles para la sustitución de la conquista y colonización (financiar o adelantar parte de la riqueza a crear), como son la entrega de fondos, planes, programas y cualquier otra envoltura para desembolsar dinero que impulse al desarrollo. Dos ejemplos son el Plan Marshalll y la Alianza para El Progreso. El primero representó la entrega de 12 mil millones de USD para la reconstrucción de Europa en la posguerra. La segunda, fue una cantidad de 18 mil millones en los primeros 4 años para países de América Latina.


Y el contraste entre los resultados del Plan Marshalll y los de la Alianza para el Progreso (aunque también sirve de ejemplo casi cualquier proyecto desarrollista de América Latina por separado) sugiere que, salvando las brechas previas entre ambas regiones, el financiamiento, es solo una parte del todo. Es decir, un gran flujo de dinero es tan solo una condición necesaria para el desarrollo, y la condición suficiente pasa por el uso eficiente y efectivo de aquel. Asimismo, la utilización inapropiada de ese dinero puede ocasionar mayores deformaciones en la economía y el bienestar social.


Entonces, para el desarrollo se necesita una ayuda externa que financie la infraestructura y los medios de producción; pero para lograr el resultado esperado se necesita un funcionamiento que, antes y durante el uso del financiamiento, lo facilite.


III

Ese funcionamiento en el que los factores de producción y el producto del uso de estos se emplee y ofrezca un resultado que sirva para seguir expandiendo la eficiencia y el bienestar, como garantía de la efectividad de un financiamiento, es lo que se suele llamar, de manera amplia, una correcta asignación de recursos.


Para lograr esa correcta asignación de recursos en función de que el dinero invertido genere flujos en la economía que produzcan riqueza y equidad, se deben hacer transformaciones institucionales que lo faciliten.


Esas transformaciones deben lograr que el conocimiento generado en una nación plantee formas óptimas para construir espacios sociales de producción, articulados entre ellos, y que existan luego las vías que permitan implementarlo de manera correcta. De ahí la necesidad de centros de producción de conocimientos que encuentren todo lo que puede fallar, y que la puesta en práctica pueda ser controlada en función de los intereses de los que serán beneficiados. La tecnología social por excelencia para ese proceso no es otra que la política, y el producto específico que debe generar esta tecnología sería la democracia. No se habla aquí de la democracia como conjunto de procedimientos formales y las estructuras correspondientes que suelen acompañar al uso del término, sino como la capacidad social de crear consensuadamente esos mecanismos eficientes, en función de encontrar soluciones, y la correcta aplicación de estas. Porque poco importa la asimetría de las cuotas de poder asignadas a los diferentes sujetos sociales, si los que la depositan tienen la capacidad de retirar ese poder cuando sientan que el depositario o la institución es ineficiente en su ejercicio.


En pocas palabras, en este texto se puede asociar la democracia a la capacidad de las sociedades de reformarse para bien, de adaptarse y de evolucionar en su organización, sin derramar sangre, reprimir, por tanto, sin alteraciones innecesarias a un funcionamiento de paz. Desde un punto de vista concreto: hablamos del potencial social para generar instituciones eficientes para producir bienestar y equidad.


En el caso de América Latina, las instituciones existentes no han podido generar políticas que aborden las posibles fallas de la puesta en práctica de un plan de desarrollo y evitar con ello fugas de eficiencia, términos desiguales de intercambio con otras naciones. Además, la puesta en práctica de dichos planes y ayudas no ha sido del todo correcta (lo que incluye la aceptación de proyectos de desarrollo que no se corresponden con las necesidades de la nación que los recibe). Algo que se puede corregir desde la política. Pero esas transformaciones institucionales han sido imposibilitadas por el balance entre ciudadanos con una alta cultura de defensa de sus derechos y las élites gobernantes. Lo que conduce a la conclusión de que un funcionamiento institucional óptimo implica una cultura ciudadana que lo haga funcionar y que limite excesos de poder que deformen dichas instituciones.


En resumen, en muchas naciones no se ha tenido la cultura ciudadana que, en combinación con las instituciones respectivas, garantice el uso eficiente del financiamiento. Lo que se refuerza con las políticas públicas de gobernantes en contextos de corrupción. Después de todo, un superávit de miles de millones de dólares se puede usar para hacer una torre que simbolice poder, o para crear un fondo soberano, en dependencia de los referentes.

IV

Cuba estuvo del lado perjudicado cuando la conquista y la colonización: del lado de los colonizados con la más atrasada de las metrópolis (la de un imperio decadente, sin revolución industrial y con un arraigo feudal). Fue una economía puesta en función de los intereses de una corona frente a un mercado mundial. Y en esa vuelta no vendría el desarrollo, ni siquiera el crecimiento armónico. No quiere decir que el país debiera tener niveles de bienestar propios del siglo XXI desde aquel entonces, pero estuvo lejos de procesos de revoluciones industriales europeas, o de aquella en Estados Unidos (estándares de desarrollo económico para la época).


Por otro lado, en el primer cuarto del siglo XX, aun arrastrando la condición de economía dependiente y con corrupción, el país tampoco despuntó. Para finales del segundo cuarto del siglo, la economía hubiera podido parecerse a la de un país capaz de tomar otro rumbo, sin embargo, una dictadura de casi 8 años deja el destino de ese viaje en la especulación. En cambio, dada la relación USD-peso cubano durante la década del cincuenta, el ascenso de una industria nacional, el trabajo de economistas brillantes, una sociedad civil con vastas experiencias de autoorganización, movimientos cooperativistas, sindicalismo, había condiciones para suponer que, con la gestión política correcta, Cuba pudiera tener un buen desenlace. O quizás eso no era suficiente para desarrollar la nación, quién sabe.


El hecho es que, del año 1959 en adelante, el Gobierno Revolucionario no supo aprovechar las bases productivas que “heredó”, y fue deprimiendo la producción agrícola y la industria nacional. Eso impulsó la inserción en el CAME, lo que representó para Cuba una ayuda de alrededor de 40 mil millones de dólares, por concepto de subsidio de precios (no reembolsables). Lo que equivale al monto de un plan de desarrollo.


Y aun con esa inyección de capital, Cuba llega al 2022 con una agricultura y una industria nacional destruidas. El país se sostiene, básicamente, con remesas e incumplimiento de pagos a proveedores y acreedores, y con algunos apoyos de los pocos rubros exportables que quedan, en pequeñas cantidades. Por lo que, en el plano de la política económica, se puede afirmar que el actual gobierno (esencialmente el mismo hace décadas) no sabría cómo gestionar un camino hacia el desarrollo. Por lo tanto, tiene que ser con otro gobierno, y claramente bajo otra lógica.

V

En una Cuba próxima, no todo depende de grandes inyecciones externas, como adelantos que financien el desarrollo, ni acumulación originaria. No obstante, hay un problema previo en el mismo orden: la descapitalización.


En el último año, la economía cubana perdió un mínimo de mil millones de dólares asociados a la migración, ya sea porque compraron el USD en Cuba, o porque recibieron el pago en el exterior, o un préstamo, pero es un dinero que pudo haberse invertido en el país. Con esa cifra, la iniciativa privada invertiría en producción agrícola, en algo de industria, en la importación de bienes, etc., a través de diferentes asociaciones de capital. Pero para que esos mismos cubanos inviertan en Cuba, este tiene que ser un país con reglas justas y transparentes, acompañadas por políticas bien específicas que busquen el bienestar colectivo.


La otra descapitalización es la de la fuerza de trabajo que representan esos mismos migrantes. Por tanto, no solo se pierde dinero para financiar, sino también el ser humano que pone su trabajo.


Esos serían los primeros pasos del financiamiento del desarrollo en Cuba: el freno a la descapitalización por migración (canalizando ese ahorro privado hacia la inversión) en combinación con la atracción de muchos de los que se han ido. El aporte que traería el regreso de estos migrantes podría ser sustancial, pues la mayoría logra fuera de Cuba mayor poder adquisitivo que el que tenían estando dentro.


Otra vía sería las agencias de cooperación extranjeras establecidas en Cuba. Actualmente, estas se encuentran limitadas por el Gobierno cubano, que se impone sistemáticamente como mediador de los fondos que estas ofrecen. Sin embargo, con una política abierta, sin otras mediaciones que las de evitar la entrega fraudulenta de financiamientos, esta fuente podría representar un aporte cuantificable hasta en cientos de millones de dólares; además de abrir paso a otras agencias, como la USAID.

VI

Estas formas de financiamiento antes mencionadas serían una suerte de entrenamiento para la sociedad cubana antes de intentar acceder a financiamientos de gran magnitud, equivalentes a un plan Marshal para Cuba: la última pieza. Además, sería una pequeña garantía de éxito y un aval ante los financistas.


Lo que remite a la idea de la democracia en el sentido expuesto en este texto.


Por tanto, con una cultura ciudadana e instituciones eficientes que se ajusten a esa cultura, los grandes financiamientos (con ese escenario, muchos querrán poner su capital) solo vendrían a poner una fuerza mayor en un mecanismo ya encauzado.


Lo anterior no son una serie de pasos a seguir, sino un conjunto de elementos necesarios para transitar al desarrollo. Así, bien podrían simultanearse los procesos de obtención de financiamientos con los correspondientes al acercamiento de la migración y la transformación de las instituciones, a la par que se invierte cubriendo las necesidades de desarrollo.


De lo contrario, se corre el riesgo de repetir los errores de países cercanos u otros propios. O se aprovechan todos los recursos y asignan bien, en pos del desarrollo, o todo recurso será poco. Una verdad tan obvia como ignorada.


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