• Mónica Baró

¿En qué pienso cuando pienso en Cuba próxima?

Por: Mónica Baró


Debo ser honesta: no tengo muy claro qué resultará de esta iniciativa que nace bajo el nombre de Cuba Próxima. No creo que, en este punto tan prematuro, alguien pueda tenerla. Pero celebro el hecho de que exista y se plantee incentivar el diálogo y la construcción de consensos en torno a Cuba, como mismo antes celebré la existencia de Cuba Posible.


Nuestro país necesita vivir procesos de diálogos que sean constantes, serios, respetuosos, honestos, plurales, valientes. Nadie sabe con certeza qué nos espera en cinco o diez años, pero estoy segura de que si en algo estamos de acuerdo la mayoría de las personas preocupadas por ese futuro es en que necesitaremos esos diálogos.


Es en los diálogos, sobre todo si son presenciales, donde surgen las mejores ideas y oportunidades, se crean alianzas, se derriban prejuicios, estereotipos y estigmas, se desafían nuestras certezas, se encuentran soluciones, se construye conocimiento. Pueden ser muy agotadores, y es imposible no perder la paciencia en algún momento frente a alguien que expone un punto de vista diferente o contrario al nuestro, pero son el camino a la construcción de una república democrática.


Desde 1959 la sociedad cubana viene sufriendo la censura. Ocultar lo que pensamos o hablar con eufemismos se convirtió en parte de nuestra cultura. Dentro de la narrativa oficial de la revolución cubana la restricción de los derechos a expresarnos con libertad y manifestarnos se presentó como una táctica de defensa de la propia revolución cubana. Dicho de la manera más popular posible: desvestimos un santo para vestir otro.


La censura, la represión, la violencia en general, han servido para que un mismo grupo político se mantenga 62 años en el poder, pero no para hacer al pueblo cubano más libre, y también feliz, que se suponía que fuera el fin de la revolución. Sin embargo, lo que ha pasado es que la revolución se ha convertido en su propio fin y su preservación ha sido puesta por encima de los seres humanos. La revolución, por tanto, se ha deshumanizado.


De nada sirve una revolución que no garantiza el acceso pleno a derechos civiles y políticos, que está vacía por dentro y sobrevive apenas en la narrativa de la propaganda y gracias a los abusos de poder que cometen las autoridades. De nada sirve un país que se ha vuelto casi imposible de habitar para la gran mayoría que no dispone de privilegios.


Y en este escenario de repente parece que son pocas y limitadas las posibilidades de transformación de la realidad. Los sentimientos de impotencia, frustración, desesperanza e incertidumbre son muy frecuentes en la población, en especial en la que es sensible a las injusticias, escaceses y problemas de Cuba. Pero la alternativa nunca debería ser esperar a contar con circunstancias más favorables, o con un gobierno distinto, para reivindicar los derechos que nos faltan.


Los derechos se reivindican en la medida en que se ejercen, aunque impliquen desobediencia civil y pasar por encima de leyes ilegítimas, porque todas las leyes que violen derechos humanos son leyes ilegítimas. Esta ha sido la experiencia del periodismo independiente, por ejemplo, que a pesar de ser considerado ilegal por el gobierno y ser criminalizado, ha logrado abrirse paso y demostrar que en Cuba se puede producir un periodismo digno y riguroso, comprometido con la verdad, sin que ningún funcionario del Partido Comunista interfiera.


No podemos saber de lo que somos capaces hasta que no intentamos hacer las cosas que creemos que debemos hacer. En la naturaleza de un poder totalitario, de 62 años, no está cambiar si no es para perpetuarse un poco más. Si la ciudadanía no se organiza y protagoniza los cambios necesarios, todo continuará exactamente igual o peor.


Decir lo que pensamos abiertamente puede parecernos insuficiente, y sin dudas lo es, pero más que un punto de partida representa un pilar fundamental de la sociedad democrática que nos merecemos. No hay democracia sin libertad de expresión, pero nunca tendremos democracia si no ejercemos los derechos que la constituyen.


Las nuevas tecnologías ofrecen muchas oportunidades en este sentido. Hoy los encuentros, asociaciones, protestas o diálogos pueden desarrollarse en un terreno virtual que, si bien no sustituye el físico, nos sirve para ensayar relaciones y prácticas políticas. Cada espacio de poder debe ser aprovechado cuando se pretende transformar y democratizar una sociedad.


Si un día Cuba se convierte en la Cuba digna que los cubanos comprometidos con la independencia sueñan desde el siglo XIX será no por esfuerzos decisivos -porque estos no son tiempos de mártires y vanguardias- sino por esfuerzos mancomunados; será porque logramos estar de veras conectados, como dice siempre el artivista Luis Manuel Otero Alcántara en sus directas por redes sociales. Eso quisiera que fuera Cuba Próxima: un espacio que se conecte, a través del diálogo, con la comunidad de actores políticos que defienden hoy ideales de justicia y respeto a los derechos humanos.

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