• Alina Bárbara López Hernández

El secuestro ideológico de la patria, una barrera a la reconciliación en Cuba


Foto © Guillermo Nova/dpa-Archivo

Cuba es una nación dividida. Durante muchos años se ha venido instrumentalizando una noción que está en la base de esa intolerancia: la tesis de que la Patria es patrimonio de determinado grupo, portador a su vez de determinadas ideas políticas. La Constitución de 2019 afirma en su artículo 4 que «La defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de cada cubano». Y es precisamente esa tergiversación —histórica, teórica y antropológica—, el primer obstáculo a vencer para llegar a una reconciliación nacional.


La Nación representa al grupo o grupos étnicos, la lengua, la autoconciencia, la idiosincrasia, lo simbólico, y no se circunscribe únicamente al territorio nacional. El Estado, por su parte, determina los límites geográficos, lo institucionalizado, el modo de producción, el corpus jurídico y normativo y el sistema político. Patria es una noción mucho más antigua y arraigada, se refiere, en una palabra, al suelo natal.


Si bien las naciones surgieron como resultado de complejos procesos a partir de la formación previa de nacionalidades (convivencia, dialectos o lengua comunes, literatura escrita, tradiciones compartidas); y los estados nacionales emergieron tras la desintegración paulatina del modo de producción feudal con su descentralización territorial; la patria fue, desde mucho antes, un componente más íntimo y conferible originalmente a los espacios domésticos familiares.


En un erudito libro que edité sobre la evolución de la casa-patio,[i] se analiza el rol del culto a los antepasados dentro de la vida y costumbres de los antiguos romanos. El altar familiar tuvo allí enorme importancia, pero la mayoría de los dioses domésticos representaban estadios formativos de la sociedad romana en sus elementos más básicos y arcaicos, como la familia y la gens.


Sobre esto su autora explica:


«(…) el culto a los dioses familiares fue una religión que «ordenaba aislar el domicilio y aislar también la sepultura […]»,[ii] situada dentro del ámbito del solar, lo que estableció un vínculo indisoluble entre una familia y el suelo sagrado de su casa. De este modo nació el concepto del derecho de propiedad, y algo mucho más sutil y simbólico, que es la identificación de un grupo humano con un determinado lugar, de donde derivó la noción de patria, progresivamente ampliada a una ciudad, una región, una nación».


Un cubano nacido fuera de la Isla, aunque no haya residido jamás en ella, puede sentirse parte de ese grupo étnico e identificarse en tanto integrante de la nación, pues por mecanismos de enculturación familiar ha asumido la lengua, la autoconciencia étnica, costumbres culinarias, gustos musicales, tradiciones…; pero jamás va a considerar a Cuba como su patria, ese lugar lo ocupará sin dudas su país natal.


Una persona que no haya nacido en la Isla, pero que resida por tiempo continuado en ella y se sienta ligado por vínculos afectivos, culturales, históricos o familiares, puede considerarla su patria por elección.


En Cuba, el ámbito del Estado ha intentado establecerse como único vínculo con su ciudadanía. En consecuencia, lo político y lo normativo —que en el caso de un modelo de partido único incluye con fuerza la esfera de la ideología, entendida como ideología de Estado—; fagocitan el resto de los niveles de relación del cubano con la Nación y la Patria.


Resultado de esto es la conclusión perversa que asume que quienes no sean partidarios del socialismo, incluso, quienes no convengan con el modelo específico que la ideología de Estado determina como socialista; es un apátrida.


Y esa confusión deviene lucha férrea por controlar desde el poder al territorio físico y simbólico de la Patria: «las calles son de los revolucionarios», «en las universidades solo pueden estudiar los revolucionarios», al país únicamente pueden entrar los cubanos que no molesten a este objetivo. Como tampoco pueden permanecer los que se dictaminen como dañinos a la patria socialista. Por su parte, la bandera, el himno nacional, el escudo, todos ellos símbolos patrios; se disputan como si fueran propiedad de una clase o secta ideológica.


Si la Constitución es la que induce a tal sesgo excluyente, que se torna deriva discriminatoria y justifica atropellos y violencia, hay que valorarla seriamente como un obstáculo a la posibilidad de cambios reales en nuestro país.


La Patria es de todo el que viva o haya vivido en ella y sienta raíces directas con el suelo natal. La Patria está formada por personas que profesan diversas ideologías y credos políticos. Cuando el socialismo se declaró, ya la patria tenía siglos de existencia. Si algún día no existiera el sistema socialista, la Patria seguiría ahí. Que lo digan sino todos los ciudadanos de los países en que dicho sistema implosionó.


La única convicción que es posible exigir a un patriota es la defensa del suelo natal ante cualquier agresión que pretenda usurparlo. Para salvaguardar a Cuba de una agresión extranjera no hay que ser socialista. Hasta que no se entienda esto no sanaremos.

[i]Alicia García Santana: Los modelos españoles de la casa cubana, (inédito). [ii] Fustel de Coulanges: La ciudad antigua. Estudio sobre el culto, el derecho, las instituciones de Grecia y Roma, p. 74.(citado por García Santana).

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