• Eloy Viera Cañive

El poder sólo impulsará un proceso democratizador si fuera obligatorio

El jurista Eloy Viera responde a “Cuba Próxima” sobre el 11-J


1- ¿Cuál ha sido el significado de las protestas del 11-J para Cuba y el gobierno?

El principal significado de las protestas del 11J para Cuba como nación radica en que han servido para desmitificar muchísimos estereotipos y conclusiones asumidas desde hace bastante tiempo. Los cubanos hemos sido considerados, incluso por un sector importante de nosotros mismos, como entes de una nación imposibilitada de afrontar de manera individual los cambios que necesita. Hemos sido etiquetados como una nación huérfana y cobarde que precisa de la ayuda de terceros para sanar, levantarse y transmutar. Desde el otro extremo del espectro hemos sido etiquetados como una nación uniforme, reunida por un consenso —“felizmente” asumido— alrededor de un partido que reúne en un solo proyecto la diversidad de toda una nación.


El 11J demostró como nunca antes que esas ideas son mitos construidos para favorecer agendas y no para asistir al desarrollo de la Cuba con la que sueño. El principal significante del 11J emerge de la demostración de que los cubanos no somos cobardes ni menos entusiastas que otros. Somos una nación que ha sabido desenyugarse muchas veces y que ha iniciado el 11 de julio del 2021 —creo que de manera irreversible— un proceso para hacerlo de nuevo.


Las protestas del 11J demostraron además la falacia de la bondad del gobierno cubano y de la inexpugnable unidad pueblo-fuerzas del orden, manifestada en la satisfacción popular por “conquistas” materialmente resquebrajadas como la salud y la educación gratis y universal. La respuesta del gobierno cubano, la represión a gran escala desatada por los aparatos de seguridad que luego de calmada la situación de calle se convirtió en cacería quirúrgica, demostró además que en nada se diferencia el Estado/Gobierno/Partido Comunista Cubano de los fallidos gobiernos “socialistas reales” de Europa del Este o de las dictaduras latinoamericanas. Demostró que en nada se diferencia la posible respuesta represiva que ofrece al disenso el gobierno cubano de la que pudieran ofrecer otros gobiernos neoliberales de derecha. En resumen, creo que todos debemos estar de acuerdo en que después del 11J será mucho más difícil sostener la semiótica y la mística que se había construido alrededor del magnánimo proceso revolucionario y su apoyo popular mayoritario.


Al mismo tiempo, quiero creer que las protestas del 11J han sido una señal para el Gobierno. Una señal que lleva a sus puertas el mensaje de que Cuba no puede continuar siendo gobernada como hasta la fecha. No obstante, mi mayor preocupación es que, por la propia esencia del régimen cubano, ese proceso de transformación en la gobernanza —de acuerdo con sus propias ideas— no pase por la democratización, sino por la aceleración de reformas económicas —diseñadas desde hace más de diez años— que no impliquen ceder poder político, ampliar la participación política de la ciudadanía o desmontar los mecanismos de control que hasta la fecha los han mantenido a sangre y fuego en el poder.


2- ¿Cuáles son las motivaciones y las causas del 11-J?

El volumen de ciudadanos que se agolparon en las calles el 11J obliga a pensar que pudieron converger en un mismo espacio múltiples reclamos, motivaciones y formas de entender el futuro cubano. Sin embargo, un elemento común parece emerger muy claramente si se analizan las muestras gráficas y los testimonios de los manifestantes. Las protestas del 11J demuestran hastío popular e inconformidad de un amplio sector de la ciudadanía con las políticas del régimen y con su forma de gobernar. Demuestran que los manifestantes encontraron solo en la calle un espacio para que sus reclamos fueran visibilizados y oídos. Sobre todo porque el poder se ha construido en Cuba sobre el acallamiento de cualquier demostración de disenso por básica que sea y de la negación de la realidad que viven muchos cubanos.


Cientos de los cubanos que viven realidades acalladas o negadas por los gobernantes, esos pertenecientes a sectores vulnerables o económicamente desfavorecidos, son los que salieron a la calle y se enfrascaron en acciones radicales y violentas. Esos son los “hombres nuevos” que la “Revolución” nunca pudo construir y que terminó desechando o descuidando.

En el centro de las protestas se mezclaron reivindicaciones sociales (vacunas, alimentos, prosperidad) con reivindicaciones políticas. Los gritos de cambio de régimen, “abajo la dictadura”, “no queremos más comunismo” y “libertad” también se escucharon. Eso me lleva a pensar que las causas del estallido del 11J no pueden colocarse, como algunos pretenden, en un listado cerrado. Por eso me niego a considerar que las causas y las motivaciones del 11J puedan evaluarse de manera exclusiva, como algunos pretenden, bajo la lógica determinista del conflicto Estados Unidos-Cuba.


Desde mi punto de vista, no son las sanciones norteamericanas las que llevaron al pueblo cubano el 11J a las calles. No escuché a nadie durante las manifestaciones solicitar el fin de esas sanciones, como tampoco vi a nadie pedir intervención humanitaria o militar alguna. Vi a un pueblo canalizar algunos de sus más secretamente públicos reclamos. Esos reclamos estaban vinculados con las penurias económicas que sufren, pero también con la percepción de que su pobreza se debe, en lo principal, a las incapacidades y tozudeces del Gobierno que ellos sufren y que no han podido elegir o alternar a través de soluciones pacíficas.


Otros factores influyeron sin dudas en los que sucedió el 11J. Todos los malestares derivados de la precarización de la vida y las insatisfacciones en la participación política se vieron profundamente agravados por el descontrol de la pandemia de COVID-19. Las muertes, el colapso del sistema sanitario primero localizado y después de las protestas generalizado y el sentimiento triunfalista y negacionista del gobierno ante una realidad que era innegable fueron un catalizador de la situación.


En ese sentido, si bien el acceso de la ciudadanía cubana al Internet no estuvo en el origen mismo de las protestas sí fue un instrumento esencial que permitió la expansión de las protestas a todo el país y que pavimentó la explosión popular del 11J. Desde hacía algún tiempo la ciudadanía venía compartiendo y enterándose de situaciones que antes no se socializaban con el mismo alcance y la misma vertiginosidad. El acceso de la ciudadanía cubana al Internet permitió que la gente haya ido desarrollando un proceso de re-descubrimiento de la realidad y generando comunidades que comparten las circunstancias y los eventos que viven, los debaten e intentan encontrarle un sentido.


Antes del 11J se vivieron episodios de violencia política que fueron socializados y debatidos a través de las redes sociales y el Internet y que también influyeron en la materialización del 11J. Las luchas y las represiones a los miembros del Movimiento San Isidro y del 27N, el encarcelamiento de los manifestantes de la calle Obispo, el juzgamiento exprés de Denis Solis y la prisión de Luis Robles se sumaron a las campañas de descrédito en los medios oficiales que terminaron teniendo un efecto contrario a lo que los aparatos de propaganda y represión perseguían.


Me gusta pensar que la mezcla de reclamos derivados de las protestas del 11J demuestran que los cubanos que salieron a las calles ese día entienden que las penurias económicas están relacionadas de manera directa con la falta de libertades y el empecinamiento de un régimen que ha preferido mantener inamovible su monopolio político antes que impulsar reformas económicas reclamadas no solo por el pueblo llano, sino por economistas e incluso intelectuales “comprometidos”. La mezcla de reivindicaciones sociales, políticas y económicas del 11J demostró con claridad que ese sector de la ciudadanía que se lanzó a las calles tiene claro que sin democracia no puede existir prosperidad.


Entonces, si realizamos un análisis transitivo puedo decir que las personas que se lanzaron el 11J a la calle lo hicieron porque quieren democracia, porque quieren un país en el que puedan participar. La frase de una señora de la tercera edad que se manifestaba en bata de casa frente al Capitolio habanero ese día lo resume de manera clara: “Nos hemos quitado el ropaje del silencio”.


3- ¿Cómo avalúa la respuesta del gobierno cubano y su interpretación de estos sucesos?

La respuesta del Gobierno a mí en lo personal no me sorprende. El 11J el Gobierno actuó como todos pensábamos que podría actuar en una situación como esa: con represión. La esencia post-totalitaria del régimen cubano choca con cualquier argumento que pretenda demostrar la fantástica tesis —que caló incluso en algunos altos funcionarios de la diplomacia europea— de que Cuba es una democracia de partido único. El único mecanismo que ha encontrado el régimen cubano para mantener su monopolio político ha sido la represión expresada de disímiles formas.


El 11J el régimen cubano demostró su capacidad de reaccionar con la represión más violenta ante riesgos que nunca antes había enfrentado. A muchos la respuesta del Gobierno a las protestas les ha parecido un accidente. Les ha parecido el uso desproporcionado de la fuerza pública. Pero hay que decir que la respuesta del Gobierno cubano al 11J es la misma que le ha dado de forma más o menos velada a quienes lo han retado. Para mí, era una respuesta esperada y, además, directamente proporcional al riesgo que enfrentaba, que sí era excepcional e inesperado.


La respuesta del régimen cubano al 11J solo demuestra que es un régimen represivo en lo esencial. Una actitud que no depende de la conducta de actores externos. Depende de su esencia, de su incapacidad para tolerar y encausar intereses que les sean ajenos o que considere lesivos.


No obstante, no por esperada la respuesta deja de ser reprochable. Es cierto que se produjeron hechos violentos y vandálicos durante las protestas. Pero esos hechos no fueron el signo distintivo de lo que ocurrió el 11J. El signo distintivo de las protestas fue el uso masivo y público de la fuerza por parte del régimen cubano. Un uso de la fuerza que incluye testimonios de tratos degradantes y torturas que han permanecido impunes hasta la fecha. Mientras, cientos de manifestantes continúan detenidos, algunas decenas ya han sido juzgados o multados y otros permanecen bajo el control de las autoridades en espera del desenlace de sus procesos penales.


Si el signo de la protesta fue la violencia policial y el signo de la interpretación del gobierno -al menos la oficialmente publicitada- ha sido la negación. Un gobierno, que junto a su aparato de propaganda habla de que no hubo estallido social, hubo gente confundida y pagada que salió a las calles violentamente. No hubo represión policial, sino hechos aislados que mientras decenas de manifestantes fueron juzgados velozmente, todavía se están investigando. Un gobierno que a pesar del clamor popular sigue creyendo -o al menos vendiendo la idea- de que la crisis política que vive el país se resuelve con transformaciones “necesarias” de los mecanismos de participación política que ya tiene implementados.


4- ¿Qué criterios predominan sobre el 11-J en la opinión pública nacional e internacional?

Creo que existen tres grupos de criterios fundamentales que recogen las percepciones con relación a las protestas del 11J. Dos de ellos responden a una retórica a la que los cubanos estamos más que acostumbrados y es la de amigo-enemigo, bloqueo norteamericano-incapacidad del Gobierno cubano. En ese eje se mueven estos dos grupos de criterios que reflejan las antípodas de la nación cubana y la polarización de su esfera pública.


En el primero de esos grupos se encuentran los que entienden —quiero creer que, en su mayoría desde la diáspora, aunque no niego que tienen sus exponentes también al interior de Cuba— que la ciudadanía cubana es huérfana e incapaz de crecer e impulsar su propia agenda sin la intervención directa de actores extranjeros. Ese grupo de personas consideran que lo ocurrido el 11J es solo la demostración de lo pérfido del régimen y de la debilidad de los cubanos. Es el sector que ha impulsado la idea de una intervención humanitaria en atención a la abundante evidencia sobre la violación de los derechos humanos en el archipiélago.


En contraposición a este grupo se encuentra otro que igual considera que quienes se lanzaron a la calle el 11J son ciudadanos carentes de agencia. Son ciudadanos “confundidos” o plegados a agentes externos que fueron los que gestaron y financiaron los “disturbios”. Dentro de ese grupo yo ubicaría a todos aquellos —incluyendo a Gobiernos extranjeros o agentes de influencia— que han considerado que la causa fundamental de las protestas del 11J hay que buscarlas en la situación de escasez y penuria que genera el bloqueo estadounidense. Esa lógica y posicionamiento juega en el plano del discurso que los gobernantes/represores han utilizado siempre para justificar las limitaciones de derechos y que inmediatamente emplearon para justificar su reacción ante las protestas.


Por último, están las posiciones que entienden al 11J como un estallido social multifactorial, en el que el bloqueo norteamericano juega un papel secundario o complementario. Es un grupo que considera que las causas fundamentales del estallido del 11J han sido generadas en lo fundamental por la acumulación de años de totalitarismo, intolerancia y falta de libertades individuales. Años de haber vendido un proyecto de socialismo que derivó en estatización alrededor de una fuerza política que a pesar de llamarse comunista está desideologizada. Una fuerza política que más que conducir los destinos de una nación parecía —desde mucho antes del 11J— perseguir la construcción del futuro de su clase política dirigente.


Las cifras oficiales muestran que los mismos gobernantes que decidieron reprimir las protestas del 11J y culpar al bloqueo norteamericano, redujeron de manera dramática en medio de la pandemia de la COVID-19 la inversión social e implementaron un plan de inversión inmobiliaria en la industria hotelera. Dicha acción no solo está relacionada con el colapso del sistema de salud durante la ola más grande de contagios que sufriera el país, sino que en su momento fue criticado ampliamente por algunos de los más importantes economistas del país.


Antes del 11J esa misma fuerza política también se había opuesto a impulsar las normas que complementaran los derechos de cuya ampliación, de manera pomposa, se había enorgullecido al venderle al mundo un nuevo texto constitucional. Los mismos derechos que desconoció durante la represión, pública, masiva y violenta de las protestas del 11J.


5- El 11-J estremece la nación, devasta los frágiles soportes del inmovilismo oficial, desatada odios y coloca a Cuba al borde de una guerra civil; condición en la cual no debe permanecer el país. ¿Cómo deben actuar el gobierno, la oposición democrática y la sociedad civil para un cambio sociopolítico que además implique una reconciliación nacional?

Creo que Cuba está necesitada de propuestas. Tengo mis dudas sobre las posibilidades de que los gobernantes cubanos tengan la capacidad de actuar —al menos en el futuro inmediato— de forma diferente a como lo hicieron el 11J. Para lograr una reacción diferente de parte del poder en Cuba se precisa que la presión popular que vimos el 11J se reproduzca en múltiples iniciativas que conjuguen agendas de calle con reivindicaciones y formas de actuación claras y consensuadas. Una de las principales características del 11J radicó en que no fue un estallido impulsado o dirigido por una organización o un sector especial de la sociedad civil cubana. El 11J fue un estallido social espontáneo, pero su falta de liderazgo si bien puede ser considerado por muchos su principal virtud, también fue su principal debilidad.


De cualquier forma, no creo que existan formas en que el gobierno pueda democratizarse sin que se produzca su implosión o como mínimo la destrucción de las estructuras que garantizan su poder monolítico. De ahí que la reticencia a esa democratización será permanente. Es una cuestión de supervivencia y lo saben.


Siendo así, los actores sociales que hoy intentamos hacer política y activismo desde y para Cuba deberíamos pensar en cómo canalizar ese sentimiento de democratización que se expresó el 11J. Deberíamos pensar y actuar en consecuencia para ofrecer salidas comunes a esa ciudadanía que ha hablado y no creo que lo haya hecho de forma uniforme como algunos han afirmado. No creo que sean momentos para pensar en intereses partidistas o de impulsar agendas que parecen más politiqueras que políticas. Creo que es momento de pensar cómo encontrar caminos que lleven a la gente a hallar el sendero para legitimar el derecho a la protesta y convertirlo en una común herramienta de lucha. Para eso el principal objetivo a corto plazo —pudiera parecer desvinculado— debería ser lograr la liberación de todos los presos políticos que hoy permanecen en cárceles cubanas. Arrancarle la libertad de cientos de personas a un régimen que pretende usar la cárcel y la represión como mecanismo de advertencia y disuasión, es el primer paso para demostrar poder e influencia.


Ese puede ser un buen primer paso para lograr consensos iniciales entre la sociedad civil y, además, incorporar presión a un poder cada vez más enquistado y reactivo. Un poder que cada vez deja claro que no impulsará un proceso de democratización a menos que este sea obligatorio.


Ahora bien, para ello es inexorable que respondamos varias preguntas: ¿con quienes contamos? ¿quiénes pueden impulsar ese proceso? ¿cómo responder a la represión que naturalmente se desatará? ¿cómo lograr que la constante represión de la protesta no se traduzca en un sentimiento de fracaso que termine dejando como siempre la emigración como única vía para cientos de miles de cubanos?


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