• Eloy Viera Cañive

El diálogo entre actores políticos tradicionales y la sociedad civil


Foto © The Objective

La oposición política en Cuba, esa que ha sido calificada por muchos como oposición tradicional, tiene una larga historia de resistencia. Su origen data de momentos en que el Estado totalitario cubano mostraba muchas menos fisuras que las que muestra hoy. Por espacio de años se ha mantenido como una realidad en Cuba. Incluso en momentos donde no existían mecanismos de socialización de la información y de generación de sinergias como el Internet o las redes sociales.


La oposición tradicional ha sufrido -como pocos- la represión y la violencia política de parte del Estado cubano. Sin embargo, un hecho parece ser cierto. La oposición tradicional parece sumida en una lógica que creo que ha demostrado ser ineficiente en la realidad política cubana actual: los partidos políticos como estructuras de lucha para impulsar un cambio.


Esa lógica, sumada a la eficiencia del monopolio de los aparatos de seguridad y de propaganda en función de su descrédito, ha llevado a la oposición tradicional a la fragmentación. Una fragmentación que a su vez ha favorecido la desconexión de sus estructuras con otros actores de la sociedad civil. Esta desconexión puede ser la expresión cubana de una situación que ha sido ilustrada desde muy temprano en el siglo XX por varios tratadistas y estudiosos de la democracia y la política: la polémica del nexo entre la Sociedad civil y los partidos políticos.


Ostrogorski, uno de los primeros estudiosos de los partidos escribió que éstos eran tan dañinos a la sociedad que lo mejor era eliminarlos. Otro clásico, Max Weber, se pronunció en contrario: los partidos son frutos de la modernidad y la democracia. La democracia es posible gracias a los partidos, repetirían Duverger o Sartori. No obstante, la discusión contemporánea reconoce la crisis del sistema de partidos y la necesidad de democratizar aún más la participación política de la gente. En Cuba, no solo llegamos tarde a esa conversación, sino que seguimos desandando el principio de ese camino. En amplísima medida se siguen construyendo partidos políticos que aspiran -sin sustrato material objetivo- a participar de un orden político futuro que aún no se ha construido y sobre cuya aparición inmediata no existen muestras incontestables.


Por más que no es una discusión acabada, pocos consideran a los partidos políticos como parte de la sociedad civil. Imaginar entonces esa relación en un ambiente como el cubano donde el concepto de sociedad civil -más allá de los debates que durante la década del 90 del siglo pasado se llevaron al interior de espacios controlados como la revista Temas- ha sido llevado y traído, es un proceso muy complejo.


Esa complejidad se profundiza porque, como decía, la oposición tradicional más visible se ha organizado en estructuras de corte partidista y se han reconocido a sí mismas como parte de la sociedad civil. Sin embargo, las lógicas de actuación partidarias los han llevado a actuar bajo la lógica de los sectarismos políticos propios de estas estructuras. Esas formas de actuación -y otros muchos elementos para los que no hay espacio en estas líneas- han malogrado los intentos de unidad dentro de la oposición tradicional cubana, pero también han influido en la desconexión y el rechazo de varios de sus actores con las iniciativas impulsadas desde la sociedad civil.


Hoy la sociedad civil ha dado muestras de estar más vinculada a las bases populares y a las nuevas generaciones que objetivamente pueden impulsar el cambio que la oposición tradicional. La posibilidad de disputar cuotas de poder en el gobierno del país desde una lógica partidaria es inconcebible. Pero también parece improbable que sean las lógicas partidarias las que motiven a la ciudadanía cubana -hasta hace muy poco masivamente despolitizada- a activarse políticamente y reivindicar sus derechos.


La sociedad civil cubana ha dado muestras importantes de su capacidad de activar y nuclear a sectores sociales que hasta hace muy poco parecían apáticos, inmóviles, resignados. Pero también ha dado muestras de estar abierta a las alianzas y sinergia con los actores de la oposición tradicional que han mostrado disposición. A pesar de esa disposición otros actores de la oposición tradicional han fustigado sus ideas y criticado su desempeño y estrategias. Actores que actúan como si viviesen en un ambiente político democrático donde la alternancia política fuera un hecho y se necesitara señalar las opacidades, debilidades y contradicciones del adversario con el que compiten.


Hoy debería existir un único adversario en el ambiente político cubano: el totalitarismo. La necesidad de una alianza cívica que vaya más allá del partidismo es imprescindible para enfrentarlo de forma conjunta. Para eso es indispensable el logro de consensos que no tienen que implicar a todos. Los cambios y los impulsos no han necesitado de todos los actores del espectro político. Han necesitado de fuerzas que en su conjunto puedan impulsar y recabar los apoyos necesarios para materializar agendas comunes iniciales. Agendas destinadas a transformar la realidad contemporánea y que contemplen como prioridad secundaria la idealización del modelo de país futuro.


Para recabar ese apoyo y lograr sinergias transformadoras, es indispensable la participación de la oposición tradicional. Han sido esas fuerzas las que más tiempo han estado participando en la lucha por la democratización de Cuba. Esas son las fuerzas que conservan activos en el terreno que han cruzado la barrera del miedo inmovilizante y que además conservan la memoria histórica para ilustrar aún más la esencia represiva y violenta de un régimen cuya imagen inclusiva y tolerante está cada vez más desmoronada. La oposición tradicional es indispensable para demostrar que la represión no es coyuntural, es continuidad.


Desde mi punto de vista, las sinergias entre sociedad civil y oposición tradicional deben partir y ampararse en una agenda mínima que pueda favorecer los diálogos. Esa agenda mínima debe estar condicionada por un único tema obligatorio e inapelable: la soberanía cubana y la idea de que su mantenimiento depende en primerísimo orden, no de otros factores, sino del fin del totalitarismo.


Pero esa agenda debe estar también definida por la exclusión de otros temas que parecen irreconciliables en la discusión política actual. Hay asuntos que han demostrado ser parteaguas en las discusiones entre cubanos. Son esos -muchos de ellos no ligados a la soberanía- los que deben reservarse para el día después del cambio. Un catálogo de esos temas podría ser el guion que convocara y favoreciera un necesario acercamiento y diálogo entre un número definitorio de actores sociales y políticos dentro y fuera de Cuba.

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