• Massiel Rubio

El diálogo como salida a la anomia que genera la estática milagrosa


Foto © CiberCuba

La participación de la sociedad civil, como el espacio para la gestación de una nueva constitución que nos permita entendernos y funcionar como nación, es ya imprescindible. No puede entenderse como desligada de esta sociedad a la oposición democrática, activa y activista, que desde múltiples espacios (dentro y fuera de Cuba) viene, desde hace años, no solo pensando el país, sino visibilizando la realidad compleja que es en sí misma una isla que ha sobrevivido dictadura tras dictadura, y estos últimos 62 años de discurso unilateral sin réplicas, de falta de oídos y bocas amordazadas mediante chantaje, cárcel, amenazas, destierros e incluso muertes (sin que esto funcione como un eufemismo, como quiere hacer creer una buena parte del poder y la izquierda internacional).


No se ha podido hasta el momento legitimar el tan cacareado espacio de «diálogo» que el Gobierno de la isla se ha ufanado en divulgar tras cada aparente posibilidad de «cambio» mínimo que, en sí mismo, se encuentra coartado siempre bajo el principio irrevocable de mantener un sistema económico, político y social inamovible (socialismo). Estos «debates» solo funcionan como congregaciones de ratificación del proceso existente y no como generadores, rompedores o como redefiniciones del actuar ante la ley del ciudadano o posibilidad de denuncia de inoperancias e incapacidades del propio Gobierno para sacar adelante un proyecto de país sustentable económicamente, que garantice las libertades individuales y someta a revisionismo sus propias leyes en pos de estar al nivel de los países más avanzados en materia democrática.


Ante este camino escenificado mil veces sin obtener resultados tangibles que beneficien verdaderamente a la sociedad civil, el cambio impone un diálogo que por fin ponga oídos a los reclamos de muchos sectores, y aborde, desde diferentes grupos opositores, nuevas propuestas que por fin pongan a Cuba en el siglo XXI, que estén encaminados a democratizar la nación.


Se denomina anomia[1] (del griego ἀνομία/anomía: prefijo ἀ- a- «ausencia de» y νόμος / nómos «ley, orden, estructura») a la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad. Se supone que la anomia es un colapso de la gobernabilidad al no poder controlar una emergente situación de alienación experimentada por los individuos. En su segunda acepción, también se denomina anomia a un trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre (pienso en nuestra cultura de la retórica llena de eufemismos y en el propio término de «estática milagrosa»).


A pesar de ser un término nacido de alienación que produce un capitalismo salvaje, y los voceros del socialismo se han enfrascado en demostrar que dicho sistema no aliena al ser humano, son muchos los puntos en común cuando el Estado no funciona como garante de los derechos ciudadanos. Y en este caso, sí se hace necesario que la sociedad civil se presente como una alternativa democrática, desde el diálogo con sus protagonistas, a la intervención estatal. Que se reconozca como autónoma y reivindique sus derechos contra el orden jurídico, que se produzca a sí misma desde el diálogo abierto y plural entre quienes han sido marginados, colocados en las filas de enemigos o de conformistas. Y que lo haga, no desde un individualismo egoísta, sino desde un individualismo responsable, cívico.


La propia Constitución cubana y su incapacidad para responder a las necesidades del país, como resultante del orden/caos generado por el propio Estado/Gobierno, generan en la sociedad civil un estado de anomia. O sea, funciona más como barrera que como documento de derecho para que el individuo sea respaldado desde la ley para su realización personal, casi tanto como no garantiza siquiera la seguridad del mismo ante un estado de opinión/acción diferente al establecido. Ante esta realidad, según el sociólogo estadounidense Robert King Merton, se desarrolla una teoría de la tensión en la que la sociedad encuentra las siguientes salidas: innovación, retirada, ritualismo, conformidad y rebelión.


Hemos vivido, si lo pensamos detenidamente, a lo largo de estos 62 años, cada una de estas vertientes, innovación ante cada crisis económica y búsqueda de salidas fuera de las propuestas del sistema; retirada desde nuestra cultura migrante de escapar de la anomia a cualquier precio sin aceptar las opciones que ofrece el poder; ritualismoy conformidad, tal vez vistos como uno solo, como forma de consuelo ante la no escapatoria y la falta de cultura de protesta y medios de resistencia, también ante la falta de información y sesgo permanente como forma de ajustarse al sistema, ir con ola, dejarse fluir, y, por último; rebelión, esos que niegan lo socialmente aprobado por el poder para generar desde su accionar un nuevo sistema de metas y medios para llegar a ellas.


Hay una variable, sin embargo, que queda fuera de la fórmula de Merton, así como de los análisis de Émile Durkheim, el diálogo. El tan nombrado diálogo que, desde todos los sectores de la sociedad cubana, se ha desdeñado y estigmatizado desde dos fuerzas en pugna, el poder y sus opositores, protagonistas y antagonistas que se niegan el tiempo de tregua, con sobradas razones, según enarbolan ambas partes. Pero ¿qué sucede entonces, visto ya desde el drama clásico, o, mejor, desde la comedia latina, con el diálogo entre el protagonista (opositores) y personajes vistos como secundarios por el poder, pero como aliados necesarios desde la oposición?, como aquel personaje «pala» sin el cual el protagonista nunca alcanzaría su objetivo. ¿Dónde queda ese diálogo de unas fuerzas opositoras a un pueblo que necesita ser escuchado, tenido en cuenta, y con un plan de Constitución que finalmente lo respalde y le permita salir de la anomia, conseguir metas, sentirse respaldado y seguro por leyes aprobadas desde el consenso, votaciones transparentes y entendimiento?


Para que se establezca un diálogo es imprescindible la participación como hablantes y escuchas de dos partes. Es fundamental generar un espacio donde la parte de la sociedad civil que conforma la oposición democrática no se vea como un ente opuesto al Estado, sino como parte decisiva del funcionamiento de este, y a su vez, el resto de la sociedad que deje de ser un ente pasivo y conformista, para ser un personaje activo y decisor. Diálogo que permita colocar al nuevo orden social en el lugar que siempre debió ocupar, el de servidor y garante de los derechos de sus ciudadanos, en representante y responsable por sus actos ante las acciones que se acometan, y no al revés.


[1] Término del sociólogo Émile Durkheim en La división del trabajo en la sociedad (1893) y en su obra El suicidio (1897), donde estudia las causas y tipologías de esta conducta y encuentra que se caracteriza por una pérdida o supresión de valores (morales, religiosos, cívicos...) junto con las sensaciones asociadas de la alienación y la indecisión. Y esta disminución de los valores conduce a la destrucción y la reducción del orden social: las leyes y normas no pueden garantizar una regulación social. Este estado lleva al individuo a tener miedo, angustia, inseguridad e insatisfacción.

1 comentario

Entradas Recientes

Ver todo