• Dimas Castellanos

Diálogo y negociación, un camino para la solución de la crisis cubana



Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo con el pueblo, la capacidad de dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad. [...] Hoy, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos pierden. [...] Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta es siempre la misma: diálogo, diálogo, diálogo.


Palabras del papa Francisco en Río de Janeiro


La crisis en que Cuba está inmersa -la más profunda de su historia- es inherente al modelo totalitario. Su evolución ha llegado a un punto en que si no se introducen cambios estructurales, la nación sufrirá un daño irreversible del que todos saldremos perdedores, por tanto, todos tenemos el derecho y el deber de participar en su solución.


Las causas de la crisis se remontan a 1959, cuando el gobierno revolucionario convertido en fuente de derecho, sustituyó la Constitución de 1940 por la Ley Fundamental del Estado Cubano. A partir de ese momento, en medio del conflicto con Estados Unidos y la Guerra Fría como telón de fondo, el primer paquete de medidas de beneficio popular dictado se acompañó de la concentración de la propiedad en manos del Estado, la sustitución de la sociedad civil autónoma por otra subordinada al nuevo poder, y el monopolio de la enseñanza, los medios de comunicación y las instituciones culturales, proceso que se completó con la creación de un solo partido político.


La pérdida de las libertades -oxígeno del organismo social- se tradujo en pérdida de interés por los resultados de la producción y los servicios, generando una crisis sostenida con diversas manifestaciones de inconformidad. En la más reciente de ellas, la protesta masiva del 11-J, sus participantes -jóvenes en su gran mayoría- reclamaban cambios y libertades, a diferencia de sucesos como el "Maleconazo" de agosto de 1994, donde la motivación principal era abandonar el país.


Seis décadas de totalitarismo explican el deteriorado estado de la nación: permanente éxodo, retroceso económico, desilusión, hastío, predominio de una moral tan útil para sobrevivir como dañina para el espíritu. La lección es clara y seca: con una sociedad monopolizada por un Partido, que a la vez es Estado y Gobierno, y un pueblo reducido a la condición de súbdito es imposible la paz, el bienestar y el progreso social.


A partir del reconocimiento de esa situación, cualquier salida tiene que transitar por el restablecimiento de los puentes destruidos: las libertades ciudadanas.


El actual escenario


Los factores internos y externos que permitieron al gobierno cubano eludir los cambios durante décadas, hoy no existen. En su lugar, la combinación entre ineficiencia del modelo, el conflicto con Estados Unidos, la pandemia de la Covid-19, y en consecuencia la incapacidad para honrar la deuda externa, adquirir nuevos préstamos y atraer la inversión extranjera -en la época de la información y las novísimas tecnologías de las comunicaciones-, imposibilitan mantener la misma conducta sin con ello provocar una catástrofe social de incalculables consecuencias. Los sucesos del domingo 11-J lo confirman.


Como el descontento popular es indetenible y la conciencia cívica comienza a despertar de forma masiva, con o sin voluntad política las autoridades tendrán que enfrentar la realidad: la participación de otros actores en los destinos de la nación.


Ante un gobierno fallido, pero que aún conserva los resortes del poder, y un pueblo que está tomando conciencia, aunque desarticulado, la salida sólo tiene dos caminos: la guerra civil o el diálogo-negociación.


Si la guerra es la continuación de la política por otros medios -como la definió Klausewitz-[1], la política es el arte de solución de conflictos mediante el diálogo y la negociación.


La historia demuestra que más allá de "victorias" efímeras y coyunturales, sin remover las causas -por la impedimenta de la ideología o de los intereses contraídos- los conflictos resurgen, tarde o temprano, con mayor violencia.


El diálogo


El diálogo -arte de conciliar intereses-, en lugar de la estigmatización y la exclusión, implica el reconocimiento del otro para participar en condiciones de igualdad y la disposición a ceder en algo. En él las partes se comunican en un intercambio de información, alternándose el papel de emisor y receptor. Asumirlo como esencia de las relaciones humanas exige renunciar al mantenimiento de la supremacía excluyente. Su primera premisa es situar el factor humano como lo primero.


Considerarse en posición ventajosa para rechazar el diálogo e imponer sus condiciones, está fuera de época. La fuerza se emplea para vencer, la negociación para solucionar; por tanto, no existen métodos para la solución de conflictos, sino el método: el diálogo y la negociación como el camino más viable, seguro y positivo para la solución de conflictos. Dialogar no es renunciar ni rendirse, sino una oportunidad única de comunicación directa para aclarar posturas y realizar propuestas de cambios y como los cambios son permanentes, el diálogo constituye una necesidad del presente y del futuro, lo que obliga a potenciarlo como punto de partida, como concepto esencial, como principio rector y como estrategia permanente.


El diálogo implica el establecimiento de canales de comunicación entre los agentes del cambio e incluye a los que se niegan; comprende los esfuerzos previos a la negociación para crear climas de confianza, e implica respeto al otro, flexibilidad, ponderación y objetividad en las demandas. En el caso cubano, el diálogo requiere de un esfuerzo inmenso, dentro y fuera del territorio nacional. Es difícil, pero no hay otras opciones. La convicción de que solucionar la crisis es imposible sin la participación de otras fuerzas, constituye un paso importante previo importante.


Mis consideraciones


A partir de las premisas expuestas, queda claro que el diálogo tiene un objetivo. Dialogar por dialogar carece de sentido. En el caso de Cuba, el objetivo consiste en cambiar, y ese cambio es imposible sin la restauración de los derechos y libertades, para que los cubanos recuperen la condición de ciudadano y participen como protagonistas de los cambios.


El pueblo de Cuba quiere cambios. La pregunta ineludible es: ¿hacia dónde deben dirigirse los cambios?, en respuesta considero:


- La conducta del gobierno cubano de no reconocer otros interlocutores con capacidad para dialogar, no puede tener por respuesta el empleo de la violencia. Precisamente el acudir a ella a lo largo de nuestra historia (independencia o muerte, libertad o muerte, patria o muerte, socialismo o muerte), tiene mucho más que ver con la muerte y con el retroceso sufrido en materia de derechos y libertades.


- El diálogo sin condiciones o bajo condiciones impuestas desde el poder, donde los interlocutores, los espacios y lo que se discute son determinados por el gobierno, encasillado en límites preestablecidos como "dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada", significa cambiar la forma para conservar el contenido y emitir una señal falsa al exterior; por tanto es inaceptable.


-Cambiar sin diálogos implica el empleo de la violencia; el cambio requiere, por tanto, contar con una fuerza simétrica a la del gobierno, algo de lo que se carece y aunque se tuviera sería un nuevo episodio de los continuos fracasos. En el empleo de la violencia se imponen los más violentos, los que luego, convertidos en poder, generalmente resultan peores que los vencidos.


- La reconciliación en Cuba es un proceso tan complejo como ineludible. La reconciliación, como actitud facilitadora, tiene que estar presente antes, durante y después del diálogo; constituye, por ello, premisa, componente, condición y resultado del diálogo; una reconciliación que impida ajustes de cuentas y permita cicatrizar nuestras heridas sin soslayar la verdad, para detener los agravios y evitar su repetición.


Esos presupuestos indican la necesidad de un enfoque integral, que se deduce de la complejidad del objetivo perseguido: un cambio profundo que no puede ignorar lo fundamental: las libertades. Para ello, el dialogo debe ser entre los propios agentes del cambio, y entre ellos y el Partido-Estado-Gobierno.


Para el fin propuesto se requieren acciones conjuntas y simultáneas. El Partido-Estado-Gobierno tiene, definitivamente, que comenzar por profundizar las medidas implementadas hasta admitir la existencia de la empresa privada con personalidad jurídica, sin subordinación alguna a la fallida empresa estatal; con derechos como la libertad para producir o brindar servicios, comprar y vender, al interior y al exterior, sin la intermediación del Estado. Ese primer paso tiene que acompañarse del derecho a la libertad de expresión, la división de los poderes públicos para que el judicial sea independiente y, por último, finalmente, el derecho de los cubanos a elegir libremente a sus dirigentes.


En una oportunidad el papa Francisco, en Río de Janeiro, dijo: Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo con el pueblo, la capacidad de dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad, Y reiteró: Hoy, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos pierden. Y concluyó diciendo: Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta es siempre la misma: diálogo, diálogo, diálogo.

[1] Kart Von Klausewitz (1780-1831), teórico y militar prusiano, autor de la famosa obra “De la guerra”, publicada post-mortem en 1832.

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