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Democristianos, ideas y retos

Actualizado: 10 nov


 Fundador de la Democracia Cristiana
Imagen © Cloud

La Democracia Cristiana es una de las grandes corrientes políticas actuales y fue una de las que marcaron de manera clara la historia de diversos países y regiones durante el pasado siglo. El liderazgo democristiano fue clave o artífice de importantes procesos políticos como: transiciones de regímenes totalitarios y dictatoriales a democráticos, la fundación de la Unión Europea, la unificación alemana, entre otros.


La Democracia Cristiana surgió en la primera mitad del siglo XX, impulsada por católicos comprometidos con la política como el sacerdote Luigi Sturzo y Alcide De Gasperi; en gran medida producto del magisterio social de la Iglesia sobre determinados extremos del capitalismo y frente al comunismo, gran enemigo de la libertad.


Fue en aquella época que la Democracia Cristiana comenzó a elaborar sus bases teóricas, origen que resumió el Dr. Ricardo Arias Calderón (1933-2017), exvicepresidente de Panamá, como: “la necesidad de consolidar y perfeccionar la democracia, liberándola de sus fallas. Había que introducir los valores morales cristianos dentro de la vida política. Había que reorientar el sistema económico, humanizando, contando más con la solidaridad y la cooperación entre los hombres”.


Se trataba de un proyecto necesario e ilusionante, pero cuando justo calentaba motores, Europa entraría en dos guerras, una aventura de horror que marcaría la historia del mundo para siempre. Solamente desde el convencimiento cristiano de que la cruz puede ser parte de algo edificante y desde la confianza en la naturaleza humana, se entiende que líderes democristianos de países como Italia, Alemania o Francia siguieran madurando aquellos ideales y creyendo en su aplicación en la vida política. La Democracia Cristiana (en cada país con sus distintos nombres) asumió el gran reto de consolidarse como una alternativa política en aquella Europa que necesitaba resucitar después de las dos guerras mundiales y ante el acecho del comunismo.


Sobre este reto, en Alemania, uno de los puntos neurálgicos de esa época, el gran político demócrata cristiano Konrad Adenauer expresaba: “Tras el derrumbe de todas las ilusiones fomentadas por una épica siniestra, consumado el falseamiento de todos los valores por obra de los malos dirigentes del pueblo, no era fácil, por cierto, que el pueblo alemán volviese a la moderación y a la cordura y acordarse a la libertad del individuo el lugar que le corresponde. Los principios democráticos que aseguran la protección de la persona humana, la igualdad ante la ley y la libertad personal y religiosa… son principios rectores irrevocables”.


Una lógica axiológica y moral de plena vigencia hoy recordada por el catedrático humanista cristiano español Enrique San Miguel Pérez, en su libro El Siglo de la Democracia Cristiana: “Si la condición humana aspiraba a derrotar al totalitarismo, sin dudas, el más consciente y desalmado de todos sus históricos enemigos, y por ese motivo el más formidable, era necesario que acudiera a todos aquellos argumentos que reafirmaban la naturaleza moral, y no meramente política o técnico-política, de la contienda.”


Tener que cultivarse en contextos como aquellos donde cualquier paso en falso podía prorrogar la escalada, la venganza, tanto a nivel nacional como internacional, hizo que la Democracia Cristiana, desde su respeto al pluralismo, la centralidad y la moderación, se perfilara como el instrumento político idóneo para los grandes cambios políticos del siglo XX; una nueva forma de hacer política, que llegó a otras regiones como América Latina, siendo después fundamental en procesos políticos en países como Chile, Panamá, Guatemala, México, Costa Rica, El Salvador, Venezuela, etc.


En Cuba, hombres y mujeres seguidores del pensamiento demócrata cristiano, como José Ignacio Rasco, estuvieron entre los primeros en denunciar el peligro que representaba el régimen comunista de Fidel Castro y declararse abiertamente en oposición a pesar del entusiasmo que tanto la Revolución como su líder generaban en diversos sectores sociales. En el mismo 1959, José Ignacio Rasco, Valentín Arenas, Melchor y Carlos Gastón, Manolito Guillot, Luis Aguilar León, Manolo Suárez Carreño, Estela Rasco, Rafael Bergolla, Marcos García (Marquitos), Laureano Batista Falla, Amanda Ros, Enrique Ros, entre otros, fundaron en Cuba el Movimiento Demócrata Cristiano, recibiendo ataques incluso desde algunos sectores eclesiales, quizás todavía obnubilados como la gran mayoría de los cubanos. “La revista La Quincena…nos atacaba, igual que los periodicuchos del régimen donde, como decía algún titular, ‘Rasco daba asco’”, contó un día el propio José Ignacio en un artículo.


Desde entonces hasta nuestros días, democristianos han sufrido largos años de cárcel en las prisiones castristas (Reynol González y René Hernández estuvieron presos por más de 15 años), al exilio e incluso, en casos como el de Oswaldo Payá y Harold Cepero, al martirio.


En 1991 un grupo de cubanos provenientes de diferentes sectores del humanismo cristiano fundaron en el exilio el Partido Demócrata Cristiano de Cuba. Entre sus gestores estuvieron personas ya mencionadas como José Ignacio, Reinol y René, así como el Dr. Rafael Sánchez, Alberto Muller, Andrés Hernández, Oilda y Siro del Castillo, Laureano Batista, Marta de Cárdenas, Carmen M. Marth, Raquel La Villa, Yolanda Lindner, Amaya Sánchez, Héctor Carballo, entre otros.


La perspectiva democristiana de la política y el estado laico.


La Democracia Cristiana cree fervientemente en el carácter laico del estado y se ve a sí misma como una opción más dentro de la pluralidad política, en la democracia. Pero esta aceptación de la pluralidad como un valor legítimo no excluye que se crean y se propongan de manera explícita un conjunto de valores de raigambre religiosa o dejar de reconocer el aporte del cristianismo a la democracia. Uno de los problemas que hoy tiene Occidente, y que está en el centro de lo que muchos interpretan como decadencia cultural, es precisamente que muchas agendas políticas quieren obviar esta aportación.


El estadista demócrata cristiano Robert Schuman (1886-1963), ministro de Asuntos Exteriores francés (1948 y 1952) y considerado uno de los padres fundadores de la Unión Europea, dijo en uno de sus escritos: “La democracia, tal como la conocemos en la actualidad, que reconoce la igualdad de los derechos de todas las personas humanas, sin distinción ni excepción, se debe al cristianismo”. “La democracia será cristiana o no será. Una democracia anticristiana será una caricatura que naufragará en la tiranía o en la anarquía”.


Sobre esta importante relación entre el cristianismo y la democracia había escrito Alexis de Tocqueville un siglo antes.


Los éxitos políticos de la Democracia Cristiana, tanto en el sentido de servicio como electorales, han estado marcado por su visión valórica alternativa dentro del sistema democrático.


El filósofo católico francés Jacques Maritain lo explica de esta manera: “…es constatar que la democracia está ligada al cristianismo y que el empuje democrático surgió en la historia humana como una manifestación temporal de la inspiración evangélica. No es sobre el cristianismo como credo religioso y camino hacia la vida eterna la cuestión que aquí se plantea, sino sobre el cristianismo como fermento de la vida social y política de los pueblos y como portador de la esperanza temporal de los hombres; no es sobre el cristianismo mismo como tesoro de la verdad divina mantenido y propagado por la Iglesia, es sobre el cristianismo como energía histórica accionando en el mundo. No es en las alturas de la teología, sino en las profundidades de la conciencia profana y de la existencia profana…”


A los partidos demócrata cristianos han pertenecido personas que profesan diferentes religiones o que no profesan ninguna. Hay países en los cuales la democracia cristiana ha contado con una importante membresía judía o musulmana. A pesar de que en la práctica no ha sido un obstáculo, muchos partidos demócrata cristianos sin abandonar sus principios han decidido cambiar sus nombres para facilitar la entrada de ciudadanos de diferentes religiones. También la Internacional Demócrata Cristiana abrió las puertas a los partidos populares, y a otros de raíz, tanto humanista cristiana, como busdista o musulmana, en un esfuerzo por sumar a todo el centro político. Hoy conviven en la Internacional Demócrata de Centro (antigua Demócrata Cristiana) partidos de centro derecha y de centro izquierda.


Algunos principios y propuestas


1. La persona humana como centro


Para la democracia cristiana toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios y está dotada de manera inmanente de derechos naturales y de dignidad. “El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana”, dijo Pablo VI en Octogésima Adveniens.


Ni el estado ni la colectividad ni el mercado pueden estar por encima o ir en detrimento de esos supuestos que le son anteriores. La política desde nuestra perspectiva debe estar orientada hacia el respeto a esa dignidad. "Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre", expresó Martí.

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Tener a la persona como centro de la acción política siempre nos obliga a evaluar si nuestras propuestas son buenas para los ciudadanos y sus familias en el corto, mediano y largo plazo, por ello en el contexto cubano siempre hemos defendido las agendas humanitarias.


Humberto Esteve Abril, uno de los grandes democristianos cubanos con una importante carrera internacional asesorando a gobiernos en la implementación de sistemas económicos libres y eficientes, en su libro “Mi tiempo” dice: “El norte de mi brújula vital lo ha orientado el Evangelio. ¿Qué hago yo por el bien del prójimo? Esa es una pregunta que continuamente me formulo”.


No se respeta la dignidad donde la persona no es libre para tomar las decisiones que en conciencia entiendan correctas siempre que no hagan daño a otros.[1] Obviamente las consecuencias del ejercicio de la libertad están constantemente sometidas a esa tensión entre la libertad individual y la responsabilidad, debate que afecta derechos que también son naturales.


Desde nuestro punto de vista político, la democracia es el sistema que más respeta la libertad y demás derechos humanos, por ello la defendemos a rajatablas; y creemos en el reformismo como método para perfeccionarla. La democracia que no se reforma y no tiene sus propios métodos para atender a las exigencias lógicas de las sociedades, puede ser atacada por los populistas o por las fuerzas antidemocráticas, como pasó en Venezuela y otros países de nuestra región.


2. El bien común


Hay quien entiende el bien común como la suma del bien de todos o como el bien de la colectividad. Para nosotros el bien común está en sintonía con lo expresado por el Papa Juan XXIII, al considerarlo “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia”.


Estas condiciones abarcan muchos aspectos de la vida de un país: son jurídicas, educacionales, culturales, etc. Nuestra idea de bien común apunta a unos elementos que permitirán a la persona humana tener unas condiciones para desarrollarse en plenitud; aunque no exclusivamente, tiene mucho que ver con igualdad de derechos y no con el igualitarismo comunista.


Hay cubanos que viven en sociedades libres y que no entienden que sus impuestos vayan a políticas sociales de justicia social. Para ellos esto es socialismo, ven como una injusticia que le quiten dinero vía impuestos para ayudar a otros. Pero esta idea a veces no tiene en cuenta que ellos mismos disfrutan el bien común, que todos nos beneficiamos del dinero que desde los presupuestos nacionales o locales se invierte, por ejemplo, en infraestructuras, en seguridad, en desarrollo cultural, etc.


La construcción del bien común, como la idea de justicia social son elementos que debemos tener muy presentes en la Cuba postsocialista, debido al deterioro generalizado de casi todos los ámbitos de la vida social (familia, educación, cultura, servicios públicos, seguridad, etc.) y dentro de éste el empobrecimiento de todo el país.


3. La economía social de mercado


La Economía Social de Mercado (ESM) surgió en la Alemania de la posguerra y fue impulsada principalmente por los economistas Ludwig Erhard y Alfred Müller-Armack, ambos integrantes de la Unión Cristiano Demócrata alemana.


Para Müller-Armack la ESM busca "vincular el principio de la libertad de mercado con el de la compensación o equilibrio social"; o dicho en otros términos, también del mismo economista: "En base a una economía de competencia, vincular la libre iniciativa con un progreso social garantizado por los rendimientos de la economía de mercado". Este es el modelo que logró el gran milagro alemán, el mismo que ha sido aplicado de manera renovada y adaptado a las nuevas realidades en otras partes.


La ESM encuentra fundamentación política en la observancia de dos principios esenciales: la libertad individual y la sensibilidad social. El primero tiene que ver, como dijo el propio Ludwig Erhard, con el derecho de cada uno a decir "yo quiero valerme con mis propias fuerzas, quiero soportar por mí mismo el riesgo de la vida, quiero ser el responsable de mi destino". Mientras el segundo principio tiene que ver con el reconocimiento de la dignidad de nuestros semejantes, la dimensión comunitaria de la vida y la toma de conciencia de que por diversas razones no todas las personas pueden valerse por sí mismas, de que en una sociedad las cosas les pueden ir peor a unos que a otros.


El equilibrio entre estos dos principios influirá en el grado de cohesión de una sociedad. En palabras de la canciller alemana Angela Merkel: "La economía social de mercado siempre se enfrentó a la división de la sociedad. Es un sistema que tiene como centro la cohesión social. Trata de forjar alianzas".


Pero la ESM solamente se puede construir en una democracia. Bien lo escribe el laico católico cubano Helio Jorge González en una de sus reflexiones, donde además deja una audaz invitación: “No puede desarrollarse un modelo de ESM en una dictadura, necesita de la libertad, un modelo en libertad aspira a la democracia y un modelo puede preciarse de democrático si respeta la dignidad humana. ¿Palabras huecas? La República Federal Alemana respondió a la hecatombe nazi con el desarrollo en democracia y libertad de un modelo económico con estas características, analicémoslo y veamos si es exportable, muy especialmente para el futuro de Cuba.”


De la concertación entre demócratas al consenso nacional.


Para la Democracia Cristiana, tan importante como los principios antes mencionados es su opción por la concertación entre demócratas y la construcción de amplios consensos nacionales. Ambas cuestiones entrañan marcadas dificultades, en especial en contextos históricos altamente polarizados, ya sea bajo dictaduras como en democracias.


Es raro encontrar un político que no se declare tolerante, pero muy pocos entienden que el pluralismo implica aceptar como legítima la opción política democrática del otro. En contextos totalitarios la concertación entre demócratas es una exigencia para el éxito de la transición. Normalmente poner punto final a este tipo de regímenes y transitar a la democracia es algo tan complejo que un solo grupo político o social no podría por sí solo. En el caso cubano ese ha sido el espíritu que ha movido a que democristianos se hayan coaligado a principios de los noventa con liberales y socialdemócratas en la Plataforma Democrática Cubana o promovido la concertación Consenso Cubano, con la participación de las más importantes organizaciones políticas y sociales del exilio cubanos a inicios del presente siglo. Marcelino Miyares, ex presidente del Partido Demócrata Cristiano de Cuba, fue uno de los principales promotores de esta concertación y uno de los líderes democristianos que más han resaltado la importancia de que los demócratas nos pongamos de acuerdo en aquello que nos une. Si bien ninguna de estas concertaciones ha logrado la liberación de nuestra patria del yugo comunista, sí realizaron una importante labor internacional y tuvieron la atención de diversos gobiernos democráticos, incluido el norteamericano.


Ahora vivimos tiempos de muchos proyectos y declaraciones. A cada rato alguien nos pide nuestra firma o apoyo para alguna iniciativa o alianza, pero la mayoría tienen muy poco recorrido. Quizás sea porque construir una concertación es tener en cuenta al otro no como simple apoyo a lo que ya alguien “cocinó”, sino como parte íntegra y legítima del proyecto. El interés por figurar y no respetar ciertas reglas de respeto a quienes se pretende sean parte de un proyecto de concertación, están entre las causas del fracaso de la mayoría de estos. Al decir de algunos la mayoría de estos grupos y proyectos son una ficción. Aunque la política, como otros ambientes sociales, está llena de ficciones, pareciera que en un escenario de lucha -a veces descarnada- por el poder real si habría que tomar en cuenta al otro. Quizás la ficción va develando cómo algunos se comportarían en otros escenarios.


Mucho más compleja que la concertación entre los demócratas es la opción por consensos nacionales, en especial si ello en determinados contextos históricos implica tener en cuenta las propuestas, temores e intereses de quienes durante mucho tiempo fueron parte de un régimen opresor, aunque sin tener sus manos manchadas de sangre. Es uno de los grandes retos del consenso en países en transición, pero el liderazgo democristiano ha sabido asumirlo sin caer en la impunidad.


En una ocasión le preguntaron al Dr. Ricardo Arias Calderón, exvicepresidente de Panamá y líder de la transición en su país, sobre los acuerdos parlamentarios de su partido con sus antiguos adversarios políticos del Partido Revolucionario Democrático (aunque el poder en Panamá realmente lo tenían los militares y no el PRD), le recordaban que él había sido fuertemente perseguido por la despiadada dictadura de Noriega, a lo que el Dr. Arias Calderón respondió: “El país no puede seguir siendo prisionero de su pasado, la memoria está viva pero el futuro está abierto”. Los propios ciudadanos le han dado la razón al pasar página de manera electoral al menos en tres ocasiones.


La búsqueda de consensos tiene otros retos importantes desde el punto de vista político, entre ellos, no perder la identidad o abdicar en los principios. La otra cara de esta moneda tiene que ver con aquello de nuestras propuestas que estamos dispuestos a sacrificar para lograr un consenso. La Democracia Cristiana ha sido la corriente impulsora de grandes transformaciones en muchos países porque ha logrado armonizar estos elementos aparentemente contrapuestos; ha superado la barrera política establecida por la lógica de las palomas y halcones y, sin abandonar sus principios, ha sacrificado no pocas veces propuestas maximalistas. Obviamente, su marcado carácter centrista moderado ha influido mucho en ello, pues al final la política es el arte de hacer posible lo necesario.


La comunidad democristiana cubana, con sus diferentes tendencias internas, cuenta con personas con un historial de entrega a la patria y una experiencia política que pueden aportar mucho a un proceso de transición democrática y a la construcción de una nueva Cuba donde la persona sea el centro y fin de todo. Líderes como Andrés Hernández, hoy presidente del PDC de Cuba y vicepresidente de la Internacional Demócrata de Centro, Eduardo Cardet, actual líder del Movimiento Cristiano Liberación y vicepresidente honorario de la Organización Demócrata Cristiana de América, y Orlando Gutiérrez Boronat el presidente del Directorio Democrático Cubano; lista que incluye a otros cubanos y cubanas, residentes dentro y fuera de la Isla, que todos los días trabajan inspirados en estos valores.


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