• Ernesto Gutiérrez Leyva

De zares a soviets y oligarcas: la continuidad


Imagen © AFP

El conflicto que sacude el Este de Europa ha acaparado los titulares de todo el mundo: la poderosa Rusia invade Ucrania. La Habana no ha tardado en hacer gala del doble rasero que ha caracterizado su política exterior -apoya las invasiones soviéticas a Hungría (1956) Checoslovaquia (1968) y Afganistán (1979), valida la campaña rusa en Georgia (2008) y aplaude la anexión de Crimea (2014), mientras recrimina a Estados Unidos por el irrespeto a la soberanía de las naciones.


Sí, ese mismo gobierno que desde una pose de injustificada superioridad moral exige hasta la condena a la voladura del Maine como requisito previo a admitir cualquier observación medianamente crítica al Kremlin, parece no entender al menos dos cosas: en primera que después de décadas de demonización propagandística a los norteamericanos, es de esperar que los cubanos veamos ya (casi) como algo normal que USA emprenda intervenciones militares, pero cuando esto lo hace uno de los mayores aliados de La Habana, dizque adalid del derecho de autodeterminación de los pueblos, la sorpresa es inevitable.


El otro punto que obvian en la cancillería cubana es que estamos ante una Crisis de Octubre a la inversa, y que legitimar la invasión de una potencia a sus vecinos bajo razones de seguridad nacional, santifica una hipotética cruzada norteña contra Cuba. Actualmente, solo el desinterés de la Casa Blanca evita este escenario. Como si el apoyo de La Habana a Vladimir Putin no fuera suficiente para en puro acto reflejo apoyar a Kiev, hay razones de sobra que moralmente inclinan la balanza a favor de los ucranianos.


La relación de larga data entre ambas nacionalidades se remonta a tiempos inmemorables, cuando el Principado de Kiev era el epicentro del mundo eslavo y Moscú apenas una ciudadela anodina. Ambas nacionalidades vincularon sus destinos durante el Imperio ruso después de que la zarina Catalina II anexara los territorios que mayoritariamente integran la actual Ucrania. Rusos y ucranianos “no pudieron evitar” verse nuevamente ligados durante el periodo soviético, etapa en que bajo Nikita Jrushov quedaron definitivamente delimitadas las fronteras entre ambas repúblicas soviéticas, las cuales serían ratificadas por ambas naciones ya independizadas tras la debacle de la URSS, en diciembre de 1991.


Después de que la OTAN accediera a incorporar en sus filas a países del bloque del Este -como Polonia, República Checa, Hungría, Rumanía o que pertenecieron a la propia Unión Soviética como Estonia, Letonia y Lituania- o lo que es lo mismo, después de expandirse hasta llegar a las fronteras rusas, contraviniendo lo prometido a M. Gorbachov, V. Putin ve como Ucrania amaga también con salirse de su esfera de influencia celebrando un acuerdo de cooperación con la Unión Europea y como represalia toma Crimea en 2014, abriendo (otro) foco de conflicto en lo que Moscú considera el “extranjero próximo”.


Conocer la cosmovisión rusa es imprescindible para entender -jamás justificar- la actitud del Kremlin. Imaginemos que el precio a pagar por librarnos del actual régimen que nos aqueja sea ver cómo nuestro Archipiélago se deshace en sus quince provincias, que de la noche a la mañana se tornan en Repúblicas independientes. ¿Sería lógico que hubiera cubanos que deseasen la reunificación de Cuba? ¿Se convertirían automáticamente en castristas por ser este el último régimen político que gobernó el país?


Vladimir Putin pertenece a la generación de rusos que vio como en un día las fronteras de su país retrocedían a los límites del siglo XVII, y a millones de compatriotas -rusos étnicos o no- y territorios culturalmente identitarios como Ucrania, convertidos en extranjeros.


¿Quiere el presidente ruso restaurar la URSS? “Niet”. Va a por la Rusia histórica, no tiene el más mínimo interés en restaurar el comunismo. Ese señor es un conservador iliberal. Pocos motivos tengo para elogiar a la izquierda y menos deseos aún de librarla de una oveja negra, pero los hechos son los hechos: Putin es el líder de Rusia Unida, que se ufana de ser el partido del conservadurismo ruso, es decir, es moralmente conservador, abiertamente anti lgbti, reacio a la migración extranjera y aliado de la Iglesia Ortodoxa rusa. Poco que ver con las actuales izquierdas europeas. Si el líder ruso genera simpatías en cierta izquierda, se debe a su talante antinorteamericano y su impugnación a Occidente (el orden liberal), pero nada más. Sí, era un funcionario de la KGB, pero su trayectoria en el poder (desde 1999) lo asemeja más a Bolsonaro o Viktor Orbán que a Lula o Mujica.


En realidad, el punto es menos importante de lo que parece; a Putin hay que leerlo en clave rusa, y su nacional-conservadurismo es “continuidad” de tendencias ideológicas rusas de larga data que coinciden en alejar a Rusia de Occidente: ya sea el rancio nacionalismo que de la mano del cristianismo ortodoxo fue la médula espiritual del Imperio ruso, o el de corte paneslavista tan influyente en la última etapa de los Romanov, pasando por el comunismo soviético. Hay aspectos que han permanecido invariables en la política exterior rusa: la sensación de inseguridad ante la ausencia de barreras naturales que resguarden sus fronteras, el temor a ser aislada marítimamente y el correspondiente discurso victimista frente a un Occidente que siempre le aventajó económica y en cierto modo cultural y militarmente.


El deseo de alejar las fronteras de su centro neurálgico (el eje Moscú-San Petersburgo), y acceder a “puertos calientes” (libres de hielo durante el invierno) explican la anexión de Polonia bajo Catalina II, que su nieto Alejandro I anexara Finlandia o que Nicolás II buscara controlar el acceso al Mar Negro tras la Primera Guerra Mundial. Nadie fue tan exitoso en estos objetivos como Stalin, el zar rojo. Con el Campo Socialista en Europa del Este logró todos los objetivos antes planteados. Pedro el Grande habría estado orgulloso. Sin embargo, la incapacidad rusa -o soviética, a efectos prácticos es lo mismo- de desarrollar una economía eficiente terminaría dando al traste con el imperio de los zares rojos.


Lo digo por lo claro y sin complejos: yo soy rusófilo, y no hay motivo para renegar de ello; no deben confundirse a tirano y Nación, máxime cuando tantos rusos salen a las calles a protestar en las fauces del dictador, afrontando las consecuencias que tiene protestar en una dictadura. Mientras en Occidente, de Maduro a Le Pen miran con tibieza o franco contubernio al Kremlin, el latente descontento del pueblo ruso presta un servicio actual y potencial mucho más valioso al pueblo ucraniano y al orden liberal occidental. La guerra no es popular en Rusia, esta vez el Kremlin no ha podido vender el relato, y las protestas en un país que apenas empieza a sentir las sanciones occidentales son prueba de ello.


Me parecen perfectamente legítimas las ansias integradoras de los rusos, siempre y cuando se haga de forma pacífica, tratando a los demás países del espacio post soviético como iguales, nunca como vasallos. Hoy lo tengo claro: desde Stalin, nadie ha incentivado tanto el sentimiento antirruso en Europa como Vladimir Putin.


Este megalómano con ínfulas de zar -pero de una Rusia mucho más reducida- se encuentra con un Occidente que inesperadamente reacciona con relativa unidad a favor de Ucrania, y a sus “hermanos menores” seducidos (mayoritariamente, el Donbas es eminentemente prorruso) por la idea de ser miembros de la Unión Europea, alejándose definitivamente de los brazos de la Madre Rusia.


Ha apostado todas sus cartas a la invasión, por lo que tiene que sacar algún rédito, o al menos aparentarlo, de lo contrario su prestigio de matón a nivel internacional y su propia autoridad doméstica se verían fuertemente cuestionadas. Aunque la superioridad militar rusa frente a Ucrania es indiscutible, la campaña no ha sido la guerra relámpago que esperaban en Moscú, no solo por la inesperada reacción ucraniana sino por limitaciones del lado ruso: proliferan imágenes de vehículos blindados abandonados en las vías ucranianas. Ello podría deberse a problemas logísticos o a deserciones de soldados que reacios a combatir en una guerra que no entienden contra un pueblo hermano, se regresan a casa.


Por el lado ucraniano ha habido una auténtica reacción patriótica que todos deberíamos agradecer. En Europa del Este no combaten solo Ucrania y Rusia, es un auténtico duelo entre dos cosmovisiones: la occidental (con todos los defectos que pueda tener) frente a un coloso totalitario (Rusia es hoy totalitaria) que pretende aplastarlos con sus pies de barro. La comprensión consciente o no de este factor, explica quizá la reacción de la opinión pública occidental que obligó Washington, Londres y Bruselas a adoptar medidas realmente duras contra Moscú.


Otro factor nada despreciable, y una feliz sorpresa, es Volodímir Zelensky. Este Churchill ucraniano procede del mundo del espectáculo, bien distante de la lógica de las estructuras soviéticas en que se forjaron la mayoría de los actuales líderes del espacio post soviético, de ahí que sus formas, su mero trato personal, mucho más occidental, sean de entrada exasperantes para el ex agente de la KGB.

Hacer un pronóstico sobre qué ocurrirá me es particularmente difícil: para empezar porque nunca creí que el Kremlin se atrevería a invadir. En este punto hasta me cuestiono la capacidad de discernimiento del líder ruso. Negociar no será fácil, Putin -reitero- tiene que obtener algún beneficio de todo esto, y Zelensky, devenido en símbolo de la resistencia ucraniana, tiene difícil hacer concesiones: inclusive reconocer a Crimea -a la que todos ya dan por perdida- como parte de Rusia tendría un coste político enorme.


Mientras el mundo observa desconcertado a un Biden que en cínico acto de pragmatismo político se acerca al petróleo de Maduro, en Moscú saben que prolongar demasiado las hostilidades los desangrará financieramente y que la alternativa a Occidente es volverse aún más dependiente de China, con quien compite por influir en Asia Central.


La actitud de China ha sido una sorpresa para un Moscú que esperaba un apoyo más determinante de su principal aliado en la cruzada contra Occidente. En Beijing se han puesto de perfil y no es para menos: ahora tienen sus propios problemas internos -como la burbuja inmobiliaria. A los chinos no les conviene elevar demasiado el tono porque en Occidente ya hay quien se pregunta qué podrían haber hecho si invasora e invadida hubieran sido China y Taiwán respectivamente.


¿Cómo se le sanciona a China? Además, de Taiwán provienen casi todos los semiconductores que se utilizan en el mundo. Una guerra allí pondría en peligro la cadena de suministros a nivel global, y a China no le conviene alentar esos temores. Por otro lado, China piensa que podrá aplicarle a Rusia la llamada diplomacia del sugar daddy, o sea, va a esperar a que un Moscú aislado sea tan dependiente de ellos que no se pueda negar a las más estrambóticas reclamaciones chinas.


El aislamiento ruso, su sustracción de los mercados occidentales, y el papel de China como principal interlocutor entre Moscú y el resto del mundo, reforzarían demasiado a Beijing. Esto Estados Unidos buscará evitarlo a toda costa. Creo que seguiremos encontrando paralelismos con la Crisis de los misiles. Al igual que Fidel Castro entonces, Zelensky quedará probablemente apartado de una negociación entre los grandes poderes. Rusia presentará sus exigencias. No tengo claro cuánto esté Occidente dispuesto a ceder, pero no tengo dudas de que serán los ucranianos quienes paguen la factura.






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