• Andres Alburquerque

Cuba futura



Para cumplir con la loable tarea de hipotizar una Cuba futura se hace imperativo cumplir con el prosaico deber de asegurarnos que exista aún una Cuba; una Cuba cualquiera; pues el desgaste provocado por seis décadas de experimento kafkiano ha conducido a la Isla a un pernicioso proceso de extinción en todos los sentidos; incluyendo el físico.


Se habla con frecuencia de daño antropológico y de heridas abiertas en la psiquis del pueblo cubano; se plantea que, si bien la recuperación económica pudiera resultar mucho más célere de lo que pensamos, la meta de ser un país normal con civismo y normas se nos antoja peligrosamente lejana.


De tal suerte se presentan persuasiones que reflejan los siguientes escenarios:


1- El diálogo como modo de llegar al cambio.


2- El cambio sin diálogo.


3- La intervención extranjera.


El cambio a través de diálogo me resulta preocupante; en primer lugar, porque las dictaduras no dialogan sino ordenan y este régimen ha demostrado una y otra vez que no es partidario del diálogo; así las cosas, cualquier diálogo sería su modo de ganar tiempo y enturbiar las aguas y si resulta que aceptara el diálogo a causa de su debilidad no valdría la pena dialogar, sino que deberíamos obligarlos a largarse sin más dilaciones. Dentro de la comunidad persiste la sospecha de que el diálogo es el arma de algunos en el exilio para asegurar posiciones ventajosas en una Cuba de mañana desde el punto de vista económico; persiste la punzante sospecha de que los llamados a dialogar sean dictados por promesas de la Junta a algunos emprendedores tramitados, comprometidos o reclutados que no ven la caída de la Junta cercana y prefieren asegurar el monopolio sobre tal o cual negocio; para estos “magnates” criollos la actual situación durará aún otros sesenta años y optan por priorizar sus bolsillos sobre la justicia y la lógica


El cambio sin diálogo, por el contrario, resultaba igualmente preocupante hasta hace poco tiempo; hoy, luego de haber presenciado lo ocurrido el pasado 11 de julio, no existe pensador con una cierta objetividad que no se percate de lo endeble, raquítico y frágil que es en realidad la camarilla que reina en La Habana; por lo cual la tentación de cambiar sin hablar ha aumentado considerablemente y para muchos es ahora el bando de la opresión el que pierde por tiempo. La interrogante sería: ¿le continuamos dando oxígeno a estos con el diálogo o presionamos el acelerador y que sea lo que Dios quiera? Cada vez hay más compatriotas que se alinean en este grupo y critican ásperamente la menor insinuación de diálogo.


Sobre la intervención extranjera no parece haber consenso y, si bien algunos cubanos americanos abogan por esa opción, ahí está el espectro de Afganistán que se yergue entre ellos y la realidad. A decir verdad, se hablaba de intervención humanitaria, pero con la proverbial inclinación que arrastra el poder en Estados Unidos, más allá de quién esté en La Casa Blanca, de complicar las cosas hasta lo infinito, cabe siempre el espacio para la aprensión y el celo.


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