• David Corcho

Cuba ante el espejo de las transiciones políticas: entrevista a Sergio Bitar

Actualizado: 20 jul


Imagen © CEDOC

¿Las experiencias de transición a la democracia tienen algo que enseñar a los cubanos? Esa fue la pregunta que nos impulsó a realizar esta entrevista a Sergio Bitar, exministro de Salvador Allende, Michel Bachelet y Ricardo Lagos, con vasta experiencia tanto en la oposición a la dictadura de Pinochet como en la política del Chile democrático. Además de esto, Bitar es un estudioso del tema; su libro Transiciones democráticas: enseñanzas de líderes políticos aborda el tema desde una perspectiva sui generis: la visión de sus protagonistas, hombres implicados de lleno en las luchas políticas de su momento.


Una advertencia al lector: las experiencias de Chile, Brasil o Argentina iluminan imperfectamente el caso cubano. Aquellas naciones tienen una historia distinta a la nuestra. Nuestro país tuvo una experiencia republicana corta; Chile, por el contrario, fue desde la independencia una de las repúblicas más estables y longevas del continente. La democratización de su régimen político, desde el orden oligárquico del siglo xix hasta la democracia plena del xx, recuerda más a Gran Bretaña que a Cuba, sacudida por revoluciones y golpes de Estado. Las autocracias de Pinochet y Suharto fueron regímenes crueles, pero de corta vida, y acaso nunca desearon eternizarse. En cambio, el régimen cubano es de otra naturaleza: surgido de una revolución popular, imitó a los de estilo soviético, pensados para durar décadas y extremadamente difíciles de cambiar desde adentro. Las dictaduras latinoamericanas toleraron partidos políticos de oposición, medios de prensa autónomos, universidades incómodas y subversivas; Fidel Castro extirpó de raíz cualquier atisbo de crítica social. Las transiciones políticas de América Latina, Asia y África son experiencias útiles, pero nacieron de circunstancias históricas distantes de nuestra realidad. Debemos contemplarlas con admiración y al mismo tiempo con reservas. Nos interrogan más que aconsejarnos. Tal vez se deba a que el linaje político de nuestro país es una singularidad, rama torcida por el viento de la historia, cuya fuerza no ha logrado desprenderla del tronco común americano. Durante sesenta años, hemos sufrido los caprichos de dioses distintos: nuestra crítica de sus mandatos tendrá que hacerse con otras palabras. Nadie puede guiarnos: tenemos que encontrar una voz propia.


A su juicio, ¿cómo afecta la mala conducción de la política económica a un proceso de transición?


Una economía chica y cerrada tiene poco margen de progreso. En este sentido, es una mala política y trae consecuencias negativas para cualquier nación. Una buena política económica debe insertarse en la economía mundial. La globalización impone límites y requiere políticas flexibles para adaptarse a la incertidumbre.


Una pregunta recurrente es si una mala situación económica ayuda o no a la transición democrática. Mi opinión es que una economía que progresa mejora las condiciones para la libertad política. Una economía deprimida, con familias que luchan por comer, tiene menos energía social para presionar por el cambio.


En consecuencia, los que quieren democracia no debieran oponerse a que la economía se abra, diversifique, cree nuevas empresas medianas y pequeñas, estimule el emprendimiento. Una vez que va mejorando la economía, es muy difícil que el Gobierno revierta esa tendencia, el costo político sería mucho mayor.


Atendiendo a la experiencia chilena, que pudo destruir la dictadura desde adentro, ¿cuál sería el camino cuando no hay oportunidades de cambio desde dentro del sistema político?


“Pudimos terminar con la dictadura en el plebiscito de 1988, plebiscito que estaba estipulado en la propia Constitución impuesta por Pinochet en 1980”. Intentamos tumbar a la dictadura por la movilización social, sin éxito. Pero la movilización ayudó a quebrar el miedo y luego participar masivamente en un plebiscito, y nos organizamos para esa ocasión, a pesar de los riesgos de fraude. Nunca pensamos que no nos quedaría más opción que someternos a ese plebiscito. Pero esa fecha preestablecida nos obligó a concentrar las energías y jugarse por una salida, parcial o plenamente democrática.


Quienes gobiernan no son inmunes a la presión social. El descontento e inquietud penetra en las filas de los que gobiernan, comienzan a debatir opciones para resolver o disminuir esas tensiones. En suma, es necesaria una presión social permanente y, al mismo tiempo, bregar por un mecanismo institucional y un momento que permita al pueblo dirimir. Y las fuerzas políticas democráticas deben coordinarse y tener una sola voz. Ello es una condición esencial. La dispersión debilita. Es mejor que cada uno ceda, y coincidan en un denominador común.


A su juicio, ¿qué tiene más peso para generar un proceso de transición del autoritarismo a la democracia: la movilización popular «desde abajo» o la escisión de un sector de la élite política autoritaria?


Todos los cambios institucionales que he estudiado muestran que ellos no se producen por voluntad del dictador ni del partido que detenta el poder. Siempre requieren dos acciones simultaneas: a) el mayor grado posible de movilización de las organizaciones sociales exigiendo la solución de problemas concretos, la defensa de los derechos humanos, la exigencia de más bienestar económico, propuestas institucionales para emparejar la cancha, y la solidaridad internacional. Y b) exploración de coincidencias parciales con disidencias en sectores de gobierno. En la mayoría de los casos de transiciones se producen avances parciales, en lugar de plantear una amenaza frontal a todos los que detentan el poder.


Frente a un sistema autoritario que da signos de «relajamiento» y ofrece oportunidades de participación limitada, ¿el camino debe ser la colaboración o el boicot?


Ambos caminos deben recorrerse paralelamente. La colaboración debe estar condicionada a la adopción de normas que permitan la competencia democrática. Un sector, ojalá mayoritario, debe aprovechar cada oportunidad de avance, aunque sea limitado. Una de las lecciones de las transiciones exitosas es ir abriendo espacios progresivamente, aprovechando cada oportunidad.


Y habrá otros sectores que plantearán que todo es insuficiente, y buscarán caminos de confrontación. Hay que coordinar para no anularse mutuamente. La fórmula más eficaz es ejercer presión máxima y aprovechar cada oportunidad para conseguir una dinámica de apertura.

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