• Roberto Veiga González

Coloquemos en el centro de la política esa solución que urge en Cuba


Imagen © Teresa Pérez

Algunos esbozan escenarios de lo que ocurrirá en Cuba dada la horrenda crisis económica, social y política. Pero hacerlo es difícil, porque implica prever dinámicas de diversos segmentos y ámbitos, si bien no caben dudas de que el país no podrá seguir así, y algo sucederá.


Observadores de otros lares consideran factible un estallido social que agote, definitivamente, al Gobierno y las estructuras que actualmente languidecen y afectan la nación. Mas estiman que, a pesar de que tal derrota provendría del empuje social, esto no tendría que implicar un siguiente protagonismo de la ciudadanía, porque no existe sociedad civil organizada, sino solo actores relevantes y conocidos sin proyectos programáticos y coordinados. En este caso, sospechan, cubanos ubicados social/política/económicamente del actual poder y de otros espacios establecerían una nueva élite que gestionaría un nuevo Estado.


También estiman que actores del poder podrían pronosticar este escenario y, dado que los intereses reales ya no son ideológicos, inicien determinada apertura que necesitaría del emprendimiento social, por lo cual facilitarían algún desarrollo de la sociedad civil, aunque lo más limitada posible. En este caso, señalan, tal vez establezcan una especie de «democracia oligárquica» que pudiera evolucionar hacia un Estado de Derecho solo si las sociedades civil y política lograrán desarrollos auténticos y autónomos.


Tal pesimismo descansa en dos criterios extendidos. Primero, que somos un pueblo dañado en lo humano y por eso cuasi incapaz de civismo. Segundo, que expresamos nuestros males, acaso logramos diagnósticos, somos parcos en propuestas y nulos operando la política; es más, que confundimos esto último con meros actos simbólicos. Quizá, sostienen estos observadores, en el mejor de los casos predicamos, mas de ningún modo hacemos.


No comparto el primero de los pesimismos. El pueblo cubano sí es capaz de civismo. Tal vez fuera posible observar nuestros déficits en la mayoría de las sociedades si estuvieran en condiciones idénticas a las nuestras; incluso, quizá una parte de ellas no alcance nuestra integridad ante lo adverso.


En cuanto al segundo pesimismo, pues no hay otra opción que aceptarlo. Realmente, exteriorizamos nuestros dolores, que son numerosos y profundos, lo cual es legítimo; cuestionamos la realidad que nos quebranta, y ello resulta justo; predicamos una especie de «salvación», de seguro necesaria; pero no acometemos tales prédicas; y en general, cuando acometemos, no operamos la política. Ello es fatal, pues solo la acción convierte las ideas en historia.


No llegamos a este instante histórico siendo una sociedad civil vital y en diálogo, con acuerdos sobre los grandes temas nacionales, a modo de horizontes sólidos, y hábil en procedimientos políticos. Por ejemplo, nos enfrentamos entre actores sociales porque, para unos, la presión resulta el camino único, y para otros el diálogo, cuando presión y diálogo son componentes inseparables de una genuina batalla política. Nos enfrentamos porque para algunos la derecha política no debería forma parte de Cuba y para algunos otros la izquierda política no debería contar jamás, cuando la democracia es precisamente una oportunidad política para todos, o no es. A la vez, ni siquiera hemos alcanzado consenso sobre los fundamentos primarios de la República democrática por la que abogamos.


Otra calamidad nos afecta: a fuerza del rechazo al Gobierno, a veces queremos adaptar las posibilidades reales de cambio político a la satisfacción de nuestras emociones. En estos casos, por ejemplo, apelamos a no participar de gestiones políticas hasta que desparezca el último de los integrantes del régimen, como si no hiciera falta que participemos para que algún día ellos no ocupen tal sitio. Además, porque esa especie de «abandono» limita aún más la probabilidad de unas sociedades civil y política auténticas y autónomas, capaces de evitar que cualquier reforma desde el poder sea exclusivamente a favor de sus intereses por medio del establecimiento de alguna «democracia oligárquica». Incluso, cualquier negociación de actores ciudadanos con el actual gobierno podría resultar sumamente legítima de hacer avanzar de manera real y cierta los Derechos Humanos, el imperio de la Ley, la democracia y el bienestar de todos los cubanos.


La política exige de una racionalidad que no sucumba ante lo emocional. Esto no implica convertirla en mero cálculo oportunista, sino en eficacia, lo cual resulta únicamente cuando la razón soslaya las exaltaciones de los instintos, pero ancla en esa fuerza humana que solo proviene del corazón.


Aún es posible la esperanza. Ella proviene de una zona ciudadana que acaso emerge, capaz de imponerse al dolor y las emociones para colocar en el centro de la política esa solución que urge en Cuba, e imponerla a través del arrojo y la fascinación.

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