• María C. Werlau

Aporte a “Por una Cuba Próxima”

Actualizado: oct 1

Por María C. Werlau


Bienvenido sea el nuevo espacio Por una Cuba Próxima, creado “para discutir, dialogar y discrepar civilizadamente en aras de idear e impulsar un futuro mejor para los cubanos.” Roberto Veiga, quien lo dirige y tan gentilmente me ha invitado a participar, ha escrito (“Por una Cuba Próxima: ocho preguntas para entender su perspectiva,” 17/5/2021): “Debemos mirar al futuro con realismo y sentido de urgencia. El único modo de lograrlo es afrontando, sin cortapisas, los principales desafíos nacionales. La solución del país será con todos -realmente- o no habrá solución. Marchamos juntos, si bien libre cada cual y cada propuesta, o sólo podremos esperar un presente perpetuo -inclusive cada vez más decadente.” Concuerdo plenamente y, a continuación, comparto mi visión personal, ya que no me corresponde opinar por los demás gestores de Archivo Cuba.


Comparto el sentido de crisis de un pueblo en “estado de desesperanza y reclamo.” Cuba parece estar al borde de una hecatombe, con la gran mayoría de su población sufriendo una crisis económica de larga data agravada por la pandemia, exacerbada por un sistema productivo desahuciado y una infraestructura al borde del colapso, incluyendo la de salud pública enfrentando un virus asesino. Roberto enumeró muchos desafíos: la discriminación política, racial, de género, de orientación sexual, la incorporación de la emigración a los afanes internos; el envejecimiento poblacional, pobres pensiones y salarios, baja productividad, y otros. Explica la actual coyuntura como el resultado de la combinación de un modelo económico ineficaz, una excesiva dependencia económica de Venezuela, las presiones que provienen de la Casa Blanca, la carencia de voluntad gubernamental para permitir una sociedad civil empoderada y condiciones democráticas, el agravante del Covid-19, la ausencia de turismo, la reducción de las remesas familiares, con aparentes referentes circunstanciales como la escasa legitimidad del poder establecido y la aparición de nuevos actores que abogan por una democratización. No es que no esté de acuerdo con lo anterior, sino que pienso que hay que enfocar la raíz del problema y la causa de fondo, que son el origen y la esencia del sistema.


Reorganizar al país en torno a la planificación central socialista en pos de una dictadura del proletariado fue un error evidente desde los inicios del régimen, ya que la economía revolucionaria fue parasitaria casi de inmediato. La falta de legitimidad para tomar esta y toda otra decisión comienza en 1959, cuando el nuevo gobierno revolucionario usurpó la soberanía del pueblo, negándose a cumplir su promesa de restaurar la Constitución y a realizar elecciones libres. Impuso, sin consulta, a la fuerza y mediante el terror, el comunismo unipartidista, confiscó prácticamente toda la propiedad, ultracentralizó la economía y se dispuso a controlar toda gestión política, cívica, económica, social y cultural, supuestamente por y para el pueblo. Para asegurar la subordinación de la población, implantó un estado policial y un gigantesco aparato de propaganda y manipulación.

A la gran mayoría de los cubanos siempre le impusieron la pobreza controlada, el racionamiento, la escasez e innumerables mecanismos de control estudiados que bien describió el General venezolano Guaicapuro Lameda de boca de Fidel Castro. La diminuta elite de dirigentes ⎯liderada por la familia Castro, con sus cuentas en Suiza, castillos en Austria y propiedades por doquier⎯ ocupó las mansiones de los que se fueron, atendidos por mayordomos y choferes, rodando en Mercedes Benz y BMW, y regalando casas en Varadero a sus amigos, así como relojes Rolex, chorizos y exquisitos vinos a sus compinches. Dicha dirigencia nunca ha hecho cola para poder comprar alimentos y bienes racionados, se ha atendido por los mejores especialistas en clínicas exclusivas y siempre ha acumulado el vilipendiado capital privado con chequera de las arcas del estado, nutrido con el tráfico de drogas y las actividades ilegales con toda suerte de socios (dictadores, terroristas, guerrilleros, carteles de droga). Este “capitalismo de estado” mafioso se sacó la máscara a inicios de los años noventa luego del derrumbe del comunismo soviético con la requerida apertura al turismo en dólares y los visibles negocios con socios extranjeros. Ya hace tres décadas que quedó atrás toda pretensión de legitimidad socialista con el modelo “actualizado,” que aún no tiene un nombre, carente de coherencia ideológica alguna. La represión pura y simple quedó abiertamente como el denominador común.


El descalabro económico es de muy larga gestación y precede al derrumbe del comunismo soviético. Cuba está en bancarrota técnica hace décadas a pesar de las gigantescas sumas, subsidios y variados apoyos recibidos primero de la URSS, luego de Venezuela, junto con los préstamos de cuanto gobierno, banco, inversionista, comerciante o aliado haya caído en la redada. Se incluyen millonarios créditos desde países capitalistas con cuyo repago se ha incumplido. Entre los préstamos en moratoria está uno de hace 46 años por $1.3 mil millones concedido por Argentina en 1973 a seis años plazo. Una deuda con 14 países, mayormente europeos, agrupados en el Club de Paris estuvo en moratoria 29 años desde 1986. En 2015, fue restructurada, se le condonó a Cuba casi el 80% de los $11.1 mil millones adeudados, perdonándole los intereses por cinco años, los $2.5 mil millones restantes pagaderos hasta 2033 a solo 1.5% de interés y en parte asignado a fondos para inversiones en Cuba. Casi de inmediato, Cuba incumplió el acuerdo. Más países ⎯Rusia, Japón, China, Uruguay, México, etc., etc.⎯ le han prestado muchos miles de millones de dólares y le han perdonado casi todo sin recibir el repago de la mínima fracción restante. El chorro de dinero hacia Cuba ha incluido enormes préstamos comerciales desde varios continentes, muchos de los que están impagos (pregunten a los panameños o canadienses), y ayudas (regalos) que hacen de la subvención una particularidad estrenada por el modelo revolucionario. En fin, la economía revolucionaria ha sido un saco sin fondo desde sus inicios.


Pero el descalabro económico agravado por varios factores que ha desatado un creciente reclamo popular es un síntoma de la causa del problema: la existencia de una dictadura de corte militar, totalitaria, y criminal que además insiste en imponer un modelo económico fracasado.


Aceptar la esencia del régimen es clave para plantear un cambio. Intentar rescatar al régimen, u otorgarle credibilidad, incluyendo a los supuestos “logros de la revolución,” es continuar propiciando la impunidad por sus crímenes, así como su legitimidad como actor nacional e internacional. Sus únicos “logros” son de corte destructivo y cuyos fines son garantizar su permanencia en el poder: la ocupación estratégica de Venezuela con sus enormes recursos, la propagación global de su modelo de control, intervenciones armadas y subversivas que le han devengado beneficios, y la efectiva manipulación de millones de personas dentro y fuera de Cuba con un gigantesco aparato de influencia y propaganda. Si algunos consideran que, por ejemplo, la educación y la salud universales y “gratuitas” constituyen un logro ⎯al menos como concepto ampliamente aceptado⎯ es el pueblo cubano, representado democráticamente, el que debe decidir cómo plantearlos.


Recientemente han cobrado repercusión internacional valientes cubanos enfrentados al aparato represivo desde varias ópticas de oposición, tales como jóvenes artistas o intelectuales exigiendo derechos de libre expresión (los que tienen todo mi apoyo). Roberto lo considera como un anhelo de cambio multiplicado y un disenso “más inclusivo.” Pienso algo distinto: es la expresión del anhelo de cambio multiplicada y hecha más visible gracias a múltiples factores: la tecnología, la progresiva pérdida del miedo resultado del mismo descalabro económico y la falta de legitimidad, la creciente incapacidad e ineptitud de unos servicios de contrainteligencia también más abrumados, la ausencia de un mando estratégico comandado por Fidel Castro, las debilidades de la sucesión generacional, etc.

Es importante reconocer que el anhelo de cambio, el disenso y las críticas “disruptivas y no disruptivas” a las que se refiere Roberto han existido desde el inicio en 1959 y desde muy diversos sectores de la sociedad (organizaciones, partidos y actores políticos, profesionales, comerciantes, propietarios, prensa, academia, intelectuales, artistas, religiosos, etc.). Sólo hay que recordar a los miles que han pagado el costo más alto, comenzando con los fusilados que desde 1960 formaron parte de la resistencia contra la revolución secuestrada, entre los cuales había muchos miembros de la lucha contra Batista incluyendo del Ejército Rebelde. Asimismo, varios miles de campesinos se alzaron contra la colectivización comunista y murieron en combate, fusilados o en prisión. Con el tiempo, los fusilamientos disminuyeron a cuentagotas y el presidio político bajó en números al implantarse un aparato de terror tutelado por la KGB, la Stasi y otros servicios del bloque comunista soviético. A la par, el adoctrinamiento masivo y todo tipo de controles garantizó la sumisión del “rebaño de ovejas,” para ponerlo en boca de alguien que lo ha vivido desde niña. Igual han continuado los asesinatos extrajudiciales entre muchos otros abusos para lidiar con los que reclaman cambios. O sea, el disenso y el anhelo de cambio no son nada nuevo.


Las víctimas de muerte y desaparición de la actual dictadura documentadas por Archivo Cuba han expresado el anhelo de cambio de muy diversas maneras: entre otras, con la palabra, predicando su fé, con las armas, desde adentro del mismo sistema, o tratando de huir del país. Incontables personas indefensas, incluyendo niños, han sido abatidos a tiros o ahogados por guardafronteras de Cuba o fusilados por buscar un cambio tratando de escapar. Muchos siguen muriendo en horribles prisiones por su “disenso” con supuestos y aberrantes “delitos” como la peligrosidad social predelictiva o el sacrificar una vaca de su propiedad para alimentar a su familia. Y el anhelo de cambio se ha visto frustrado aún más ampliamente con el encarcelamiento y la tortura de incontables miles de cubanos, la emigración forzada y la separación familiar de millones de ciudadanos, la explotación laboral, la censura, y el robo de tantas libertades y sueños a varias generaciones de cubanos. Es imposible describir en pocas líneas al enorme costo humano de tanta monstruosidad.


Reconocer, señalar, rechazar y cambiar esta dictadura, anclada en crímenes sistemáticos, es imprescindible y prioritario para plantear una nueva Cuba. Su esencia totalitaria y su trayectoria criminal, que se extiende por varios continentes desde sus inicios, hace al régimen cubano ilegítimo, indefendible e intolerable. Ser consecuentes con esta realidad no es solo moral, sino que pragmático, ya que la mafia que gobierna a Cuba, el régimen castro-comunista, no cesará de asesinar, reprimir, chantajear, dividir, engañar, destruir, diseminar el odio, comprar lealtades y acabar con las libertades hasta su último suspiro.


No concuerdo con la apreciación de Roberto de que “no será posible un diálogo nacional hasta que el poder lo garantice, pues los espacios y cambios que demanda requieren de los instrumentos del Estado.” Como él mismo sugiere “en última instancia, jamás el Estado, incluso en las dictaduras, consigue aquello que la sociedad no le permita.” Tampoco concuerdo de que “sólo existen dos opciones, la guerra o el entendimiento.” Hay al menos una tercera opción, dejar al régimen sin opciones para que se vea forzado a dejar o conceder el poder.

Habiendo estudiado algo de historia, así como la trayectoria del régimen cubano, estoy convencida de que éste pertenece al tipo de regímenes que solo respetan las posiciones firmes, desde la fuerza, y que deben ser derrotados a toda costa y sin darles tregua. Dichos regímenes no dialogan o “negocian” sino para ganar tiempo, engañar u obtener ventajas. Por lo tanto, la única estrategia realista es buscar su fin, el único diálogo posible es ¿cuándo se van? y la única negociación posible es ¿cómo les permitimos ir pacíficamente, evitando la violencia?


El régimen cubano está debilitado y enfrenta una encrucijada difícil, por lo que, si busca dialogar, será solo con sus usuales fines mezquinos para mantenerse en el poder. En cualquier caso, con o sin un diálogo con los que ostentan el poder, considero un deber de todo el que pretenda representar al pueblo cubano exigir el respeto de la soberanía popular y de todas las libertades que le pertenecen. Esto debiera acompañarse con un pedido a los gobiernos mundiales, especialmente a las democracias, de que cesen la impunidad otorgada a la dictadura, así como toda gestión que la legitime, apoye o fortalezca, y que le exijan una transición pacífica hacia una verdadera democracia con la urgencia que merece. El régimen cubano lleva décadas vendiéndole al mundo el cuento falso de que quiere transformarse y que solo puede hacerlo con un reconocimiento mutuo respetuoso y ayuda internacional. Es una táctica patrañera que legitimar sería inmoral aparte de inefectivo.


La coordinación de estrategias “de disenso” u “opositoras” en busca de un cambio debiera, a mi entender, ser inclusiva para primeramente centrarse en un objetivo común primordial, que es iniciar un proceso de transición pacífica hacia una Cuba libre y democrática. Las medidas inmediatas a evaluarse serían las esenciales que requiera el funcionamiento del estado, así como las que sienten las bases para instaurar un sistema abierto con el pluralismo de partidos que presenten propuestas sobre cómo organizar y gobernar la sociedad y eventualmente den lugar a elecciones libres y transparentes. Habría además que habilitar todos los elementos de un proceso efectivo de justicia transicional para desmantelar el estado policial y garantizar un estado de derecho para una sociedad abierta y democrática. La recuperación progresiva del trauma colectivo de décadas de abusos y daño antropológico supone una transformación más larga, pero sus bases debieran establecerse muy temprano. Nada de todo eso es fácil o simple; supone superar enormes retos. Es importante crear capacidades con el estudio de procesos de transición a nivel mundial y recurriendo a expertos que puedan dar consejo y guia.


Archivo Cuba no es un proyecto político ni propone plataformas políticas. Es un think tank que defiende los derechos humanos con investigaciones e información, inculca valores y tiende puentes. Entre otras cosas, desde hace años estudiamos algunas transiciones a la democracia y los procesos de justicia transicional. Estamos dispuestos a colaborar, en la medida de lo posible, con todo esfuerzo que propicie un camino pacífico efectivo y compasivo hacia un mejor futuro para el pueblo cubano.


21 de junio de 2021

0 comentarios